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	<title>Santoral &#8211; Arquidiocesis Ortodoxa</title>
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	<title>Santoral &#8211; Arquidiocesis Ortodoxa</title>
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		<title>Venerable San Benedicto (Benito) de Nursia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 14 Mar 2024 13:52:29 +0000</pubDate>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong><br>Nuestro Santo Padre Benito nació alrededor del año 480 en Nursia, un pequeño pueblo montañés del noreste de Roma, en el seno de una familia cristiana devota y rica que lo envió a Roma para su educación. Habiendo adquirido desde su niñez una sabiduría de adulto, estaba deseoso de agradar solo a Dios, despreciado los placeres del mundo y sus vanas promesas para buscar el Santo Hábito monástico.<br>Cuando se detuvo en el pueblo de Emfide (ahora Efide) en las colinas Simbrunian, su niñera, que lo había cuidado con la devoción de una madre, tomó prestado un tamiz de barro para secar el grano antes de hacer el pan, pero el tamiz cayó al suelo y se rompió. Al ver la desazón de su nodriza, el niño comenzó a orar de rodillas y a derramar lágrimas; cuando se incorporó, el objeto volvió a estar intacto. Asombrados ante el milagro, los habitantes colgaron la criba en la puerta de la iglesia. Pero temeroso de verse privado de la gracia divina por los vacíos elogios de los hombres, Benito huyó en secreto a Subiaco, en las colinas de Abruzo, estableciéndose en una cueva situada a unos setecientos metros de altura, donde vivió ignorado por los hombres a excepción de un monje cenobita, Romano, quien lo revistió con el Hábito monástico y secretamente le llevaba parte de sus provisiones.<br>Después de tres años, Dios, que no quería que su virtud permaneciese oculta, le reveló a un sacerdote el escondite de su siervo quien, el día de Pascua, fue a llevarle comida. Benito, quien había perdido la noción del tiempo, lo saludó con estas palabras: “¡Soy consciente de que debe ser Semana Santa, ya que tengo el honor de su visita!” Poco después también lo encontraron unos pastores y muy pronto era visitado por un gran número de personas que acudían para recibir una palabra de salvación.<br>Un día, mientras el Santo oraba a solas, se le apareció el demonio en forma de un mirlo y, asaltado por el feroz fuego de la tentación carnal, casi decide abandonar su soledad pero, impulsado por la gracia, se arrojó desnudo en un matorral de ortigas y zarzas espinosas y, por medio del dolor, logró una victoria definitiva sobre la concupiscencia. Recibiendo, por la gracia de Dios, la impasibilidad de la carne, logró como hombre maduro, convertirse, a partir de ese momento, en guía para los demás en la virtud.<br>Al morir el superior del monasterio vecino de Vicovaro, los monjes acudieron a Benito, para pedirle con insistencia que se hiciese cargo de su dirección. Pero apenas trató de imponer una estricta disciplina evangélica, que se oponía a su conducta desviada, comenzaron a murmurar contra él, e incluso llegaron al extremo de tratar de envenenarlo. Pero apenas el hombre de Dios hizo la señal de la cruz sobre la poción mortal que le dieron, el vaso se partió. Con semblante sereno y paz en su alma, totalmente libre de odio hacia sus enemigos, dejó a los monjes incorregibles y regresó al desierto, a vivir en soledad, manteniendo una vigilancia constante sobre su corazón en presencia de su Creador, sin que los ojos de su alma volviesen su mirada hacia el exterior. Creciendo constantemente en las virtudes y en la contemplación, atrajo a muchos discípulos, y dos romanos de la nobleza llegaron para confiarle sus almas: Mauro (15 ene.) y su hijo Plácido. Los organizó en doce monasterios, repartidos por toda el área, cada uno con doce monjes, a la cabeza de los cuales había un superior que era responsable ante el hombre de Dios por todo lo concerniente a la vida común y el crecimiento espiritual de cada monje. Benito fue, para todos ellos, tanto un padre espiritual como un modelo de vida de la perfecta observancia monástica. Atendía todas sus necesidades materiales con la ayuda de la gracia divina y, discerniendo los pensamientos secretos de sus corazones, no dudaba, con amor paternal, corregirlos, a veces incluso con castigo corporal, para alejarlos de sus malos hábitos.<br>No obstante sus virtudes y los milagros realizados, el santo debió superar nuevas pruebas. Un sacerdote llamado Florencio, consumido por los celos hacia él, y por sugerencia del diablo, se dedicó a difundir todo tipo de calumnias con la intención de alejar a los que iban a visitarlo, e incluso un día le envió pan envenenado. Al recibir este funesto presente, Benito le ordenó a un cuervo que solía venir a comer las migajas de su mano, que lo arrojara donde nadie pudiera encontrarlo. El indigno sacerdote no estaba dispuesto a dejar de tenderle trampas al Santo y, al no lograr afectar al propio Benito, intentó hacer caer a sus discípulos enviando a siete jóvenes para que bailaran desnudas delante de ellos en el jardín del monasterio. Temerosos de convertirse en motivo de caída de sus hermanos, Benito decidió oponerse al maligno y, habiendo dado sus últimos consejos a los superiores de los monasterios, partió de Subiaco a la cabeza de un pequeño grupo de discípulos alrededor de 529. Cuando se enteró, poco tiempo después, de la muerte accidental de Florencio, el hombre de Dios lo lloró sinceramente, reprendiendo severamente a uno de sus discípulos que estaba mostrando alegría.<br>Se dirigió a Monte Casino, una elevada montaña situada a mitad de camino entre Roma y Nápoles, a la parte superior en la que había un templo antiguamente dedicado al culto de Apolo. El Santo comenzó a destruir el ídolo y el altar para transformar el templo en una iglesia dedicada a San Martín de Tours (11 nov.). Desmontó el bosque en el que los habitantes del lugar seguían practicando la idolatría y logró su conversión mediante su enseñanza apostólica. Lleno de resentimiento y maldiciendo a Benito, Satanás trató de ponerles trampas a los monjes en el monasterio, pero el poder de Dios lo hizo huir.<br>El rey de los ostrogodos, Totila, que sediento de sangre, estaba por entonces haciendo estragos en Italia, quiso poner a prueba el espíritu profético del Santo. Entonces envió a su escudero ataviado con todos sus atuendos reales, pero apenas el hombre de Dios lo vio llegar tan magníficamente vestido, gritó: “¡Aléjate, hijo mío, porque no te conviene ocupar un lugar que no te corresponde!” Entonces acudió personalmente y se postró a los pies del santo, quien lo hizo levantar, reprochándole sus acciones y prediciéndole que por su maldad, iba a encontrar la muerte en Roma después de reinar durante diez años. Esta predicción se cumplió exactamente en el año 556.<br>En otra ocasión, se le apareció en sueños al superior que había designado para un monasterio en Terracine, y le mostró como debían estar dispuestos los conventos que iba a construir.<br>En un momento de gran carencia, por su oración, el monasterio produjo abundancia de trigo y aceite, permitiendo así a sus monjes ocuparse sin ansiedad de <em>la obra de Dios, la que debía tener preferencia sobre todo lo demás</em>. Él organizó el culto divino de una manera equilibrada para que fuese accesible a todos, basándose en la tradición de los Padres Orientales y de la práctica Romana de su tiempo. En constante unión con Dios a través de la oración, no descuidó sin embargo el trabajo manual de sus monjes. Un día, al regresar de los campos, vio a las puertas del monasterio el cuerpo inerte de un niño al que su padre había llevado hasta allí. Conmovido por la compasión, Benito le imploró al Señor en el nombre de la fe de su padre que lloraba, y el niño fue devuelto a la vida. Las palabras del Santo poseían una fuerza divina, teniendo el poder de <em>atar o desatar</em> las almas de los difuntos.<br>Durante este tiempo de guerras e invasiones, predijo que la caída de Roma, hasta hace poco tiempo la capital del mundo, ocurriría luego de la destrucción de Monte Casino por los Lombardos (583). Fue, posiblemente, teniendo en cuenta esta profecía que, en sus últimos días, escribió su <em>Regla</em>, un documento maravilloso, lleno de discernimiento espiritual y una sobriedad absolutamente Latina, que realmente llegó a ser un modelo para los monjes de Occidente. Basándose en los escritos de los Santos Padres: Pacomio, Basilio y Casiano, y las instituciones monásticas que había adoptado en su propio monasterio, él propuso los principios y leyes que rigen el funcionamiento de un monasterio cenobítico<strong><em>.</em></strong><br>Para San Benito, el monasterio es una imagen de la Iglesia, y <em>una escuela para el servicio del Señor</em> bajo la dirección del abad y por medio de la santa obediencia a los mandamientos evangélicos. Es allí, perseverando hasta la muerte y participando, mediante la paciencia, en la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, que los monjes son capaces de progresar de virtud en virtud para alcanzar el Reino eterno. Si, al principio, ejercen violencia sobre la terca naturaleza, su corazón, a medida que se libera de su egoísmo, se expande, y serán capaces de recorrer el camino de los mandamientos de Dios, <em>con sus corazones rebosantes de inefable deleite de amor</em>.<br>Al igual que un obispo en su Iglesia, el abad ocupa en el monasterio el <em>lugar de Cristo</em>, y es responsable ante Dios por la obediencia de sus discípulos, los cuales debían dedicar toda su atención a sus instrucciones, sin dudar en sus palabras, sino tomándolo como ejemplo de su propia vida. Un padre espiritual llena de amor, pero también debe mantener el equilibrio entre la gentileza y correcto un nivel de gravedad y, si tiene total autoridad en el campo espiritual, debe actuar con <em>prudencia</em> en todo lo que se refiere a la vida material de la comunidad y saber distribuir las responsabilidades de las diferentes “tareas”. Después de haber establecido los instrumentos de las buenas obras, las virtudes monásticas y los grados de humildad que nos dan acceso a la caridad, es decir, a la unión con Dios, San Benito definió la forma en que debían ser celebrados los Oficios Divinos diurnos y nocturnos, especificando que uno debe estar <em>en la presencia de Dios y sus ángeles</em>, recitando la salmodia de modo tal que haya concordancia entre <em>nuestras mentes y voces</em>. A continuación, examina todos los aspectos de la vida comunitaria, señalando infaliblemente todo lo que podía ser causa de caída en pecado o de negligencia en los deberes sagrados de los monjes: comidas, sueño, ropa, trabajo doméstico, trabajo manual, la ausencia del monasterio, la recepción de invitados y las relaciones de los hermanos entre sí y con los extraños. Nada escapó a su solicitud pastoral, y especificó en pocas palabras lo que es apropiado hacer para que todo se haga <em>decentemente y en orden</em> (1 Cor. 14:40).