• En enero 25, 2024

San Gregorio el Teólogo

Breve historia

San Gregorio, un hombre de alma celestial y cuya boca fue santificada por el fuego del Espíritu Santo, ha penetrado tan profundamente en los misterios de Dios que, de entre todos los Padres, ha sido considerado digno, como Juan el discípulo amado, de esgrimir el título de «teólogo»: no en el sentido de un maestro profesional de dogma, sino de uno que, después de la purificación, se ha unido a Dios por la gracia y que entonces, como Moisés, se vuelve hacia el pueblo para transmitirles las profecías divinas y comunicarles la luz divina. Al igual que San Basilio y San Juan Crisóstomo, su vida es muy superior a los límites de una simple biografía y se nos presenta más bien como el prototipo de la santidad cristiana, mientras que sus obras inmortales, de insuperable belleza y profundidad, forman el adorno más digno de la Novia (la Iglesia) del Logos de Dios.
Su padre, San Gregorio el Viejo (1 de enero), un hombre sabio y virtuoso, que al principio estaba extraviado en la secta de los Hipsistarianos, se convirtió gracias a la paciencia y la oración de su Santa esposa Nonna (5 de agosto) y fue nombrado Obispo de Nazianzo, una pequeña ciudad de Capadocia, cerca del ancestral estado de Arianzo. Después de muchos años sin tener descendencia, Dios les concedió tres hijos: Santa Gorgonia (23 de febrero), San Gregorio y San Cesáreo (25 de febrero). Después del nacimiento de Gorgonia, Santa Nonna suplicó al Señor que le concediera un hijo, prometiéndole que se lo consagraría a él. En respuesta a su oración, Dios le mostró en sueños la imagen del hijo por nacer y le dijo como debía llamarlo. Desde el nacimiento de Gregorio en el año 330, su madre fomentó cuidadosamente en él desde la más temprana edad las santas virtudes, para que, incluso siendo niño, poseyese una sabiduría madura, una fuerte atracción por los estudios y un irresistible anhelo por la contemplación y la oración. Una noche vio en un sueño a dos jóvenes vírgenes puras que se le aparecieron vestidas de blanco, con la cara cubierta por un velo. Ellas lo acariciaron suavemente, diciéndole que una era Pureza y la otra Castidad, y que eran las compañeras de Nuestro Señor Jesucristo y amigas de aquellos que renuncian a contraer matrimonio a fin de vivir una vida celestial. “Ellas me exhortaron a unir mi corazón y mi espíritu al suyo para que, llenándome con el esplendor de su virginidad, fuese capaz de presentarme ante la luz de la Santísima Trinidad”, escribió en un poema autobiográfico.  Fue así como decidió dedicar su vida a Dios en la virginidad y apartándose de los placeres mundanos y pasatiempos. Su amor por aprender lo llevó hasta Cesáreo en Cesarea, Capadocia, a fin de estudiar retórica. Allí conoció a San Basilio, y luego pasó a Cesarea, en Palestina y a Alejandría, donde dejó a su hermano, con la intención de dirigirse a Atenas, que todavía conservaba todo su brillo como la principal sede de la elocuencia y la filosofía.
Durante casi veinte días su barco enfrentó terribles vientos. Arrodillado en la proa, con el rostro golpeado por el viento y las olas, Gregorio, aún no bautizado como era la costumbre de entonces, y temiendo ser privado para siempre del agua bendita, que limpia y diviniza, elevó sus manos al cielo y suplicó a Dios con lágrimas. En el momento mismo en que recordó su promesa de servir a Dios toda su vida, la tormenta amainó, los paganos que se habían unido sus oraciones se convirtieron, y la nave llegó finalmente al puerto de Atenas ilesa.
