Reseña Histórica

EL PATRIARCADO ECUMENICO DE CONSTANTINOPLA

Introducción

El Patriarcado Ecuménico de Constantinopla es la manifestación más llamativa de la continua viabilidad -más de 1500 años- de la más creativa de las instituciones bizantinas: la Iglesia Ortodoxa Oriental. Y justificamos: fue la Iglesia bizantina, administrada por el Patriarca de Constantinopla, la que convirtió a los Godos -los primeros ancestros de los pueblos germánicos modernos-, la que llevó el Cristianismo a las masas eslavas en Europa del Este, la que evangelizó a algunos de los pueblos de Asia Occidental y el Norte de África y sobre todo, la que formó el espíritu religioso único que impregnaba todos los aspectos de la civilización bizantina.

Trabajando mano a mano con el Emperador en Constantinopla, el Patriarca jugó un papel decisivo en la preservación de la fe ortodoxa en los tiempos peligrosos de los repetidos ataques a Bizancio de los persas, godos, ávaros, eslavos, árabes, normandos, búlgaros, serbios, seljúcidas y turcos otomanos. Y cuando Constantinopla, la gran ciudad imperial, la «ciudad custodiada por Dios«, finalmente cayó ante los turcos otomanos en 1453, fue el Patriarca -y su clero- el que logró mantener viva la fe ortodoxa y la universal cultura helénica durante una larga y represiva ocupación turca otomana que vio la destrucción de iglesias, la supresión -en Grecia y los Balcanes al menos- de prácticamente todas las escuelas de aprendizaje, y las presiones diarias ejercidas por los conquistadores en su población esclava.

En la época otomana, sin embargo, el Patriarca logró demostrar una buena parte de su autoridad, aunque siempre bajo el Sultán, mientras que mantenía y sostenía «a capa y espada” la Tradición eclesiástica ortodoxa en su más legítima originalidad. En tiempos más recientes, sin embargo, especialmente en las últimas décadas, y a pesar del ambiente hostil donde reside, el Patriarca Ecuménico ha hecho gala en épocas críticas de la Iglesia y la humanidad de aquella creatividad, dinamicidad y vanguardia bizantina y constantinopolitana de la cual es heraldo y defensor. La estima ortodoxa y no ortodoxa por su autoridad sigue siendo alta como siempre, pero la persecución de diversas índoles a la cual está sometido el Patriarca y su rebaño en Constantinopla parece ser la prueba más difícil en este grave período de la humanidad.

¿Cuándo y cómo se origina la institución del Patriarca de Constantinopla? ¿Cuáles eran sus funciones y privilegios y, en particular, lo que fue su relación con sus colegas patriarcas, en particular, el Papa y obispo de Roma? Para entender estas cuestiones complejas, debemos volver al primer período de la Iglesia cristiana, el período apostólico inmediatamente después de la muerte y resurrección de Jesucristo.

En este primer siglo d.C, el Cristianismo fue proscrito por los emperadores todavía paganos de Roma. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de los Apóstoles logró extenderse por todo el vasto Imperio Romano, especialmente en el Oriente Heleno. Los Apóstoles tienden naturalmente a llevar a cabo su misión en los centros urbanos densamente poblados del Imperio Romano. Y son estos centros, en los que los Apóstoles fueron a menudo martirizados por la fe, que pronto se convirtieron en los principales centros del Cristianismo. En consecuencia, se desarrolló poco a poco, sobre todo en el Occidente, una cierta «teoría de la apostolicidad«, según la cual el rango relativo de las grandes sedes u obispados en la organización eclesiástica cristiana dependía de la importancia del Apóstol en particular por cuyo trabajo misionero se hubiera constituido.

Por lo tanto, debido a que -como se cree por los cristianos latinos y muchos otros cristianos- no sólo Pedro, el «jefe» –πρωτοκορυφαίος- de los apóstoles, sino también Pablo fueron martirizados y enterrados en Roma, aquella ciudad debía ostentar el primer rango entre todas las sedes de la Cristiandad. De acuerdo con el evangelista Mateo, Cristo le dijo a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia«[1]. La Iglesia Ortodoxa sostiene que esto se refiere a la fe de Pedro y que esta fe es compartida por todos los obispos en de la Iglesia. En este sentido cardinal y necesariamente espiritual, todos los obispos, y no solo los sucesores en las sedes creadas por Pedro son sus sucesores. Constantinopla, también, afirma su fundación apostólica ya que se cree que el apóstol Andrés, el hermano de Pedro y aclamado como «el primer llamado» –πρωτόκλητος- apóstol de Cristo, viajó e hizo muchas conversiones en los alrededores Bizancio, en algunas partes de Grecia y lo que hoy es el sur de Rusia. Después de este valioso servicio misionero, Andrés finalmente murió gloriosamente como mártir de la fe cristiana en la ciudad helena de Patras, en el Peloponeso, donde fue crucificado a la manera de un delincuente común por orden del gobernador romano pagano. San Andrés es, por supuesto, el santo patrón del Patriarcado de Constantinopla.