<br>Finalmente, después de haber recordado humildemente que esta <em>Regla</em> fue pensada sólo como un marco de trabajo y el comienzo de la vida espiritual, se refirió a aquellos que desean entregarse a la contemplación para alcanzar a la patria celestial bajo la enseñanza de los Santos Padres. Tiempo después de su maravilloso encuentro final con su hermana, Santa Escolástica (10 feb.) y de su muerte, mientras él estaba de pie junto a la ventana orando, vio de repente una luz destellante entre las nubes y, en el centro de esta luz, contempló a todo el mundo como si estuviese reunido bajo un único rayo de sol. Elevado del mundo y en éxtasis por su unión con el Creador, Benito pudo contemplar toda la creación, todo bajo Dios, en la luz divina que brotaba de su corazón. Habiendo llegado a los confines de la vida futura, vio entonces en medio de esta luz el alma de Germán, Obispo de Capua, volando hacia el cielo. A partir de entonces, San Benito pertenecía más al cielo que a la tierra y, después de haber anunciado el día de su muerte, ordenó que sus discípulos abrieran la tumba en la que tiempo atrás habían colocaron el cuerpo de su hermana y luego cayó víctima de una violenta fiebre. Llevado a la capilla, recibió la Sagrada Comunión, y luego, de pie, elevó sus manos al cielo y exhaló un último suspiro mientras murmuraba al mundo su oración final (560). El mismo día, ambos hermanos vieron un camino sobre el que se extendía una rica alfombra, e iluminado por innumerables antorchas, que subía al cielo desde su monasterio, y a un anciano en la parte superior que les revelaba que por ese camino los Santos subían a la patria celestial. Abundantes milagros tuvieron lugar posteriormente alrededor de las reliquias de San Benito. Después de la destrucción del monasterio por los lombardos, las reliquias fueron olvidadas hasta que unos monjes del monasterio de Fleury-sur-Loire se las llevaron a principios del siglo VIII a su monasterio, que ahora se llama Saint-Benoît- sur-Loire, donde actualmente pueden ser veneradas.<br>Por las oraciones del Venerable San Benito, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 1</em></strong><br>Por tus luchas ascéticas has demostrado ser fiel a tu nombre, oh Benedicto Revestido de Dios; porque fuiste hijo de bendición, y te deviniste en modelo y regla para todos aquellos que imitan tu vida y exclaman: “Gloria a Quien te ha fortalecido; gloria a Quien te ha coronado; gloria a Quien que, por tu medio, obra las curaciones para todos».</p>
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		<title>Venerable San Casiano el Romano</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/venerable-san-casiano-el-romano/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 29 Feb 2024 12:30:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia Nuestro Padre Casiano, elegido por Dios para traer la iluminación de la vida monástica oriental a Occidente, nació, providencialmente, en la frontera de dos mundos en Escitia Menor, en la desembocadura del Danubio. Provenía de una familia distinguida y fue muy bien educado en la literatura clásica. Teniendo una gran sed de perfección, [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>Nuestro Padre Casiano, elegido por Dios para traer la iluminación de la vida monástica oriental a Occidente, nació, providencialmente, en la frontera de dos mundos en Escitia Menor, en la desembocadura del Danubio. Provenía de una familia distinguida y fue muy bien educado en la literatura clásica. Teniendo una gran sed de perfección, se apartó desde su juventud de las atracciones engañosa de la vida mundana. Él y su amigo Germán, su hermano, no por nacimiento sino en espíritu, partieron hacia Tierra Santa y se hicieron monjes en un monasterio de Belén.  Después de haberse iniciado en los principios de la vida cenobítica y habiendo aprendido de la vida que llevaban los monjes de Palestina, Mesopotamia y Capadocia, sintieron en su interior un deseo de mayor perfección, y decidieron buscar a los anacoretas de los desiertos de Egipto. Habían oído hablar de las hazañas de San Pinufio, que huyó de la alabanza de los hombres en su monasterio (27 nov.) Después de algunas dudas por su abad, recibió su bendición, y su promesa de regresar a su debido tiempo. Después de haber admirado la organización de las comunidades cenobíticas del delta del Nilo, Juan y Germán se sumergieron en el desierto. Dondequiera que fuesen, buscaban afanosamente a los santos solitarios para contemplar el esplendor de su gracia y la variedad de sus frutos, indagando profundamente sobre la ciencia del alma. <br>Pronto se dieron cuenta que, para asimilar la celestial enseñanza de estos siervos de Dios, sería necesario pasar un tiempo compartiendo su vida. En un dilema a causa de la promesa hecha a su abad, le pidieron su consejo a Abba José, que les dijo, después de una noche de vigilia, que no se preocupen por una promesa dada precipitadamente, y que sería más beneficioso para ellos permanecer en Egipto. Tranquilizados por el Anciano, pasaron siete años en Egipto, investigando profundamente sobre las cosas espirituales. Yendo de un lugar a otro, llegaron hasta el famoso desierto de Escete, fundado por San Macario, “el glorioso desierto, digno de la alabanza de todos los hombres”, cuando encontraron unos monjes que se esforzaban mucho en la ascesis, entre los que estaban los santos Abba Moisés, Serapio, Teonas, Isaac y el sacerdote Pafnucio brillando resplandecientemente.<br>Se sintieron sumamente edificados, cuando Abba Pafnucio les dijo que no era suficiente para un monje renunciar al mundo físico y a sus bienes para dedicarse al cuidado de su alma en ascesis y silencio, también hay que hacer una segunda renuncia, que consiste en despojarse de los viejos hábitos y pasiones para enfrentar una larga lucha, paciente, llena de trampas, para alcanzar la pureza de corazón. Tal es el objetivo del monje: conversar sin cesar con Dios a través de la oración continua en el intelecto, no distraerse con las preocupaciones del mundo, y procurar paz y tranquilidad en el santuario purificado del corazón. La coronación de su trabajo es la vida eterna, la unión con Dios, de los cuales ya se pueden adquirir los frutos mediante la santa caridad. Después de haber alcanzado el límite de la segunda renuncia con el alma dirigida hacia la única cosa que desea, el monje debe hacer entonces la tercera renuncia, que contiene toda la perfección, y consiste en desterrar toda la memoria del mundo para dejarse llevar por Dios a las mansiones eternas, en un estado de alegría inefable y un torrente de luz divina.<br>En ese momento, dijo el Anciano, cuando el amor perfecto de Dios entra a nuestro corazón mediante la virtud de la oración pura que no tiene forma ni habla, Dios será todo nuestro amor y todo nuestro deseo, toda nuestra búsqueda, y el alma de todos nuestros esfuerzos, todo nuestro pensamiento, nuestra vida, nuestro discurso e incluso la respiración. La unidad del Padre con el Hijo, y del Hijo con el Padre, desembocan en lo más profundo de nuestra alma, y así como Dios nos ama con un amor verdadero y puro que no muere, se unirán a él por el vínculo indisoluble de la caridad que nunca falla&#8230; Esto será, en la medida de lo posible en este mundo, el cumplimiento de la palabra de Dios a los Apóstoles Dios es todo en todos; y siendo plenamente hijos mediante una perfecta comunión con el Padre, podremos decir, como Aquel que es el Hijo y heredero de la naturaleza: Todo lo que es del Padre es mío (Jn. 16:15). Tal es el fin de toda perfección: en la que la mente, liberada de la pesadez de la carne, puede elevarse todos los días a la altura de las realidades espirituales, para que toda su vida y todos los movimientos del corazón se conviertan en una oración única e ininterrumpida.<br>Aprendiendo por lo tanto sobre las alturas de la experiencia monástica, y contemplando su expresión viva en estos ilustres anacoretas, los dos amigos se dedicaron con gran celo a la vida contemplativa durante sus años en Escete. En el silencio de su celda, San Casiano experimentó por sí mismo la guerra amarga del alma por Dios-amor en contra de los pensamientos apasionados, los demonios envidiosos y especialmente contra la acedia (pereza), con la que los ermitaños son atormentados y tentados para abandonar su retiro. A partir de esa experiencia personal, y de la enseñanza del gran Evagrio, a quien conoció en Nitria, elaboró una precisa doctrina sobre el combate espiritual y las ocho pasiones fundamentales: gula, fornicación, avaricia, ira, tristeza, pereza, vanagloria y orgullo.<br>Después de siete años, Juan y Germán regresaron a Belén. Su abad les dio permiso para vivir en el desierto, y se apresuraron a regresar a Egipto. Sin embargo, con el Arzobispo Teófilo de Alejandría enardecido contra los monjes sospechados de origenismo, no había la tranquilidad necesaria para la contemplación. La agitación y el miedo eran generalizados. Trescientos monjes huyeron a Nitria, mientras que Juan y Germán siguieron a otro grupo de unos cincuenta, que decidió buscar refugio en Constantinopla a la sombra del gran San Juan Crisóstomo (401).<br>Tan pronto como el santo Arzobispo puso sus ojos sobre ellos, pudo discernir infaliblemente sobre la calidad de sus almas. Logró persuadir a Germán para recibir el sacerdocio de sus manos, y Casiano el diaconado. Conquistado por la radiante santidad y sublime elocuencia de San Juan Crisóstomo, Casiano se puso con fervor bajo su dirección espiritual, dispuesto a renunciar a la tranquilidad del desierto para beneficiarse de la presencia de su maestro. Pero el vengativo Teófilo poco después contribuyó al exilio de San Juan Crisóstomo y, en 405, Casiano y Germán acompañaron al Obispo Paladio a Roma con una carta del clero y el pueblo dirigida al Papa Inocencio I, apelando a su apoyo para el injustamente depuesto Arzobispo.