HOMILIA DOMINICAL
Por el Arzobispo Iosif de Buenos Aires

Ἔστιν δὲ πίστις ἐλπιζομένων ὑπόστασις, πραγμάτων ἔλεγχος οὐ βλεπομένων·”
“Es, pues, la fe la existencia actual de las cosas que se esperan, la prueba
indudable de las cosas que aún no se ven.”

Heb. 11:1

El domingo luego de la Pascua la Iglesia recuerda  el momento en el cual Jesús resucitado se aparece en su  nueva forma transfigurada glorificada a sus discípulos escondidos por temor a los  judíos y, especialmente el  hecho de la constatación por parte de uno de sus  discípulos –Tomás- que  verdaderamente el aparecido es el mismo Jesús.
Es dificultoso poder ponderar desde hoy lo que sucedió entonces, sobre todo por la
información proporcionada por las Escrituras, pero en general podemos concluir
que si la muerte de Jesús es un desafío para la lógica de los apóstoles, su resurrección no es menos problemática. De hecho, los mismos al suceder ésta no creen  inmediatamente. Es más, aún antes de que se produzca la resurrección, y a pesar de las informaciones que les proporcionara Jesús, los mismos discípulos pareciera tienen gran dificultad para procesarlas y proceder consecuentemente.

Por un lado tenemos la realidad del evento ya sucedido y por el otro la actualización-confirmación del mismo. Evidentemente esta segunda debe ser realizada por el mismo “sujeto” protagonista del evento. Es por ello que Jesús se aparece, de acuerdo a los diferentes testimonios de la Escritura, a sus discípulos en diversas oportunidades y maneras. Nuevamente: si los eventos de su pasión –desde su captura hasta su sepultura- causaron estragos en la lógica apostólica, sus apariciones no dejan de ser menos problemáticas. Lo que sucede es que cuando se trata de Dios, el intelecto no alcanza; la lógica se queda corta; el entendimiento colapsa. Si bien la capacidad intelectiva y lógica no viene anulada, ésta debe ser educada para poder cesar y dar lugar a una dimensión anímica que la completa y la perfecciona. Así, pues, en la Tradición espiritual ortodoxa: conocimiento de Dios = vivencia del mismo. Esto es algo multidimensional. No elude ni anula la lógica pero necesariamente decanta en su trascendencia.

Los discípulos –Tomás, entre ellos- aún en el plano de la lógica, necesitan pruebas
del suceso. Ésta viene por parte del mismo protagonista con un solo objeto. Por ello quizás el epíteto “antipascua”, en cuanto se actualiza la realidad de la resurrección como prueba de la misma para que todos –discípulos y nosotros- creamos. Éste es el objeto de las apariciones y de los “signos” que hace Jesús, tal como lo aclara el apóstol.

“Porque me viste creíste; bienaventurados los que sin ver ya han creído” – le dice Jesús a Tomás.

El conocimiento lógico del cristiano decanta necesariamente en la fe, que no es la supresión de la razón, no, sino su natural superación. Y como su superación barca dimensiones de la realidad que no pueden constatarse fácilmente en el plano de la primera. El apóstol Pablo define la fe de manera clara y precisa: existencia actual de las cosas que se esperan; prueba indudable de las cosas que aún no se ven.” Si esto lo valoramos desde la pura razón entonces nos encontramos ante un verdadero oxímoron; si, por extensión, lo hacemos desde lo que sigue a la razón, entonces nos adentramos en el terreno de la paradoja.

Los dos términos de esta realidad, prueba indudable-existencia actual por un lado y lo que se espera-lo que aún no ha sucedido, por el otro colocan a la razón en un aprieto, aunque no la invalidan: sigue existiendo la prueba, una existencia aquí y ahora de aquello que la misma no puede percibir por sí misma. Se trata, en último análisis de una operación auto-trascendente, en cuanto apodíctica. No hemos de analizar esta cuestión detalladamente en el presente ya que supera su natural limitación. Sin embargo, aportamos algunos elementos para reflexionar. Vuelvo al Evangelio: “Éstas y muchas otras señales realizó Jesús ante sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro; éstas han sido descriptas para que creáis que Jesús es el Ungido Hijo de Dios y para que creyendo tengáis vida en su nombre.”

Dicho de otra manera: todo esto pasó y es descripto y proclamado para que tengan fe en Jesús porque esta fe es la Vida eterna. Una definición muy joánica, que por supuesto supera y perfecciona la anteriormente dada: la fe en Cristo equivale a la vida eterna. Así, fe y experiencia de Dios por fin son identificadas. Por ende, experiencia de Dios=conocimiento de Dios.

Me refiero con esto a operaciones propias de la naturaleza –-espiritual-lógica—del hombre. Solo el hombre –hecho a imagen y semejanza de su Creador- puede acceder a esta dimensión trascendental del conocimiento-experiencia. Anular esta natural dimensión operativa de la naturaleza humana y restringirla a los límites de la solo-lógica significa castrar su natural inclinación hacia su más allá, minar su relacionabilidad y, por fin, su natural inclinación hacia la perfección y lo absoluto. Una persona que no es capaz de creer-confiar confina su vida a un círculo vicioso de lógicas autorreferenciales, en un laberinto de emocionalidades inmunes a lo diverso, en un enredo de acciones que decantan necesariamente en la trampa de la contingencia y no pueden librarse de ella. La fe, en cambio, es apertura indefinida, es intuición de lo Infinito, es actualización de la multidimensionalidad de la realidad toda en el contexto de mi relacionabilidad ya abierta y expandida fuera de mí -pero siempre en mí: la fe, pues, es la clave de lectura de una vida que se desarrolla y se perfecciona en el equilibrio, el complemento y la superación entre el ahora y el aún, entre el aquí y el más allá, entre mi existencia, el Creador, el prójimo y todo el Cosmos.


¡Cristo resucitó!
¡Verdaderamente resucitó!

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