Por muy importante que el concepto de apostolicidad era en la historia eclesiástica, historiadores de la Iglesia han demostrado existía otra anterior a esta teoría era, la aparición de la cual se debió a exigencias prácticas. Esta fue la “teoría de la acomodación«, es decir la creencia de que la importancia de una gran sede u obispado dependía principalmente de su rango dentro de la organización política del Imperio Romano, lo que a su vez fue imitado por la organización de la Iglesia. Roma, de acuerdo con este criterio, aunque gozaba de la importancia que le otorgaba ser la capital original del Imperio romano, fue igualada más tarde al rango de Constantinopla, cuando la capital imperial se retiró a la antigua ciudad de Bizancio y se la llamó Constantinopla por su fundador, el primer emperador cristiano, Constantino el Grande. Este evento marca el inicio de lo que los historiadores, occidentales principalmente, llaman el «Imperio Bizantino». Nosotros personalmente no suscribimos a esta teoría. Existe una continuidad trascendental en el Imperio Romano que no se ve alterada ni por el cambio de la sede, ni por el reconocimiento de la religión cristiana. Es por ello que los cristianos tanto en el Oriente como en el Occidente siguen llamándose romanos –Rum, Ρωμαίος, Ρωμιός- como sinónimo de cristianos ortodoxos. Evidentemente las decisiones tomadas por el Gran Constantino alteraron de manera radical la fisiognomía del Imperio, pero sería una mirada obtusa y parcial considerar al llamado “Imperio Bizantino” como otro diferente al Imperio Romano y no identificarlo con éste

Las Cinco Fases de la Historia del Patriarcado

La historia del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla puede, por razones de conveniencia, dividirse en cinco grandes períodos, a saber: 1) que se extiende desde el año 330 d.C, la fundación de Constantinopla por Constantino, hasta el final de la lucha iconoclasta en el llamado » triunfo de la Ortodoxía «de 843 2) a partir del año 843 y que termina con la caída de Constantinopla por los latinos en la «IV Cruzada» de 1204, seguida de una ocupación de medio siglo; 3) que se extiende desde 1261, la recuperación de Constantinopla de manos de sus conquistadores latinos por el emperador Miguel Paleólogo, hasta la caída final de la capital a manos de los turcos otomanos en 1453; 4) la llamada Turcocracia, desde el comienzo de la ocupación turca en 1453 hasta la declaración de independencia de Grecia en 1821, y 5) la época moderna a partir de 1833 hasta la actualidad.

Debido a su principal rol histórico, sobre todo en la formación y cristalización de los dogmas y tradiciones cristianas, y no menos en la exposición y preservación de éstos a cara de continuos peligros, el Patriarcado de Constantinopla en la persona de su cabeza, el Patriarca, ha adquirido el título entre la jerarquía de la iglesia ortodoxa de «primero entre iguales«.

Sin embargo, a diferencia de Roma, su el Patriarcado Ecuménico no ejerce ningún tipo de hegemonía de ningún tipo sobre los otros patriarcados ortodoxos e iglesias autocéfalas. Su posición está basada en la Tradición del Iglesia y debe comprenderse como una autoridad espiritual, y como tal, el Patriarca es considerado y estimado por todos con gran devoción y respeto como el recipiente y defensor de una ancestral y legítima herencia espiritual y administrativa, principal puente de conexión y unión entre todas las iglesias ortodoxas y garantía de su cohesión hacia el restante mundo cristiano. Teniendo en mente esta consideración fundamental, veamos ahora, aunque sólo sea brevemente, la historia del Patriarcado de Constantinopla.

Período de formación

Fue durante el primer periodo, 33-843, la época formativa de toda la Iglesia ortodoxa. Durante este crucial periodo profundas problemáticas hacia adentro y hacia afuera como las cuestiones vitales de la formulación del dogma, la supresión de las herejías, la utilización de la cultura helena clásica por la Iglesia con el fin de ayudar a la hora de explicar el dogma, y ​​la relación del Emperador y el Patriarca sobre la Iglesia, fueron resueltas.