En Atenas se consolidó la amistad entre San Gregorio y San Basilio el Grande (1 de enero), una amistad indestructible que se hizo famosa. Ambos jóvenes poseían todo en común: el mismo amor por el aprendizaje, talento para la oratoria, y una profunda intuición y, sobre todo, la misma pureza de vida, búsqueda de la perfección y dedicación absoluta a Dios de todo su ser. Estas cualidades, que poseía en mayor medida aún que sus compañeros e incluso sus maestros, fueron apreciadas por todos, teniéndolo en muy alta estima y siendo procurado por aquellos que buscaban sinceramente la verdad. Como resultado, cuando Basilio decidió volver a casa, teniendo en cuenta que había aprendido en Atenas todo lo necesario, sus compañeros le pidieron a Gregorio que permaneciese durante algún tiempo como su maestro. Liberado finalmente de este inoportuno compromiso, San Gregorio volvió a Capadocia en el 358 a los treinta años y recibió el Santo Bautismo.
Ya no había ninguna duda en su mente respecto al conocimiento secular o la elegancia retórica. Su corazón vivía ahora sólo para Dios, en la contemplación de su Reino y su gloria, liberando su intelecto de todos los apegos mundanos. Preservó su cuerpo en la más estricta ascesis toda su vida, a pesar de padecer frecuentes enfermedades, las que soportaba alegremente. Cuando elevaba sus oraciones a Dios o se sumergía en las Sagradas Escrituras para beber del texto sagrado, derramaba abundantes lágrimas, y la brillante elocuencia que había adquirido durante sus estudios la ejerció a partir de ese momento al servicio de la Palabra. Pero, por sobre todo, deseaba poder dedicarse a la contemplación sin distracciones, en silencio y lejos del mundo. En consecuencia, se apresuró a unirse a San Basilio en su retiro en el valle del río Iris, para vivir allí una vida como la de los ángeles, concretando los planes que había hecho mientras estudiaba en Atenas. Entraron juntos como una sola alma en las profundidades de los misterios de Dios, y fueron llevados a los cielos en contemplación, presagiando la alegría y la concordia de los elegidos en el Reino de Dios, por lo que recibió del Señor un conocimiento incomparable del misterio de la naturaleza humana y de la técnica para purificar el alma de sus pasiones. Por lo tanto, a pesar de su juventud y la poca experiencia de algunos años de vida monástica, fueron capaces de elaborar conjuntamente las reglas monásticas que siguen siendo la base del monaquismo ortodoxo.
Esta vida totalmente celestial de ellos duró sólo un corto tiempo; el padre de Gregorio necesitaba cuidados en su vejez, y su hijo también tuvo que hacerse cargo, en su nombre, de la Iglesia de Nazianzo, donde había divisiones pues algunos seguían las pautas de los herejes concilios de Rímini (359). Gregorio intentó en vano reconciliar a los que se habían separado de la comunión de su padre, mientras hacía su mejor esfuerzo para lograr un equilibrio armónico entre la vida contemplativa y la activa. Teniendo mayor preferencia por la vida contemplativa y provocándole el sacerdocio una mezcla de miedo y respeto, Gregorio aceptó a regañadientes ser ordenado por su padre, que esperaba con ello dar más poder a la predicación de su hijo y prepararlo como su sucesor. Agobiado por la pugna interna entre estas dos posturas opuestas como por un “tirano”, Gregorio huyó al Ponto en compañía de su bien amado amigo Basilio a fin de aliviar su angustia. El santo fue acusado durante mucho tiempo -y lo sigue siendo- de ser un cobarde y débil de carácter. Pero no es así. ¿Cómo puede su equilibrio mental y la fuerza de su alma ponerse en duda? Tenía un espíritu tan potente, que desde su juventud había poseído la bendita impasibilidad y el dominio de todas las potencias de su alma. Gregorio es más bien un excelente ejemplo de la extrema delicadeza y sensibilidad que los santos adquieren al acercarse a Dios. Como él mismo explicó en su Apología, huyó del sacerdocio no por miedo sino por un sentido agudo de la enorme responsabilidad de un pastor de almas y, sobre todo, a causa de su deseo de unirse a Dios, y por lo tanto a toda la humanidad, en la contemplación.
Pero al cabo de tres meses, siguiendo el consejo de San Basilio y temiendo desobedecer la voluntad de Dios, regresó a Nazianzo y se dedicó a restablecer la concordia entre los ortodoxos y ayudar a sus padres en su vejez. El humilde discípulo de Cristo, el ministro de su Palabra y de su gracia, piedra fundamental de la fe e imagen viva de la perfección evangélica, fue el modelo del Buen Pastor en la ciudad de Nazianzo durante diez años.