<br>San Casiano pasó doce años en Roma y fue elevado allí al sacerdocio. Luego fue a Marsella, donde fundó el monasterio de San Víctor sobre la tumba de un mártir del siglo III, y el monasterio femenino de San Salvador (415). Como un asceta con experiencia y un pastor de las almas más exigentes, adaptó la auténtica tradición de los Padres Orientales para la multitud de monjes que llegaban a sus dos monasterios, teniendo en cuenta las condiciones particulares de la vida en Galia, incluido el clima y el carácter del pueblo. Luego, a petición de San Castor, Obispo de Apt, redactó sus Instituciones Cenobíticas para los monasterios fundados por el obispo de Provenza. Al describir el modo de vida de los monjes de Egipto, lo moderó para que no les resultara tan riguroso a los monjes de Galia, en relación a su experiencia vivida en Palestina, Capadocia y Mesopotamia. “Si uno pone en práctica todo lo posible dentro de lo razonable”, escribió, “la observancia es igualmente perfecta, incluso con medios desiguales.” Describió las ocho pasiones básicas y los recursos con los que cuenta el alma para la perfección de la virtud. Más tarde, completó esta instrucción espiritual con las Conferencias -escritas por los ermitaños de Lérins y las islas de Hieres- en el que exponían las etapas más avanzadas en la lucha por la pureza de corazón y la contemplación, atribuyendo su enseñanza a los grandes anacoretas que había conocido en Egipto. San Casiano siempre alimentó al naciente monacato de Galia con su marco doctrinal, dándole a beber del manantial vivificante de la enseñanza de los Padres del Desierto.<br>Siendo un fiel discípulo de los grandes doctores capadocianos y de San Juan Crisóstomo, San Juan Casiano resistió la separación excesiva de la naturaleza humana y la gracia postulada por San Agustín, en vista a la lucha contra el pelagianismo. A pesar de que todo don perfecto y toda gracia proviene en última instancia de Dios, el Padre de las luces (Sant. 1:17), la libertad humana, creada a imagen de la libertad absoluta de Dios y renovada por el santo Bautismo, está llamado a responder y cooperar (Sinergia) con la gracia divina para que produzca los frutos de las santas virtudes saludables en el alma. Así, podemos decir con San Juan Crisóstomo: “La obra de Dios es dar la gracia para que el hombre demuestre su fe.”  Los seguidores más extremos de San Agustín reaccionaron enérgicamente contra esta doctrina de los monjes de Provenza, que sólo era la expresión de la enseñanza tradicional de los Padres Griegos, y San Casiano fue acusado de herejía y semipelagianismo.  Enemigo del ruido y la confrontación, el santo asceta aprendió que, en la interioridad de la contemplación divina, el secreto de la paz suave e ininterrumpida, la tranquilidad y la alegría se mantienen en silencio sin tratar de justificarse a sí misma. Devolvió su alma a Dios en paz alrededor del año 435. Considerado como un santo por sus contemporáneos, y ha sido venerado desde entonces por todos los monjes de Occidente como su padre y uno de sus más grandes maestros. Sus preciosas reliquias permanecen hasta hoy en la Abadía de San Víctor en Marsella. <br>Por las oraciones del Venerable San Casiano, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo Plag</em></strong><em><strong>al del 4</strong></em><br>En ti fue conservada la imagen de Dios fielmente, oh Padre Casiano, pues tomando la cruz seguiste a Cristo y, practicando, enseñaste a despreocuparse de la carne, que es efímera y a cuidar, en cambio, el alma inmortal. Por eso hoy tu espíritu se regocija junto con los ángeles.</p>
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		<title>Gran mártir Santa Fotiní la Mujer Samaritana</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/gran-martir-santa-fotini-la-mujer-samaritana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 26 Feb 2024 14:26:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia La mujer samaritana es Santa Fotiní. El Evangelio la describe como la “mujer que va en busca de agua al pozo” (Jn 4:5-42). Hasta ese momento había llevado una vida pecaminosa, que dio lugar a un diálogo con Jesús. La consecuencia del mismo fue un verdadero arrepentimiento, quedó perdonada de sus malas acciones, [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>La mujer samaritana es Santa Fotiní. El Evangelio la describe como la “mujer que va en busca de agua al pozo” (Jn 4:5-42). Hasta ese momento había llevado una vida pecaminosa, que dio lugar a un diálogo con Jesús. La consecuencia del mismo fue un verdadero arrepentimiento, quedó perdonada de sus malas acciones, y se convirtió a la fe cristiana. Como nombre de bautismo tomó el de “Fotiní” que significa “iluminada”.<br>Santa Fotiní, al igual que muchas otras mujeres, contribuyó a la difusión del cristianismo. Por lo tanto, ocupa un lugar de honor entre los apóstoles. En los sermones de la Iglesia hasta el siglo XIV se la llama “la igual a los apóstoles” y “evangelista”. Más tarde, los hagiógrafos escribieron la historia de “la mujer samaritana”.<br>Como discípula de San Juan, después de Pentecostés, Santa Fotiní recibió el bautismo, junto con sus cinco hermanas: Anatolí, Fotos, Potis, Paraskeví y Kiriakí, y sus dos hijos, Fotinos y José. Luego, comenzó una obra misionera, viajando por todas partes, predicando la buena nueva de la venida del Mesías, Su muerte y Su resurrección. Cuando Nerón, el emperador de Roma, comenzó a perseguir a los cristianos, Santa Fotiní y su familia estaban en Cartago, en África, donde predicaban el evangelio. En sueños, Jesús se apareció a Fotiní y le ordenó que fuera a dar testimonio a la capital del Imperio. Entonces ella navegó a Roma con su familia y muchos cristianos de África que la acompañaron. La llegada y la actividad misionera de Fotiní despertaron la curiosidad en la ciudad. Todo el mundo hablaba de ella: “¿Quién es esta mujer?”, se preguntaban.<br>Los soldados recibieron la orden de llevarla ante el emperador, pero Fotiní, antes de que pudieran detenerla, con su familia y sus amigos cristianos, fue a presentarse ante Nerón. Cuando el emperador los vio, les preguntó por qué habían venido. Fotiní respondió: “Hemos venido a hablarles sobre Cristo”. El gobernante del Imperio Romano pidió saber los nombres de los santos. En nombre de ella misma Fotiní presentó a sus cinco hermanas y a su hijo más joven. El emperador exigió saber si habían acordado todos morir por el Nazareno. Fotiní respondió: “Sí, por amor a Él nos regocijamos en Su nombre, y vamos a morir de buena gana”.<br>Oyendo sus palabras desafiantes, Nerón ordenó que fueran torturadas. Sin embargo, perplejo por la resistencia de los cristianos y la confianza que tenían en Dios, ordenó a los hombres encerrarlos en la cárcel. Fotiní y sus cinco hermanas fueron llevadas a la sala de recepción del palacio imperial. Allí, las seis mujeres fueron sentadas en tronos de oro. Frente a ellas había una gran mesa de oro cubierto de monedas de oro, de joyas y de vestidos. Nerón esperaba tentar a las mujeres por esta demostración de riqueza y de lujo, y ordenó a su hija llamada Domnina, con sus esclavas, que fueran a hablar con las mujeres cristianas. Su hija, pensó, tendría éxito en persuadir a las cristianas a negar a Cristo. Domnina fue a ver a Fotiní, sin embargo, el resultado de la charla no fue lo que deseaba Nerón. Fotiní catequizó a Domnina y a sus esclavas y bautizó a todas ellas. Así recibió el nombre de “Antusa” la hija de Nerón. Después de su bautismo, Antusa ordenó de inmediato que todo el oro y las joyas sobre la mesa de oro fuera distribuido a los pobres de Roma.<br>Cuando el emperador supo que su hija se había convertido al cristianismo, condenó a Fotiní y a todos sus compañeros a la muerte en el fuego. Durante siete días, el horno fue calentado, pero cuando la puerta del horno se abrió, se vio que el fuego no había hecho daño a las santas mujeres. En vano Nerón sometió a Fotiní, a sus hermanas, hijos y amigos a todas las torturas conocidas. Los santos sobrevivieron incólumes a cada una de ellas. Durante tres años estuvo en una prisión romana a la que Santa Fotiní transformó en “casa de Dios”. Muchos romanos llegaron a la prisión, fueron convertidos y bautizados. Por último, Santa Fotiní fue decapitada en Roma y entregó su alma en manos de Dios.<br>La mujer samaritana que conversó con Cristo en el pozo de Jacob, cerca de la ciudad de Sicar, bebió del “agua viva” y obtuvo la vida eterna. Generación tras generación, los cristianos ortodoxos nos hemos ocupado de recordar a esta mujer exaltada por el Mesías en un domingo posterior a su resurrección.<br>La preciosa cabeza de Santa Fotiní se conserva hasta el día de hoy en el Monasterio Grigoriu en el Monte Athos, Grecia.<br>Por las oraciones de Tu Gran mártir Santa Fotiní, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 3</em></strong><br>Iluminada por el Espíritu Santo, bebiste con gran y ardiente anhelo de las aguas que Cristo el Salvador te dio; y a los sedientos les compartiste abundantemente las corrientes de la salvación con las que fuiste refrescada. Oh Gran mártir y verdadera compañera de los Apóstoles, Santa Fotiní, suplica a Cristo Dios para que nos otorgue la gran&nbsp;misericordia.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Venerable mártir Santa Filotea de Atenas</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/venerable-martir-santa-filotea-de-atenas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 19 Feb 2024 18:53:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia Esta brillante luminaria de la compasión surgió en los oscuros días de la ocupación turca, para derramar la misericordia de Dios sobre el oprimido pueblo de Atenas y para guiar a muchas almas en peligro por el camino de la rectitud.Su nacimiento en 1528 en la aristocrática familia Venizelou, fue visto como una [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>Esta brillante luminaria de la compasión surgió en los oscuros días de la ocupación turca, para derramar la misericordia de Dios sobre el oprimido pueblo de Atenas y para guiar a muchas almas en peligro por el camino de la rectitud.