El Patriarca de Constantinopla Gregorio, oriundo de Capadocia, prestó un servicio inestimable para la Iglesia cristiana contra la primera gran herejía, el arrianismo. Asimismo, jugó un papel primordial en la lucha contra los Macedonianos y Eunomianos, los llamados “pneumatomacos”, quienes negaban la divinidad del Espíritu Santo y fue el primer presidente del II Concilio Ecuménico realizado en Constantinopla durante el cual la Iglesia condenó tal herejía y confirmó la creencia en la divinidad plena del Espíritu Santo y de su consubstancialidad con el Padre y el Hijo.

Los servicios de Gregorio se sitúan principalmente en su testimonio de vida, erudición, exégesis bíblica y elocuente proclamación de tales dogmas, por lo cual, la Iglesia Ortodoxa le ha otorgado el título de «el teólogo». Su amigo íntimo, el Gran San Basilio de Capadocia, aunque nunca Patriarca de Constantinopla, fue obispo de Cesarea en Asia Menor, y también hizo una contribución vital para defender la doctrina ortodoxa sobre la Trinidad, la persona de Cristo y del Espíritu Santo. Además, formuló la regla que pronto se convertiría en la norma definitiva para la orientación de los muchos monjes en el Oriente. Y, no menos importante, preservó para el cristianismo el precioso legado de la literatura pagana helena clásica y de la filosofía, conciliando con la doctrina cristiana y demostrando cómo un conocimiento exigente de los escritos helenos clásicos era indispensable para una comprensión más profunda de la fe cristiana. Todavía otro campeón de la Ortodoxía temprana fue Juan Crisóstomo. Originario del Patriarcado de Antioquía, se convirtió en uno de los Patriarcas más célebres de Constantinopla. Sus homilías contra la herejía y la inmoralidad, reinantes en la época, eran tan elocuentes, con un estilo tan refinado, tan llenas de alto contenido teológico y espiritual que le valió el universalmente reconocido mote de Crisóstomo -boca de oro.

El valor de la obra de estos venerados Padres de la Iglesia temprana, en un periodo histórico crucial para la Iglesia Ortodoxa en general y para el Patriarcado de Constantinopla en particular no puede ser subestimado. No fue sólo un papel decisivo en el establecimiento y proclamación de los dogmas de de de toda la Iglesia de Oriente y Occidente en contra de las herejías de Arrio, Nestorio, Dióscoros, Eutiques, y otros, sino que su ejemplar vida, dedicación y lealtad a la fe a través de su oficio de jerarcas de la Iglesia ha servido siempre como un ejemplo inspirador para sus sucesores.

Fue durante este mismo período, en respuesta a la necesidad de alcanzar un acuerdo sobre las creencias doctrinales y debido a otras diferencias crecientes en materia de disciplina de la iglesia y práctica religiosa, que los famosos Siete Concilios Ecuménicos fueron convocados por los emperadores. Estos Concilios Ecuménicos se celebraron geográficamente en el Oriente Heleno en las cercanías de la ciudad imperial de Constantinopla. Sus declaraciones fueron ratificadas por tanto la Iglesia Universal como por los emperadores. La adhesión y la lealtad inquebrantable del Patriarca de Constantinopla y de los demás Patriarcas a las decisiones de estos Concilios se ha traducido en la reivindicación única de la Iglesia Ortodoxa de ser llamada «la Iglesia de los Siete Concilios Ecuménicos.»

Aparte de las decisiones relativas a la doctrina y las cuestiones disciplinarias tomadas por los Concilios, es importante señalar que fue el II Concilio Ecuménico de Constantinopla, que promulgó su III Canon afirmando que «el obispo de Constantinopla tendrá el primado de honor después del Obispo de Roma, puesto que Constantinopla, es la «Nueva Roma«[2], disposición que concedió a Constantinopla primacía de honor sobre los otros tres Patriarcas orientales. Por su parte, el IV Concilio Ecuménico de Calcedonia, realizado en el año 451, confirmó que la sede de Constantinopla tendrá «privilegios iguales a los de la Antigua Roma» y que poseía jurisdicción sobre las iglesias del Ponto, Asia, Tracia y sobre todas las tierras de los bárbaros[3].

Durante este primer período histórico de la Iglesia de Constantinopla la autoridad del Patriarca aumentó gradualmente, a pesar de que a veces parecía estar bajo el pulgar del emperador. Estos últimos, por razones políticas, o como algunos de aquellos interpretaron, en aras de la οἰκονομία, -la transigencia- que se correspondía a la supervivencia de la βασιλεία, es decir, del imperio, buscaron, en no pocas ocasiones, incluso alterar los dogmas decretados por los Concilios Ecuménicos con el fin de aplacar a grupos heréticos políticamente peligrosos en el Occidente, como los monofisitas, nestorianos, o monoteletas.