En 361, el emperador Julián comenzó su intento de restaurar el paganismo, prohibiendo el acceso de los estudiantes cristianos a la educación superior. Gregorio había predicho su apostasía cuando fueron compañeros de estudios en Atenas, y él respondió con la publicación de brillantes ensayos y poemas en los que expuso los misterios de la fe con una perfección de lenguaje y riqueza de imágenes que ensombrecía incluso a los clásicos de entonces. Con San Gregorio y los demás Padres de la Iglesia de la época, no sólo la cultura griega se convirtió al cristianismo, sino que la superó definitivamente, dando paso a una cultura específicamente cristiana ortodoxa, que tomaba lo mejor de lo que el mundo antiguo tenía para ofrecer y lo transfiguraba.
En el año 370, San Gregorio y su padre promovieron exitosamente la elección de San Basilio para la sede de Cesarea y su reconocimiento como líder de los ortodoxos. Disfrutando de mayor libertad que Basilio, quien en su posición expuesta tenía que ser muy prudente, San Gregorio proclamó abiertamente la divinidad del Espíritu Santo contra los herejes macedonios y resistió con valentía la persecución del emperador Valente. Los dos amigos eran tenidos en tan alta estima por el pueblo, que el emperador no se atrevió a detenerlos, y fueron los únicos líderes ortodoxos no desterrados.
Aunque Basilio conocía y aprobaba el deseo de Gregorio de retirarse de la pastoral cuando sus padres muriesen, sin embargo, consagró a su amigo como Obispo de Sasima, una pequeña y sombría ciudad cerca de la frontera entre Capadocia y Secunda Capadocia, la provincia creada por Valente para limitar la influencia del obispo de Cesarea. A pesar de su afecto por Basilio y su preocupación por el bien de la Iglesia, Gregorio no aceptó el cargo y huyó a las montañas, con la esperanza de encontrar el consuelo de Dios en sus tribulaciones. Las súplicas de su padre lo trajeron de vuelta a Nazianzo y allí dirigió la Iglesia como interino hasta que su padre murió, casi centenario, seguido poco después por Santa Nonna. Accediendo una vez más a las súplicas de los fieles, Gregorio aceptó quedarse hasta la elección de un nuevo obispo, a pesar de que estaba muy débil de salud debido a la enfermedad, a la ascesis austera y a sus luchas por la fe. Sin embargo, cuando se hizo evidente que el pueblo quería que se quedara y no tenían ninguna prisa para elegir a un nuevo pastor, huyó una vez más en secreto, esta vez a Seleucia, la principal ciudad de Isauria, y se retiró al Monasterio de Santa Tecla, donde esperaba por fin encontrar la paz (375).
A principios del año 379, la Iglesia se enlutó por la muerte de San Basilio, el faro de la ortodoxia, pero poco después cambió su dolor por un manto de alegría cundo murió el hereje Valente y lo sucedió Teodosio el Grande, el fiel defensor de la fe de Nicea. Todos los ortodoxos dirigieron su mirada hacia Gregorio, considerado como el más digno representante de la fe y su predicador más brillante.
Los fieles de Constantinopla, que durante más de cuarenta años había estado en manos de los herejes, le pidieron al santo obispo de Nazianzo que acudiese en su ayuda. Arrancado nuevamente de los placeres de la contemplación divina por la preocupación por el bienestar de la Iglesia, trajo a la Ciudad imperial la fuerza irresistible de su palabra y el poder de sus milagros. La mansión de los familiares donde se quedó, pronto se vio poblada por un número cada vez mayor de ortodoxos, que estaban muy conmovidos por su predicación. En consecuencia, la casa se transformó en poco tiempo en una iglesia dedicada a la Santa Resurrección, porque la fe, que había muerto en Constantinopla, había revivido allí, gracias a la palabra de San Gregorio.