<br>Su nacimiento en 1528 en la aristocrática familia Venizelou, fue visto como una respuesta milagrosa a las oraciones de su madre de muchos años. Ya de niña, mostró una notable inclinación por la vida de ascesis y contemplación. Sin embargo, como una codiciada heredera, se casó en contra de su vocación a los doce años con un hombre duro y violento, cuyo malhumor y malos tratos ella soportó con paciencia, mientras rezaba para que cambiase su corazón. Después de tres años, la muerte de su tirano marido la liberó de las ataduras del matrimonio y, a pesar de la insistencia de sus parientes, no consideró un segundo matrimonio, dedicándose por completo a complacer al Señor mediante la oración y el ayuno, mientras vivía con sus padres. Cuando estos murieron diez años más tarde, ella usó toda su gran fortuna para fundar un convento de acuerdo con las instrucciones que le dio en una visión el santo apóstol Andrés, a quien fue dedicada la casa.  No sólo supervisó la construcción de las celdas y de los demás edificios necesarios en un monasterio, sino que también fundó una gran variedad de instituciones de beneficencia junto a él: un hospital, hospicios para los pobres y ancianos, diversos talleres de trabajo, y, sobre todo, escuelas donde las niñas y niños de Atenas podrían recibir una educación cristiana. Para apoyar al monasterio y demás instituciones, proporcionó grandes latifundios y dependencias (Metochia), lo que también permitió distribuir limosnas a gran escala. El monasterio de Santa Filotea pronto se convirtió en Atenas en una fuente de bendiciones del cielo, un refugio para los afligidos y un foco para el renacimiento de la tradición del pueblo griego.<br>Apenas los edificios monásticos estuvieron listos, ella tomó el velo bajo el nombre de Filotea, junto con sus criadas, y un gran número de mujeres jóvenes de diferentes rangos sociales, que se habían apartado de los atractivos mundanos para transitar, bajo la dirección de Filotea, por el estrecho camino que conduce al Reino de los Cielos. Todas trataban por igual de imitar las virtudes de su madre espiritual. Ella brindaba por igual caridad y compasión a los pobres y enfermos, a quienes visitaba y atendía. Como daba limosnas sin calcular, las necesidades del convento, en una ocasión, se vieron reducidas hasta el extremo, y algunas hermanas comenzaron a quejarse de ella. Sin embargo, pocos días después, dos señores hicieron una gran donación, que salvó a la comunidad de pasar hambre.<br>Su fe y compasión llevaron a Santa Filotea a ofrecerles asilo en el convento a siervas cristianas que huían de las casas de sus amos para preservar su fe y castidad. Como consecuencia, los turcos rodearon el convento, se abalanzaron sobre Filotea como bestias salvajes y, sin contemplar que estuviese enferma, la arrastraron ante el juez, que la hizo encerrar en una celda oscura. Cuando le exigieron negar a Cristo o sufrir la muerte, reconoció con gran alegría que su mayor deseo era cumplir su martirio por amor a Cristo. Sin embargo, esta no era la voluntad de Dios y, a través de los buenos oficios de algunos notables griegos de la ciudad, fue puesta en libertad. Fortalecida por esta prueba, reanudó su actividad apostólica y trabajos ascéticos con celo redoblado. Después de haber alcanzado la perfección, adquirió la gracia de hacer milagros y curaciones. Tantos fueron los discípulos que querían unirse a ella que tuvo que construir un segundo monasterio. Había una pequeña cueva en una finca, a la que le encantaba retirarse para dedicarse a la contemplación.<br>Su influencia en el pueblo despertó el odio de los turcos. Una noche, irrumpieron nuevamente en el monasterio durante una vigilia y agarraron a garrotazos a la Santa con tanta fuerza que quedó medio muerta en el suelo. Soportó las secuelas de sus heridas con maravillosa paciencia, y devolvió su alma de Mártir al Señor el 19 de febrero 1589.<br>Apenas habían pasado veinte días de su muerte, cuando un olor encantador comenzó a emanar de su tumba. Sus preciosas reliquias, que se venera hasta hoy en la Catedral de Atenas, han permanecido incorruptas para la gloria de Dios y el consuelo del pueblo cristiano. <br>Por las oraciones de Tu venerable mártir Santa Filotea, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo plagal del 1 </em></strong><br>La famosa ciudad de Atenas honra a Filotea, la Venerable mártir, cuyas reliquias venera con alegría; porque mientras vivía en la sobriedad y la santidad, ella ha intercambiado todas las cosas terrenales por la vida eterna a través de grandes luchas como mártir. Y ahora ella suplica al Salvador para que nos conceda Su gran misericordia.</p>
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		<title>Hieromártir San Jarálambos el Milagroso</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/hieromartir-san-jaralambos-el-milagroso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 10 Feb 2024 11:20:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia El santo glorioso mártir Jarálambos vivió en la época del emperador Séptimo Severo (194-211) en la ciudad de Magnesia en el recodo del río, cerca de Éfeso. Vivió 113 años y ejerció su ministerio como sacerdote de los cristianos de la ciudad durante muchos años, instruyendo con devoción en el camino de la [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>El santo glorioso mártir Jarálambos vivió en la época del emperador Séptimo Severo (194-211) en la ciudad de Magnesia en el recodo del río, cerca de Éfeso. Vivió 113 años y ejerció su ministerio como sacerdote de los cristianos de la ciudad durante muchos años, instruyendo con devoción en el camino de la verdad, y predicando sobre Cristo a todos, ignorando las amenazas de los paganos. Cuando fue denunciado como un peligroso agitador y llevado ante el tribunal del gobernador Luciano, respondió a sus amenazas en estos términos: “¡Usted no sabe lo que es más conveniente para mi bienestar! Nada me resulta más grato que sufrir por Cristo. No dude en someter mi viejo cuerpo a las peores torturas, y aprenderá que el poder de mi Cristo no puede ser superado.” Los verdugos lo despojaron entonces de su túnica sacerdotal y le desgarraron la carne con ganchos de hierro, sin poder arrancarle un solo grito de dolor. Por el contrario, dijo, “Gracias, hermanos. Desollando mi gastado cuerpo, renuevan mi alma y la preparan para la bienaventuranza eterna.”<br>Cuando el gobernador vio la firmeza del anciano, lejos de arrepentirse y glorificar a Dios, se lanzó hacia él con rabia incontrolable, desgarrando su piel con sus propias manos. Entonces, por obra de Dios, sus manos se cortaron repentinamente y quedaron agarradas y sin vida al cuerpo del mártir. Conmovido por los gritos y súplicas del tirano, San Jarálambos se entregó a la oración y obtuvo su curación.  Este asombroso milagro, y la demostración del amor de los cristianos por sus enemigos llevaron a Luciano, como así también a los verdugos Porfirio y Bapto, a creer en Cristo Dios y renunciar al culto a los ídolos. Tres mujeres espectadoras también se animaron, y sin temor, proclamaron su fe.  El agradecido gobernador fue bautizado de inmediato por el Santo, y un gran número de habitantes de la provincia de Asia fueron ganados para Cristo.<br>Cuando el emperador Severo se enteró de que los habitantes de Magnesia y los alrededores estaban abandonando la idolatría y recibiendo el bautismo del viejo sacerdote que había sido condenado a muerte, haciéndole recuperar la vista los ciegos y caminar a los inválidos por su oración, quedó muy preocupado, por cierto. De inmediato envió 300 soldados a Magnesia, con la orden de llevarle al santo clavado y encadenado a Antioquía de Pisidia, donde residía. Los soldados maltrataron al anciano todo el camino, hasta que el caballo sobre el que iba montado el Santo lanzó de pronto una condena contra el emperador como enemigo de Dios, y sus soldados como esclavos del diablo; los militares, totalmente aterrados, no importunaron al Santo durante el resto del viaje.<br>Apenas el anciano fue llevado ante el emperador, este lo hizo arrojar a un horno ardiente con una gran púa atravesándole el pecho. Sin embargo, el fuego se apagó tan pronto como tocó al santo que, ante el asombro del emperador, permaneció insensible al sufrimiento. “¿Cuál es el secreto de tu invulnerabilidad?” preguntó el tirano. “¡El poder de Cristo!” respondió el santo. Severo quiso poner a prueba como era esto y le entregó a un hombre poseído por un demonio durante treinta y cinco años. El Santo expulsó al espíritu inmundo con una sola palabra. Luego Severo hizo llevar el cadáver de un joven a punto de ser enterrado. Después de dirigir a Dios una ferviente oración, San Jarálambos tomó la mano del joven y, para asombro del emperador, lo resucitó del féretro como si estuviese dormido.<br>Entonces, el prefecto Crispo gritó, “¡Su Majestad debe hacer matar a este mago de inmediato!” Entonces el odio del emperador estalló nuevamente y ordenó a San Jarálambos ofrecer sacrificio a los ídolos. Ante su negativa, ordenó que le rompieran la mandíbula con piedras y le quemaran la barba. Pero Dios actuó una vez más. Las llamas se volvieron contra los verdugos y el lugar donde se encontraban fue sacudido por un terremoto.<br>Elevado de su trono y suspendido en el aire, el emperador fue azotado por un buen tiempo por ángeles invisibles. Al enterarse de su situación, su hija Galinia confesado a Cristo como Dios todopoderoso y fue a implorarle al santo mártir que liberara a su padre del castigo. Este lo hizo, pero el asombro del emperador ante el poder de Dios duró poco, y pronto regresó a su locura idólatra. A pesar de la protesta de Galinia, que le recordaba la bendición divina de la que había sido objeto, seguía manteniendo a San Jarálambos bajo custodia y lo hizo torturar de nuevo. También se volvió contra Galinia y la amenazó de muerte si no ofrecía sacrificio a los ídolos. Ella hizo como si fuera a obedecer, pero al entrar en el templo, arrojó las estatuas al suelo rompiéndolas en pedazos. Severo hizo fundir nuevas estatuas, pero éstas también fueron destrozadas, por lo que se convirtió en el hazmerreír.