Esta tendencia de los emperadores que buscaban interferir en la «vida interior» de la Iglesia alcanzó su punto culminante en las acciones perpetrados por los emperadores isáuricos durante la famosa contienda iconoclasta (726-43). En cualquier caso, después de una lucha desesperada de más de un siglo, la Ortodoxía y su ancestral Tradición de la veneración de los santos íconos finalmente triunfaron y los éstos fueron restaurados exitosamente. La principal inspiración para la facción ortodoxa fue proporcionado por los esfuerzos de dos notables monjes y teólogos, Juan de Damasco y Teodoro de Studio, que fueron los principales responsables de la formulación de la doctrina ortodoxa oficial respecto a los íconos.

Como resultado del triunfo de la primigenia Tradición eclesiástica, la autoridad de los Patriarcas Ortodoxos, que por lo general dirigieron la lucha contra los iconoclastas, cobró más importancia que nunca en el Imperio. Esto puede apreciarse quizás simbólicamente en el hecho de que, a partir de entonces, el Patriarca fue representado por los artistas bizantinos en sus pinturas o mosaicos colocados en los templos al mismo nivel del emperador en lugar de por debajo de él, lo que era hasta entonces costumbre.

Focio el grande

Durante la segunda fase histórica del Patriarcado que se extiende desde el año 843 al año 1204, ocupó el trono patriarcal de Constantinopla Focio, quien es considerado por muchos como uno de los Patriarcas más influyentes de la era bizantina. Considerablemente letrado en la literatura helena antigua así como en la filosofía y la teología cristiana, fue originalmente profesor de filosofía en la famosa Universidad de Constantinopla -la primera universidad (o «escuela superior») que se estableciera en la Europa medieval, en un momento en el cual Occidente todavía estaba atrapado en el lodo de las hordas bárbaras de la Edad Media.

Focio fue tal vez el responsable de una nueva codificación del derecho canónico, la colección de 14 títulos, y probablemente de un nuevo código legal, la Epanagoge, en la que se promovía una nueva importancia para el Patriarca con respecto al emperador. Pero es quizás mejor conocido por su papel principal en la conversión de los pueblos eslavos. Fue Focio quien, comprendiendo de manera más perspicaz la psicología interna de la entonces semi-bárbara Moravia eslava -la Checoslovaquia de hoy-, envió para convertir a su pueblo en 862, a petición de éste, a los apóstoles de los eslavos, Cirilo y su hermano Metodio, dos helenos de Tesalónica, quienes entendidos en la lengua eslava crearon el hoy llamado alfabeto cirílico y tradujeron la Sagrada Escritura y la liturgia al eslavo. De este modo, los ligó a Constantinopla en lugar de a Roma, que también estaba tratando de convertirlos, pero no permitía que la liturgia sea traducida a la lengua vernácula. Focio, también fue el principal responsable de la conversión de los búlgaros, quienes oscilaban entre el catolicismo latino y la Ortodoxía. Fue conversión de los moravos y búlgaros a través de la obra de Cirilo y Metodio y por iniciativa de Focio que más tarde llevó a la conversión a la Ortodoxía de los eslavos rusos. Además, Focio estableció y organizó la escuela patriarcal de Constantinopla para la educación de los sacerdotes en la literatura y la filosofía, así como en la teología. Por último, como generalmente no es tomado en cuenta, a través de esta acción pronunció el golpe de gracia contra el Iconoclasmo, puesto que ciertos intelectuales siguieron, aunque de forma encubierta, enseñando sus preceptos heréticos incluso hasta después de 843.

Hasta la publicación de la obra del padre Dvornik[4] el Patriarca Focio, fue considerado por la Iglesia Romana como el responsable de originar el primer cisma o división entre las Iglesias de Roma y Constantinopla, y el primero en formular sistemáticamente cargos contra las innovaciones en la doctrina y las prácticas de la Iglesia latina.

Fueron los precedentes a los que hemos hecho mención y el evidente aumento de la autoridad patriarcal que se desarrolló bajo el patriarcado de Focio lo que permitió a la Iglesia y a los Patriarcas posteriores de superar los momentos difíciles que se sucedieron tanto para el Estado como para la Iglesia. De hecho, en el momento del apogeo del Imperio Romano-bizantino a finales del siglo X y principios del siglo XI, cuando se había convertido sin lugar a dudas el Estado más poderoso, más rico, culto y sofisticado del mundo de entonces, la corte patriarcal de Constantinopla se había convertido, en un segundo lugar,  incomparable en esplendor y en el respeto que se le atribuía. Dentro de su iglesia catedral, la incomparable Santa Sofía, cuya cúpula parecía «colgar suspendida como desde el mismo cielo«, para citar al poeta bizantino Jorge de Pisidia, el Patriarca oficiaba en el edificio eclesiástico más imponente la entonces cristiandad. Para cuidar de las necesidades litúrgicas de la «Gran Iglesia» -como los romanos-bizantinos siempre la llamaron-, el emperador Justiniano decretó en el año 537 que opere constantemente un enorme personal, que constaba de sesenta sacerdotes, diez diáconos, cuarenta diaconisas, noventa subdiáconos, un centenar de lectores, veinticinco cantores, y cien custodios.