Solo contra una multitud de herejes y sectas, el Santo cautivó a su audiencia por su elocuencia y, blandiendo la espada de la Palabra de Dios, cortó los sofismas y argumentos basados en la sabiduría del mundo. En sus cinco discursos, que le valieron el título de “Teólogo”, mostraba en primer lugar que la discusión sobre los misterios de Dios no debía ser tratada como cualquier asunto ordinario, sino sólo a su debido tiempo y después de una adecuada purificación. Ofreció una exposición definitiva de la incomprensibilidad de la esencia divina, y de la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. San Gregorio, más que todos los otros Padres, sobresale por la expresión de los más grandes misterios de la fe, en forma concisa y paradójica. Estas definiciones son tan perfectas que, a lo largo de los siglos, los más ilustres santos teólogos han dedicado grandes comentarios a los mismos, y son tan hermosos que muchos de ellos han sido utilizados por nuestros himnógrafos para componer los cánticos de las grandes fiestas del año.  Leídas y aprendidas de memoria como las Sagradas Escrituras, las obras de San Gregorio son un Icono que nos encaminan hacia el cielo y la iniciación en los misterios sagrados. Su lenguaje es de tal perfección que se tornan inútiles todas las demás expresiones, encaminando con toda naturalidad al amante de la Palabra hacia la oración en silencio.
Inflexible en todo lo que se refiere a la fe, San Gregorio fue muy amable en el trato con los pecadores y los que habían ido por mal camino. Él trajo gente de vuelta al camino correcto dando ejemplo de una vida cristiana espiritual, que se distingue por la ascesis austera y la paciencia ante las pruebas y enfermedades. Como resultado, muchos de los que lo oyeron hablar fueron convertidos por completo cuando vieron cómo vivía. Sin embargo, su éxito pronto provocó la oposición de las sectas, y los opositores celosos difundieron viles calumnias sobre él, pero fracasaron, pues su paciencia y mansedumbre eran infinitas. En la noche de Pascua de 379, algunos herejes apolinarianos, a quienes había refutado con brillantez, irrumpieron en la iglesia de Santa Anastasia y sembraron el pánico entre la congregación cuando apedrearon a Gregorio, aunque no pudieron asestarle un golpe mortal, que el santo hubiese acogido con satisfacción a fin de terminar su prueba con la palma del martirio.
Después de esta tribulación, se vio obligado a comparecer como un malhechor, pero emergió victorioso, después de lo cual exhortó a sus amigos a perdonar. La moderación, la caridad y la justicia puestas de manifiesto por este perfecto discípulo de Cristo, provocó la hostilidad tanto de los malvados herejes como la de los celosos ortodoxos.
Mientras que la herejía parecía que se retiraba, gracias a las oraciones de Gregorio, el diablo lo sometió a nuevos juicios mediante las actividades de un egoísta filósofo de Alejandría llamado Máximo. Gregorio se había formado en un principio una buena opinión de esta persona, cuya traicionera intención se puso en evidencia con su elección canónica como Obispo de Constantinopla, y con los consiguientes problemas y escándalos que esto provocó en la Iglesia. Manso y condescendiente como era, Gregorio estaba dispuesto a renunciar a su trono en lugar de avivar el odio que acompañaba a la resistencia al usurpador, pero el pueblo se levantó espontáneamente contra Máximo y le imploró a su pastor que no los abandonase a los lobos que amenazaban el rebaño de Cristo. “Si nos deja, Padre”, le dijeron, “debe darse cuenta de que se llevará a la Santísima Trinidad con usted.” El Santo se dejó convencer e hizo un llamamiento al emperador Teodosio, que residía entonces en Tesalónica. Teodosio depuso a Máximo, y poco después entró triunfal a Constantinopla, tras su victoria sobre los bárbaros (24 nov. de 380). Al día siguiente, expulsó a los arrianos de las iglesias y Gregorio fue elegido obispo de la ciudad. El Santo, que deseaba ardientemente retirarse, en un principio se negó, pero finalmente tuvo que ceder a las insistentes demandas de la gente. Sin embargo, como canónicamente era obispo de otra sede (Sasima), su traslado a Constantinopla tendría que ser ratificado por un concilio. Por lo tanto, al año siguiente, Teodosio convocó el segundo Concilio Ecuménico (381), que tras el reconocimiento unánime de la elección de Gregorio, condenó la herejía Pneumatomaquiana (la de los seguidores de Macedonio) y marcó el fin del arrianismo y la victoria definitiva de la Ortodoxia.