<br>Entonces hizo un último intento para destruir al instigador de la conversión de su hija. Pero San Jarálambos resistió todos los embates de sus verdugos con fortaleza inquebrantable, y todos los espectadores quedaron deslumbrados por el brillo de la Gracia. Él dio la bienvenida a la pena de muerte con alegría y, al llegar al lugar de la ejecución, elevó las manos y los ojos al cielo. Dio gracias a Dios por haberle permitido superar todas las pruebas, y le pidió que les concediese la salvación del alma, la salud del cuerpo y la abundancia de los bienes en esta vida y en la otra, a todos los que oraran por estas cosas en el nombre de su humilde siervo, entonces se escuchó una voz del cielo que dijo “¡Vamos Jarálambos, valiente luchador, vamos a compartir la alegría y el esplendor de los mártires y santos sacerdotes!” Su cabeza cayó bajo la espada el 10 de febrero, y su cuerpo fue enterrado por la bendita Galinia.<br>El cráneo de San Jarálambos se conserva en el Monasterio de San Esteban en Meteora. Los fragmentos de sus reliquias, que se encuentran en muchas partes de Grecia y otros lugares, obran frecuentes milagros y han hecho de San Jarálambos, el más antiguo de todos los santos Mártires, especialmente amado por el pueblo de Grecia. <br>Por las oraciones de Tu Santo Hieromártir Jarálambos, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 4 </em></strong><br>Te has manifestado como pilar inconmovible de la Iglesia de Cristo, y lámpara de inextinguible luz del universo, oh sabio Jarálambos. Por el martirio resplandeciste en el mundo, disipando las tinieblas oscuras de los ídolos. Por eso, oh Bienaventurado, intercede ante Cristo Dios para que salve nuestras almas.</p>
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		<title>Gran mártir San Teodoro el General</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/gran-martir-san-teodoro-el-general/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 08 Feb 2024 20:13:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia El Gran mártir San Teodoro era originario de la ciudad Eujarita (actualmente en Turquía) y gobernaba la ciudad Heráclea, cerca del Mar Negro. Con su vida devota y bondadoso gobierno se ganó a los ciudadanos, y muchos paganos, viendo su vida ejemplar, se convirtieron al cristianismo. Cuando los rumores sobre su vida llegaron [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>El Gran mártir San Teodoro era originario de la ciudad Eujarita (actualmente en Turquía) y gobernaba la ciudad Heráclea, cerca del Mar Negro. Con su vida devota y bondadoso gobierno se ganó a los ciudadanos, y muchos paganos, viendo su vida ejemplar, se convirtieron al cristianismo. Cuando los rumores sobre su vida llegaron hasta el emperador Licinio (años 308-323), vino a Heraclea y, frente al pueblo, invitó a Teodoro a ofrecer sacrificios a los ídolos en público. Teodoro se negó y pidió que se le ofrecieran las estatuillas de oro y plata de los dioses para ofrecerles un sacrificio privado en su casa y luego ofrecer los sacrificios públicamente. Y así fue, Teodoro recibió las pequeñas estatuas, pero en medio de la noche las partió en pedazos y repartió el oro y la plata resultante entre los pobres. A la hora del sacrificio, un centurión vió a un vagabundo con la cabeza de la estatua de la diosa Artemisa, y se lo comunicó a Licinio, quien, irritado, ordenó someter al confesor de Cristo a crueles tormentos. Primero lo estiraron en el suelo y lo golpearon con varas de hierro, cepillaban su cuerpo con hierro puntiagudo y quemaban sus heridas con fuego. Durante estos tormentos, el santo mártir sólo dijo: “¡Gloria a Ti, Señor!”. Luego de pasar una semana en prisión sin alimentos, fue crucificado y los soldados le atravesaron las entrañas con una vara de hierro, y le sacaron los ojos. Por la noche vino un ángel, lo bajó de la cruz y sanó todas sus heridas. Cuando en la mañana llegaron los sirvientes de Licinio para tirar el cuerpo de san Teodoro al mar, y lo vieron totalmente sano, creyeron en Cristo. Ese día, viendo este milagro de Dios, muchos paganos se hicieron cristianos. Cuando Licinio se enteró, ordenó decapitar al Santo. Aunque algunos cristianos quisieron intervenir, el santo mártir se los impidió, diciendo: «¡Amados, deteneos! Mi Señor Jesucristo, colgado en la Cruz, detuvo a los ángeles y no les permitió vengarse de la humanidad», y con calma se presentó ante los verdugos, e inclinando la cabeza fue decapitado, recibiendo así la corona de la gloria imperecedera, en el año 319.<br>Por las oraciones del Gran mártir San Teodoro el General, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 4</em></strong><br>En verdad, alistado por el Rey de los Cielos, te convertiste para Él en un noble comandante, oh victorioso y gran mártir Teodoro. Con la armadura de la fe te armaste sabiamente y destruiste por completo a multitudes de demonios, como un victorioso luchador del Señor; por eso los fieles siempre te llamamos Bienaventurado.</p>
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		<title>San Focio el Grande, Patriarca de Constantinopla</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/san-focio-el-grande-patriarca-de-constantinopla/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Feb 2024 18:29:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia Nuestro Santo Padre Focio el Grande fue hijo de padres piadosos, Sergio e Irene, quienes fueron martirizados durante la persecución iconoclasta, legando así, a su hijo, una herencia más preciosa que la riqueza y la nobleza: el amor hasta la muerte por la verdadera Fe. También era sobrino de San Tarasio, Patriarca de [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>Nuestro Santo Padre Focio el Grande fue hijo de padres piadosos, Sergio e Irene, quienes fueron martirizados durante la persecución iconoclasta, legando así, a su hijo, una herencia más preciosa que la riqueza y la nobleza: el amor hasta la muerte por la verdadera Fe. También era sobrino de San Tarasio, Patriarca de Constantinopla (25 de febrero). <br>Focio nació en Constantinopla, donde se destacó en los principales ministerios imperiales, mientras practicaba una vida virtuosa y piadosa. Fue un hombre honrado y de singular aprendizaje y erudición, que fue elevado al trono apostólico, ecuménico y patriarcal de Constantinopla en el año 857, siendo promovido a través de todos los rangos eclesiásticos, de laico a Patriarca, en seis días.Las numerosas luchas que emprendió por la Fe Ortodoxa contra los maniqueos, los iconoclastas y otros herejes, y los ataques y asaltos que soportó de Nicolás I, Papa de Roma, y las grandes persecuciones y angustias que sufrió, son incontables. Luchando contra el error latino del filioque, es decir, la doctrina de que el Espíritu Santo procede tanto del Padre como del Hijo, demostró claramente con su Mistagogía sobre el Espíritu Santo cómo el filioque destruye la unidad y la igualdad de la Trinidad. <br>Siendo la figura literaria más importante en el imperio bizantino mientras vivió, nos ha dejado muchos escritos teológicos, homilías panegíricas y epístolas, incluida una para Boris, el soberano de Bulgaria, en la que le presentó la historia y las enseñanzas de los Siete Concilios Ecuménicos. <br>Finalmente, habiendo atendido a la Iglesia de Cristo en santidad y de manera evangélica, y con ferviente celo por haber desarraigado todas las cizañas de toda enseñanza extraña, descansó en el Señor en el Monasterio de los Armenios el 6 de febrero del año 891 d.C.<br>Por las oraciones de nuestro Santo Padre Focio el Grande, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 4</em></strong><br>Como maestro para el mundo e igual a los Apóstoles, intercede ante el Señor de todos, oh San Focio, para que conceda la paz al mundo, y a nuestras almas la gran misericordia.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Fiesta de la Presentación del Señor</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/fiesta-de-la-presentacion-del-senor/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Feb 2024 13:44:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Explicación de la Fiesta Después de cumplirse los cuarenta días prescriptos por la Ley de Moisés para la purificación de la madre de un hijo recién nacido (Lev. 12:2-4), la Santísima Madre de Dios y San José llevaron al Niño Jesús a Jerusalén para presentárselo al Señor. Como todos los primogénitos, que pertenecen por derecho [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Explicación de la Fiesta</em></strong></p>



<p>Después de cumplirse los cuarenta días prescriptos por la Ley de Moisés para la purificación de la madre de un hijo recién nacido (Lev. 12:2-4), la Santísima Madre de Dios y San José llevaron al Niño Jesús a Jerusalén para presentárselo al Señor. Como todos los primogénitos, que pertenecen por derecho al Señor (Ex. 13:15), tuvo que ser consagrado en el Templo y, según la Ley, cambiado por la ofrenda en sacrificio de un cordero de un año o, para las familias pobres, por dos tórtolas o pichones (Lev. 12:8). El Señor de los cielos y la tierra, y Legislador de Su pueblo Israel, no viene a destruir la ley sino a cumplirla (Mt. 5:17). Habiendo tomado sobre Sí nuestra naturaleza mortal caída por la desobediencia de Adán, Él la restauró desde el momento de Su venida al mundo haciéndose obediente a todas las prescripciones de la Ley. Fuente de toda riqueza y de todas las gracias, Él mismo se hizo el más humilde y el más pobre de todos nosotros. Obedece la Ley que nos ha dado y que nosotros los hombres no dejamos de transgredir, mostrándonos que el camino de la reconciliación con Dios es la obediencia. Aunque ni Él ni Su inmaculada Madre tenían necesidad de purificación, después de ser circuncidado en la carne al octavo día (1 de enero), esperó en la cueva de Belén durante el tiempo que según la Ley debía transcurrir antes de ser presentado en el templo Su glorioso cuerpo, que Él había tomado para convertirse en el nuevo Templo perfecto de Su divinidad.</p>