La alegría de este triunfo se vio truncada por la muerte de San Meletios, el ilustre Obispo de Antioquía (12 de febrero) y presidente del Concilio Ecuménico. Gregorio fue elegido para presidir el Concilio, que debía regular la sucesión a la sede de Antioquía, dividida por un cisma entre los ortodoxos, algunos simpatizantes de Meletios y otros de Paulino. Como se había acordado que el sobreviviente fuese reconocido por todos como el único obispo, San Gregorio se puso del lado de los partidarios de Paulino. Sin embargo, inmediatamente se topó con la feroz oposición y complot de los obispos orientales. Incluso llegaron a sobornar a un joven hereje para asesinarlo, pero, al momento de precipitarse sobre el Santo, el presunto asesino se detuvo en seco y se arrojó a sus pies con lágrimas, confesando su mala intención. Gregorio lo levantó, lo abrazó tiernamente y le pidió que renunciase a la herejía y se consagrara a Dios. Otros obispos, los partidarios de Paulino, también atacaron a Gregorio, acusándolo de haber sido trasladado de Sasima a Constantinopla en contra de los cánones sagrados. Agotado por tanto sectarismo y el corazón destrozado por ver la Iglesia de Cristo dividida, Gregorio, que no había buscado ni honores ni poder, declaró a la asamblea que su mayor deseo era contribuir a la paz y, si su ocupación de la sede de Constantinopla era un motivo de división, estaba listo para ser arrojado al mar como Jonás a fin de calmar la tormenta, siempre que la fe ortodoxa siguiese asegurada. Con estas palabras, salió de la reunión y se dirigió al Palacio en el que pidió el Emperador que aceptara su renuncia. También le pidió a Teodosio que ejerciese su autoridad imperial para restablecer la unidad y la concordia de la Iglesia.
En un conmovedor discurso de despedida, se despidió de su amada iglesia de Santa Anastasia, su gloria y su corona, de Santa Sofía y de las otras iglesias de la Reina de las Ciudades, que había restaurado a la verdadera fe y piedad, preparándolas para la gloria milenaria. Al despedirse de su clero, de los monjes, las vírgenes, los pobres e incluso los herejes (a quienes exhortó una vez más al arrepentimiento), se despidió de Oriente y Occidente, ahora unidos en la paz de los Ángeles Custodios de su Iglesia, y encomendó a su rebaño al cuidado de la Santísima Trinidad.  Luego se apartó de la ciudad, dejando a San Nectario (11 de octubre) como su sucesor, y regresó a Nazianzo. Permaneció allí hasta la elección de Eulalio su primo como su obispo, y luego finalmente se retiró a su finca de Arianzo donde, agotado por la enfermedad y tantos trabajos inesperados, pasó los últimos años de su vida en silencio y soledad. Pero, como un centinela fiel en su puesto, vigilaba la pureza de la fe desde lejos. Escribió cartas sobre los dogmas, a fin de refutar las herejías nacientes, exhortó a San Nectario y a los demás obispos ortodoxos a una mayor justicia, aconsejó a sus hijos espirituales para que lograsen la perfección y compuso maravillosos poemas en griego clásico. Con un corazón roto y humillado y la mente siempre fija en la contemplación de los misterios insondables de la Santísima Trinidad, este siervo fiel y guerrero, entregó su alma en paz al Señor en el año 389.
Por las intercesiones de San Gregorio el Teólogo, Señor Jesucristo Dios nuestro, ten piedad de nosotros y sálvanos. Amén.

Apolitíkion – Modo 1
La trompeta pastoral de tus discursos teológicos, ha superado y vencido a las trompetas de los elocuentes; porque, buscando la profundidad del Espíritu, has adquirido la excelencia de la elocuencia. Intercede ante Cristo Dios, oh Padre Gregorio, por la salvación de nuestras almas.

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