<p>Al llegar al templo, fueron recibidos por el sumo sacerdote Zacarías, el padre de San Juan Bautista que, contra todo precedente, dirigió a la Madre de Dios hasta el lugar apartado para las vírgenes.  En ese momento, llegó al templo un hombre llamado Simeón.  Este era justo, piadoso y obediente a todos los mandamientos de Dios, y había esperado muchos años para que se cumpliese la profecía inspirada por el Espíritu Santo, es decir, que no moriría antes de haber visto y tocado a Cristo el Señor. Simeón, que representaba la esperanza de Israel, extendió los brazos para recibir al Salvador como en un trono de querubines, y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes dejar que Tu servidor muera en paz, como lo has prometido: porque mis ojos han visto la salvación (Lc. 2:29). El primer Pacto y la Antigua Ley, desaparecen con la aparición de Cristo, en la oración de Simeón pidiendo permiso para retirarse ante la venida de la Luz de la Gracia. Este hombre anciano, a quien se le permite ver y tocar al Salvador, tan esperado por los justos y los profetas, le pidió a Dios con toda confianza que lo liberase de las ataduras de la carne y de la corrupción, para dar lugar a la eterna juventud de la Iglesia. Él proclamó el final de las profecías y le anticipó a la Santísima Madre la Pasión y la Vivificadora Resurrección del Salvador, como un verdadero signo de contradicción, mediante la cual caerían los injustos y aumentaría el número de los que creerían en Él.<br>Una mujer llamada Ana, una viuda de avanzada edad de la tribu de Aser, también se acercó al niño y comenzó a alabar a Dios. Ella era bien conocida por todos los que frecuentaban el templo, porque servía a Dios continuamente, a la espera de la venida del Mesías, haciendo ayuno y oración. Ella también dio gracias al Señor y habló sobre el niño a todos los que esperaban la redención de Israel.<br>Habiendo escuchado estas revelaciones, los fariseos presentes se fueron a informar al rey Herodes, quien se enfureció al enterarse que María había sido situada entre las vírgenes por el Sumo Sacerdote. Herodes se dio cuenta de que ese era el niño que sería el nuevo rey predicho por los Reyes Magos que siguieron la estrella de Oriente, e inmediatamente envió soldados para matarlo. Sin embargo, advertido a tiempo, José y María huyeron de la ciudad y se refugiaron en Egipto guiados por un ángel de Dios. Según la tradición, pasaron dos años y medio antes de su regreso a Nazaret en Galilea. Allí, el Divino Niño creció en silencio hasta el momento oportuno de su ministerio en el mundo. En la Presentación, como en la Natividad y en la Teofanía, la Iglesia medita sobre la kenosis, «anonadación» del Logos de Dios encarnado. Aquel quien es el Dador de la Ley «se somete hoy a las ordenanzas de la Ley, en Su compasión haciéndose como nosotros por nuestra causa» (Lytia de las Vísperas). Los textos para este día se basan en el cántico de Simeón «Ahora, Señor, puedes, según Tu Palabra…», y hablan de la salvación que Cristo ha venido a otorgar, de la gloria y luz de la revelación que han sido concedidas mediante Su Encarnación.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 1</em></strong><br>Regocíjate, oh Llena de Gracia, Virgen Madre de Dios; porque por ti hoy resplandece el Sol de Justicia, Cristo nuestro Dios, Quien ilumina a los que han estado en las tinieblas. Alégrate tú también, oh justo Anciano, que recibiste en tus brazos al Redentor de nuestras almas, Quien nos otorga la Resurrección.</p>
]]></content:encoded>
					
		
		
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		<title>Los Tres Santos Jerarcas: Basilio el Grande, Juan Crisóstomo y Gregorio el Teólogo</title>
		<link>https://ortodoxia.com.ar/los-tres-santos-jerarcas-basilio-el-grande-juan-crisostomo-y-gregorio-el-teologo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jan 2024 11:28:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia Durante el reinado del emperador Alexis Comneno (1081-1118), surgió una controversia en Constantinopla entre los sabios en la fe por la virtud de los tres santos Jerarcas y Padres de la Iglesia, Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo. Algunos argumentaron de San Basilio el Grande estaba por encima de los [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>Durante el reinado del emperador Alexis Comneno (1081-1118), surgió una controversia en Constantinopla entre los sabios en la fe por la virtud de los tres santos Jerarcas y Padres de la Iglesia, Basilio el Grande, Gregorio el Teólogo y Juan Crisóstomo. Algunos argumentaron de San Basilio el Grande estaba por encima de los otros dos porque fue capaz, como ningún otro, de explicar los misterios de la fe, y alcanzó jerarquía angelical por sus virtudes. Organizador de la vida monástica, líder de toda la Iglesia en la lucha contra la herejía, pastor austero y exigente en cuanto a la moral cristiana, en él no había nada básico o terrenal. Por lo tanto, dijeron que fue superior a San Juan Crisóstomo, que por naturaleza tendía más fácilmente a absolver a los pecadores.<br>Los partidarios de San Juan Crisóstomo replicaron que el ilustre arzobispo de Constantinopla no había sido menos celoso que San Basilio en la lucha contra los vicios, para llevar a los pecadores al arrepentimiento y conduciendo a los fieles a la perfección del Evangelio. El pastor boca de oro de elocuencia incomparable, ha regado la Iglesia con una corriente de homilías en la que interpreta la palabra divina y muestra su aplicación en la vida diaria con mayor dominio que los otros dos santos Doctores.<br>Según un tercer grupo, San Gregorio el Teólogo era preferible a los demás a causa de la majestad, pureza y profundidad de su lenguaje. Poseedor de un dominio soberano de toda la sabiduría y la elocuencia de la antigua Grecia, que había alcanzado, dijeron, a tal punto en la contemplación de Dios que nadie fue capaz de expresar el dogma de la Santísima Trinidad con tanta perfección como él.<br>Con semejante pugna partidaria, pronto todo el pueblo cristiano quedó inmerso en la controversia, que, lejos de promover la devoción hacia los santos, sólo dio lugar a malos sentimientos e interminables argumentos. Entonces, una noche los tres santos Jerarcas se le aparecieron en sueños a San Juan Mauropo, el Metropolita de Eucaita (5 de octubre), por separado al principio y luego juntos y, hablando al unísono, dijeron: “Como puedes ver, nosotros tres estamos con Dios y no hay discordia o rivalidad que nos divida. Cada uno de nosotros, de acuerdo a las circunstancias y a la inspiración que recibió del Espíritu Santo, escribió y enseñó lo que corresponde para la salvación de la humanidad. No hay entre nosotros primero, segundo o tercero, y si uno invoca a los otros dos, estos se presentan de inmediato con él. Por lo tanto, diles a los que están peleando que no creen divisiones en la Iglesia por nuestra causa, porque cuando estábamos en la tierra no escatimamos esfuerzos para restablecer la unidad y la concordia en el mundo. Pueden unir nuestras tres conmemoraciones en una sola festividad y componer un oficio para ella, insertando los himnos dedicados a cada uno de nosotros según la habilidad y el conocimiento que Dios le haya dado. Transmítanla luego a los cristianos para que sea celebrada cada año. Si somos merecedores de estar con y en Dios, les damos nuestra palabra de que vamos a interceder por su salvación durante la oración comunitaria.” Luego de pronunciar estas palabras, los santos fueron llevados al cielo en una luz infinita, mientras conversaban entre sí por su nombre.<br>San Juan reunió inmediatamente a los fieles y les informó de esta revelación. Como era respetado por todos por su virtud y admirado por su gran elocuencia, las tres facciones se reconciliaron y sin perder el tiempo se dedicaron a la composición conjunta del oficio para la festividad. Con fino discernimiento, seleccionaron el 30 de enero como fecha apropiada para la celebración, ya que era el mes en el que cada uno de los tres Jerarcas ya tenía una conmemoración propia.<br>Los tres Jerarcas -una trinidad terrenal como se los llama en algunos de los maravillosos Troparios de su oficio, nos han enseñado mediante sus escritos y vidas, a adorar y glorificar a la Santísima Trinidad, único Dios en tres Personas. Estas tres luminarias de la Iglesia, han arrojado luz sobre la verdadera fe en todo el mundo, despreciando los peligros y persecuciones, y nos han dejado a nosotros, sus descendientes, esta herencia sagrada mediante la cual también nosotros podemos alcanzar la gran felicidad y la vida eterna en la presencia de Dios y de todos los santos.<br>Con la fiesta de los tres Jerarcas a fines de enero -el mes en el que conmemoramos a tantos gloriosos obispos confesores y ascetas- la Iglesia de alguna manera recapitula la conmemoración de todos los santos que han sido testigos de la fe ortodoxa por sus escritos y sus vidas. En esta fiesta se homenajea todo el ministerio de la enseñanza de la Santa Iglesia, la iluminación de los corazones y las mentes de los fieles mediante la palabra de verdad. Así que la fiesta de los tres Jerarcas, de hecho, es la conmemoración de todos los Padres de la Iglesia, los modelos de perfección evangélica, que el Espíritu Santo ha suscitado de una época a otra y de un lugar a otro para ser nuevos profetas y Apóstoles, guías de las almas hacia el cielo, confortadores de las personas, columnas de fuego de la oración, y apoyo de la Iglesia y su confirmación en la verdad. <br>Por las oraciones de Tus Tres Santos Jerarcas, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 1</em></strong> <br>A los tres grandes astros de la Divinidad de Tres Soles, quienes iluminaron al mundo con los rayos de las doctrinas divinas; a los ríos de Sabiduría fluyentes de miel, que irrigaron a toda la Creación con las corrientes del conocimiento divino; a Basilio el Grande, a Gregorio el Teólogo y al Glorioso Juan Crisóstomo, que todos los amantes de sus palabras, ahora reunidos, los honremos con himnos, porque ellos interceden sin cesar ante la Trinidad por nosotros.</p>
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		<title>San Gregorio el Teólogo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Demetrios]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 25 Jan 2024 12:35:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Santoral]]></category>
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					<description><![CDATA[Breve historia San Gregorio, un hombre de alma celestial y cuya boca fue santificada por el fuego del Espíritu Santo, ha penetrado tan profundamente en los misterios de Dios que, de entre todos los Padres, ha sido considerado digno, como Juan el discípulo amado, de esgrimir el título de «teólogo»: no en el sentido de [&#8230;]]]></description>
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<p><strong><em>Breve historia</em></strong></p>



<p>San Gregorio, un hombre de alma celestial y cuya boca fue santificada por el fuego del Espíritu Santo, ha penetrado tan profundamente en los misterios de Dios que, de entre todos los Padres, ha sido considerado digno, como Juan el discípulo amado, de esgrimir el título de «teólogo»: no en el sentido de un maestro profesional de dogma, sino de uno que, después de la purificación, se ha unido a Dios por la gracia y que entonces, como Moisés, se vuelve hacia el pueblo para transmitirles las profecías divinas y comunicarles la luz divina. Al igual que San Basilio y San Juan Crisóstomo, su vida es muy superior a los límites de una simple biografía y se nos presenta más bien como el prototipo de la santidad cristiana, mientras que sus obras inmortales, de insuperable belleza y profundidad, forman el adorno más digno de la Novia (la Iglesia) del Logos de Dios.<br>Su padre, San Gregorio el Viejo (1 de enero), un hombre sabio y virtuoso, que al principio estaba extraviado en la secta de los Hipsistarianos, se convirtió gracias a la paciencia y la oración de su Santa esposa Nonna (5 de agosto) y fue nombrado Obispo de Nazianzo, una pequeña ciudad de Capadocia, cerca del ancestral estado de Arianzo. Después de muchos años sin tener descendencia, Dios les concedió tres hijos: Santa Gorgonia (23 de febrero), San Gregorio y San Cesáreo (25 de febrero). Después del nacimiento de Gorgonia, Santa Nonna suplicó al Señor que le concediera un hijo, prometiéndole que se lo consagraría a él. En respuesta a su oración, Dios le mostró en sueños la imagen del hijo por nacer y le dijo como debía llamarlo. Desde el nacimiento de Gregorio en el año 330, su madre fomentó cuidadosamente en él desde la más temprana edad las santas virtudes, para que, incluso siendo niño, poseyese una sabiduría madura, una fuerte atracción por los estudios y un irresistible anhelo por la contemplación y la oración. Una noche vio en un sueño a dos jóvenes vírgenes puras que se le aparecieron vestidas de blanco, con la cara cubierta por un velo. Ellas lo acariciaron suavemente, diciéndole que una era Pureza y la otra Castidad, y que eran las compañeras de Nuestro Señor Jesucristo y amigas de aquellos que renuncian a contraer matrimonio a fin de vivir una vida celestial. “Ellas me exhortaron a unir mi corazón y mi espíritu al suyo para que, llenándome con el esplendor de su virginidad, fuese capaz de presentarme ante la luz de la Santísima Trinidad”, escribió en un poema autobiográfico.&nbsp; Fue así como decidió dedicar su vida a Dios en la virginidad y apartándose de los placeres mundanos y pasatiempos. Su amor por aprender lo llevó hasta Cesáreo en Cesarea, Capadocia, a fin de estudiar retórica. Allí conoció a San Basilio, y luego pasó a Cesarea, en Palestina y a Alejandría, donde dejó a su hermano, con la intención de dirigirse a Atenas, que todavía conservaba todo su brillo como la principal sede de la elocuencia y la filosofía.<br>Durante casi veinte días su barco enfrentó terribles vientos. Arrodillado en la proa, con el rostro golpeado por el viento y las olas, Gregorio, aún no bautizado como era la costumbre de entonces, y temiendo ser privado para siempre del agua bendita, que limpia y diviniza, elevó sus manos al cielo y suplicó a Dios con lágrimas. En el momento mismo en que recordó su promesa de servir a Dios toda su vida, la tormenta amainó, los paganos que se habían unido sus oraciones se convirtieron, y la nave llegó finalmente al puerto de Atenas ilesa.<br>En Atenas se consolidó la amistad entre San Gregorio y San Basilio el Grande (1 de enero), una amistad indestructible que se hizo famosa. Ambos jóvenes poseían todo en común: el mismo amor por el aprendizaje, talento para la oratoria, y una profunda intuición y, sobre todo, la misma pureza de vida, búsqueda de la perfección y dedicación absoluta a Dios de todo su ser. Estas cualidades, que poseía en mayor medida aún que sus compañeros e incluso sus maestros, fueron apreciadas por todos, teniéndolo en muy alta estima y siendo procurado por aquellos que buscaban sinceramente la verdad. Como resultado, cuando Basilio decidió volver a casa, teniendo en cuenta que había aprendido en Atenas todo lo necesario, sus compañeros le pidieron a Gregorio que permaneciese durante algún tiempo como su maestro. Liberado finalmente de este inoportuno compromiso, San Gregorio volvió a Capadocia en el 358 a los treinta años y recibió el Santo Bautismo.<br>Ya no había ninguna duda en su mente respecto al conocimiento secular o la elegancia retórica. Su corazón vivía ahora sólo para Dios, en la contemplación de su Reino y su gloria, liberando su intelecto de todos los apegos mundanos. Preservó su cuerpo en la más estricta ascesis toda su vida, a pesar de padecer frecuentes enfermedades, las que soportaba alegremente. Cuando elevaba sus oraciones a Dios o se sumergía en las Sagradas Escrituras para beber del texto sagrado, derramaba abundantes lágrimas, y la brillante elocuencia que había adquirido durante sus estudios la ejerció a partir de ese momento al servicio de la Palabra. Pero, por sobre todo, deseaba poder dedicarse a la contemplación sin distracciones, en silencio y lejos del mundo. En consecuencia, se apresuró a unirse a San Basilio en su retiro en el valle del río Iris, para vivir allí una vida como la de los ángeles, concretando los planes que había hecho mientras estudiaba en Atenas. Entraron juntos como una sola alma en las profundidades de los misterios de Dios, y fueron llevados a los cielos en contemplación, presagiando la alegría y la concordia de los elegidos en el Reino de Dios, por lo que recibió del Señor un conocimiento incomparable del misterio de la naturaleza humana y de la técnica para purificar el alma de sus pasiones. Por lo tanto, a pesar de su juventud y la poca experiencia de algunos años de vida monástica, fueron capaces de elaborar conjuntamente las reglas monásticas que siguen siendo la base del monaquismo ortodoxo.<br>Esta vida totalmente celestial de ellos duró sólo un corto tiempo; el padre de Gregorio necesitaba cuidados en su vejez, y su hijo también tuvo que hacerse cargo, en su nombre, de la Iglesia de Nazianzo, donde había divisiones pues algunos seguían las pautas de los herejes concilios de Rímini (359). Gregorio intentó en vano reconciliar a los que se habían separado de la comunión de su padre, mientras hacía su mejor esfuerzo para lograr un equilibrio armónico entre la vida contemplativa y la activa. Teniendo mayor preferencia por la vida contemplativa y provocándole el sacerdocio una mezcla de miedo y respeto, Gregorio aceptó a regañadientes ser ordenado por su padre, que esperaba con ello dar más poder a la predicación de su hijo y prepararlo como su sucesor. Agobiado por la pugna interna entre estas dos posturas opuestas como por un “tirano”, Gregorio huyó al Ponto en compañía de su bien amado amigo Basilio a fin de aliviar su angustia. El santo fue acusado durante mucho tiempo -y lo sigue siendo- de ser un cobarde y débil de carácter. Pero no es así. ¿Cómo puede su equilibrio mental y la fuerza de su alma ponerse en duda? Tenía un espíritu tan potente, que desde su juventud había poseído la bendita impasibilidad y el dominio de todas las potencias de su alma. Gregorio es más bien un excelente ejemplo de la extrema delicadeza y sensibilidad que los santos adquieren al acercarse a Dios. Como él mismo explicó en su Apología, huyó del sacerdocio no por miedo sino por un sentido agudo de la enorme responsabilidad de un pastor de almas y, sobre todo, a causa de su deseo de unirse a Dios, y por lo tanto a toda la humanidad, en la contemplación.<br>Pero al cabo de tres meses, siguiendo el consejo de San Basilio y temiendo desobedecer la voluntad de Dios, regresó a Nazianzo y se dedicó a restablecer la concordia entre los ortodoxos y ayudar a sus padres en su vejez. El humilde discípulo de Cristo, el ministro de su Palabra y de su gracia, piedra fundamental de la fe e imagen viva de la perfección evangélica, fue el modelo del Buen Pastor en la ciudad de Nazianzo durante diez años.<br>En 361, el emperador Julián comenzó su intento de restaurar el paganismo, prohibiendo el acceso de los estudiantes cristianos a la educación superior. Gregorio había predicho su apostasía cuando fueron compañeros de estudios en Atenas, y él respondió con la publicación de brillantes ensayos y poemas en los que expuso los misterios de la fe con una perfección de lenguaje y riqueza de imágenes que ensombrecía incluso a los clásicos de entonces. Con San Gregorio y los demás Padres de la Iglesia de la época, no sólo la cultura griega se convirtió al cristianismo, sino que la superó definitivamente, dando paso a una cultura específicamente cristiana ortodoxa, que tomaba lo mejor de lo que el mundo antiguo tenía para ofrecer y lo transfiguraba.<br>En el año 370, San Gregorio y su padre promovieron exitosamente la elección de San Basilio para la sede de Cesarea y su reconocimiento como líder de los ortodoxos. Disfrutando de mayor libertad que Basilio, quien en su posición expuesta tenía que ser muy prudente, San Gregorio proclamó abiertamente la divinidad del Espíritu Santo contra los herejes macedonios y resistió con valentía la persecución del emperador Valente. Los dos amigos eran tenidos en tan alta estima por el pueblo, que el emperador no se atrevió a detenerlos, y fueron los únicos líderes ortodoxos no desterrados.<br>Aunque Basilio conocía y aprobaba el deseo de Gregorio de retirarse de la pastoral cuando sus padres muriesen, sin embargo, consagró a su amigo como Obispo de Sasima, una pequeña y sombría ciudad cerca de la frontera entre Capadocia y Secunda Capadocia, la provincia creada por Valente para limitar la influencia del obispo de Cesarea. A pesar de su afecto por Basilio y su preocupación por el bien de la Iglesia, Gregorio no aceptó el cargo y huyó a las montañas, con la esperanza de encontrar el consuelo de Dios en sus tribulaciones. Las súplicas de su padre lo trajeron de vuelta a Nazianzo y allí dirigió la Iglesia como interino hasta que su padre murió, casi centenario, seguido poco después por Santa Nonna. Accediendo una vez más a las súplicas de los fieles, Gregorio aceptó quedarse hasta la elección de un nuevo obispo, a pesar de que estaba muy débil de salud debido a la enfermedad, a la ascesis austera y a sus luchas por la fe. Sin embargo, cuando se hizo evidente que el pueblo quería que se quedara y no tenían ninguna prisa para elegir a un nuevo pastor, huyó una vez más en secreto, esta vez a Seleucia, la principal ciudad de Isauria, y se retiró al Monasterio de Santa Tecla, donde esperaba por fin encontrar la paz (375).<br>A principios del año 379, la Iglesia se enlutó por la muerte de San Basilio, el faro de la ortodoxia, pero poco después cambió su dolor por un manto de alegría cundo murió el hereje Valente y lo sucedió Teodosio el Grande, el fiel defensor de la fe de Nicea. Todos los ortodoxos dirigieron su mirada hacia Gregorio, considerado como el más digno representante de la fe y su predicador más brillante.<br>Los fieles de Constantinopla, que durante más de cuarenta años había estado en manos de los herejes, le pidieron al santo obispo de Nazianzo que acudiese en su ayuda. Arrancado nuevamente de los placeres de la contemplación divina por la preocupación por el bienestar de la Iglesia, trajo a la Ciudad imperial la fuerza irresistible de su palabra y el poder de sus milagros. La mansión de los familiares donde se quedó, pronto se vio poblada por un número cada vez mayor de ortodoxos, que estaban muy conmovidos por su predicación. En consecuencia, la casa se transformó en poco tiempo en una iglesia dedicada a la Santa Resurrección, porque la fe, que había muerto en Constantinopla, había revivido allí, gracias a la palabra de San Gregorio.<br>Solo contra una multitud de herejes y sectas, el Santo cautivó a su audiencia por su elocuencia y, blandiendo la espada de la Palabra de Dios, cortó los sofismas y argumentos basados en la sabiduría del mundo. En sus cinco discursos, que le valieron el título de “Teólogo”, mostraba en primer lugar que la discusión sobre los misterios de Dios no debía ser tratada como cualquier asunto ordinario, sino sólo a su debido tiempo y después de una adecuada purificación. Ofreció una exposición definitiva de la incomprensibilidad de la esencia divina, y de la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. San Gregorio, más que todos los otros Padres, sobresale por la expresión de los más grandes misterios de la fe, en forma concisa y paradójica. Estas definiciones son tan perfectas que, a lo largo de los siglos, los más ilustres santos teólogos han dedicado grandes comentarios a los mismos, y son tan hermosos que muchos de ellos han sido utilizados por nuestros himnógrafos para componer los cánticos de las grandes fiestas del año.&nbsp; Leídas y aprendidas de memoria como las Sagradas Escrituras, las obras de San Gregorio son un Icono que nos encaminan hacia el cielo y la iniciación en los misterios sagrados. Su lenguaje es de tal perfección que se tornan inútiles todas las demás expresiones, encaminando con toda naturalidad al amante de la Palabra hacia la oración en silencio.<br>Inflexible en todo lo que se refiere a la fe, San Gregorio fue muy amable en el trato con los pecadores y los que habían ido por mal camino. Él trajo gente de vuelta al camino correcto dando ejemplo de una vida cristiana espiritual, que se distingue por la ascesis austera y la paciencia ante las pruebas y enfermedades. Como resultado, muchos de los que lo oyeron hablar fueron convertidos por completo cuando vieron cómo vivía. Sin embargo, su éxito pronto provocó la oposición de las sectas, y los opositores celosos difundieron viles calumnias sobre él, pero fracasaron, pues su paciencia y mansedumbre eran infinitas. En la noche de Pascua de 379, algunos herejes apolinarianos, a quienes había refutado con brillantez, irrumpieron en la iglesia de Santa Anastasia y sembraron el pánico entre la congregación cuando apedrearon a Gregorio, aunque no pudieron asestarle un golpe mortal, que el santo hubiese acogido con satisfacción a fin de terminar su prueba con la palma del martirio.<br>Después de esta tribulación, se vio obligado a comparecer como un malhechor, pero emergió victorioso, después de lo cual exhortó a sus amigos a perdonar. La moderación, la caridad y la justicia puestas de manifiesto por este perfecto discípulo de Cristo, provocó la hostilidad tanto de los malvados herejes como la de los celosos ortodoxos.<br>Mientras que la herejía parecía que se retiraba, gracias a las oraciones de Gregorio, el diablo lo sometió a nuevos juicios mediante las actividades de un egoísta filósofo de Alejandría llamado Máximo. Gregorio se había formado en un principio una buena opinión de esta persona, cuya traicionera intención se puso en evidencia con su elección canónica como Obispo de Constantinopla, y con los consiguientes problemas y escándalos que esto provocó en la Iglesia. Manso y condescendiente como era, Gregorio estaba dispuesto a renunciar a su trono en lugar de avivar el odio que acompañaba a la resistencia al usurpador, pero el pueblo se levantó espontáneamente contra Máximo y le imploró a su pastor que no los abandonase a los lobos que amenazaban el rebaño de Cristo. “Si nos deja, Padre”, le dijeron, “debe darse cuenta de que se llevará a la Santísima Trinidad con usted.” El Santo se dejó convencer e hizo un llamamiento al emperador Teodosio, que residía entonces en Tesalónica. Teodosio depuso a Máximo, y poco después entró triunfal a Constantinopla, tras su victoria sobre los bárbaros (24 nov. de 380). Al día siguiente, expulsó a los arrianos de las iglesias y Gregorio fue elegido obispo de la ciudad. El Santo, que deseaba ardientemente retirarse, en un principio se negó, pero finalmente tuvo que ceder a las insistentes demandas de la gente. Sin embargo, como canónicamente era obispo de otra sede (Sasima), su traslado a Constantinopla tendría que ser ratificado por un concilio. Por lo tanto, al año siguiente, Teodosio convocó el segundo Concilio Ecuménico (381), que tras el reconocimiento unánime de la elección de Gregorio, condenó la herejía Pneumatomaquiana (la de los seguidores de Macedonio) y marcó el fin del arrianismo y la victoria definitiva de la Ortodoxia.<br>La alegría de este triunfo se vio truncada por la muerte de San Meletios, el ilustre Obispo de Antioquía (12 de febrero) y presidente del Concilio Ecuménico. Gregorio fue elegido para presidir el Concilio, que debía regular la sucesión a la sede de Antioquía, dividida por un cisma entre los ortodoxos, algunos simpatizantes de Meletios y otros de Paulino. Como se había acordado que el sobreviviente fuese reconocido por todos como el único obispo, San Gregorio se puso del lado de los partidarios de Paulino. Sin embargo, inmediatamente se topó con la feroz oposición y complot de los obispos orientales. Incluso llegaron a sobornar a un joven hereje para asesinarlo, pero, al momento de precipitarse sobre el Santo, el presunto asesino se detuvo en seco y se arrojó a sus pies con lágrimas, confesando su mala intención. Gregorio lo levantó, lo abrazó tiernamente y le pidió que renunciase a la herejía y se consagrara a Dios. Otros obispos, los partidarios de Paulino, también atacaron a Gregorio, acusándolo de haber sido trasladado de Sasima a Constantinopla en contra de los cánones sagrados. Agotado por tanto sectarismo y el corazón destrozado por ver la Iglesia de Cristo dividida, Gregorio, que no había buscado ni honores ni poder, declaró a la asamblea que su mayor deseo era contribuir a la paz y, si su ocupación de la sede de Constantinopla era un motivo de división, estaba listo para ser arrojado al mar como Jonás a fin de calmar la tormenta, siempre que la fe ortodoxa siguiese asegurada. Con estas palabras, salió de la reunión y se dirigió al Palacio en el que pidió el Emperador que aceptara su renuncia. También le pidió a Teodosio que ejerciese su autoridad imperial para restablecer la unidad y la concordia de la Iglesia.<br>En un conmovedor discurso de despedida, se despidió de su amada iglesia de Santa Anastasia, su gloria y su corona, de Santa Sofía y de las otras iglesias de la Reina de las Ciudades, que había restaurado a la verdadera fe y piedad, preparándolas para la gloria milenaria. Al despedirse de su clero, de los monjes, las vírgenes, los pobres e incluso los herejes (a quienes exhortó una vez más al arrepentimiento), se despidió de Oriente y Occidente, ahora unidos en la paz de los Ángeles Custodios de su Iglesia, y encomendó a su rebaño al cuidado de la Santísima Trinidad. &nbsp;Luego se apartó de la ciudad, dejando a San Nectario (11 de octubre) como su sucesor, y regresó a Nazianzo. Permaneció allí hasta la elección de Eulalio su primo como su obispo, y luego finalmente se retiró a su finca de Arianzo donde, agotado por la enfermedad y tantos trabajos inesperados, pasó los últimos años de su vida en silencio y soledad. Pero, como un centinela fiel en su puesto, vigilaba la pureza de la fe desde lejos. Escribió cartas sobre los dogmas, a fin de refutar las herejías nacientes, exhortó a San Nectario y a los demás obispos ortodoxos a una mayor justicia, aconsejó a sus hijos espirituales para que lograsen la perfección y compuso maravillosos poemas en griego clásico. Con un corazón roto y humillado y la mente siempre fija en la contemplación de los misterios insondables de la Santísima Trinidad, este siervo fiel y guerrero, entregó su alma en paz al Señor en el año 389. <br>Por las intercesiones de San Gregorio el Teólogo, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.</p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Apolitíkion &#8211; Modo 1<br></em></strong>La trompeta pastoral de tus discursos teológicos, ha superado y vencido a las trompetas de los elocuentes; porque, buscando la profundidad del Espíritu, has adquirido la excelencia de la elocuencia. Intercede ante Cristo Dios, oh Padre Gregorio, por la salvación de&nbsp;nuestras&nbsp;almas.</p>
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