No es extraño que los emisarios rusos, enviados a Constantinopla en el año 988 para comparar sus servicios religiosos con los de otras religiones, de las cuales estaban considerando la posibilidad de adoptar, fueran tan impresionados por el esplendor y la sublimidad de la Liturgia que, a su regreso a su ciudad capital de Kiev, declararon a su señor el Príncipe Vladimir el Grande, que en Santa Sofía pensaron que estaban «en el cielo mismo.» Tan largo alcance tuvo la fama de Santa Sofía que se convirtió en una legenda casi mítica conocida ya por los lejanos anglosajones de Inglaterra que no sólo tomaron ciertos aspectos del arte bizantino, sino incluso el título de βασιλεύς –Basileus- para su propio rey,  y cuyo séptimo Arzobispo de Canterbury, de hecho fue un heleno, el misionero Teodoro de Tarso, de Asia Menor. Incluso los Vikingos de la lejana Escandinavia se refirían a Constantinopla como Miklegard o Tsargrad (ciudad del emperador), de la cual la principal joya era Santa Sofía.

Santa Sofía y el Patriarcado fueron admirados en el mundo medieval del Occidente y el Oriente por la enorme cantidad de reliquias conservadas allí y en la Iglesia de los Santos Apóstoles, que databan de la época de Cristo, o poco después: la cruz, la corona de espinas, la cintura y la túnica de la Virgen – estos dos últimos, en particular, fueron considerados por la población como protectores de “La Polis”. Numerosas historias se conservan de los siglos XIV y XV que relatan peligrosos viajes realizados por los peregrinos rusos a Constantinopla, para no hablar de los clérigos occidentales que antes de la hora de la escisión en 1054, habrían llegado a Constantinopla para contemplar la Iglesia de los Santos Apóstoles, donde los emperadores bizantinos fueron enterrados, para participar en la liturgia en Santa Sofía y, sobre todo, para adorar las reliquias sagradas a las que hicimos mención. Algunos eruditos modernos creen que el Papa Gregorio el Grande, -el Diálogo- introdujo en Roma el llamado canto gregoriano, después de haber sido legado papal en Constantinopla (antes del 590), a imitación del canto bizantino de la Iglesia de Santa Sofía, que había oído tan a menudo.

La hostilidad occidental crece

En el siglo XI el Imperio Romano-Bizantino comenzó a declinar en fuerza. Esto era no sólo debido al desfile de los enemigos externos que atacaban constantemente el territorio del imperio, a menudo de forma simultánea en tres o incluso cuatro frentes, sino debido a la inestabilidad interna, la decadencia y la correspondiente corruptela.

En última instancia, debido al menos en parte a la rivalidad económica occidental -especialmente veneciana-, incluso a la avidez por el comercio y las riquezas de Bizancio, y a la rivalidad política con Constantinopla, el Occidente se hizo cada vez más hostil hacia los bizantinos. Debido al carácter predominantemente religioso de la época, este antagonismo se expresó más claramente en la creciente división eclesiástica entre las dos iglesias, especialmente en la rivalidad entre el Patriarca de Constantinopla y el Papa de Roma.

Constantinopla como la «Nueva Roma» entonces se reivindicaba para sí la igualdad de honor con la antigua Roma, mientras que Roma insistía en su autoridad jurisdiccional sobre los Patriarcas orientales. Las Iglesias diferían entre otras cosas en la temática del filioque, la cuestión litúrgica de los ázimos[5], y por último, en la diferencia del momento y del modo de la epíclesis en el servicio litúrgico[6].

Estas diferencias teológicas y litúrgicas en especial llegaron a asumir una importancia aún mayor en el contexto de la conquista normanda (católica) en el sur de Italia, que era entonces todavía de habla helena y ortodoxa en la religión. En este periodo los Papas sucumbieron a la tentación de latinizar al pueblo ortodoxo allí, hecho que condujo a los famosos acontecimientos de 1054, cuando se produjo el llamado «cisma definitivo» entre las Iglesias de Roma y Constantinopla.

En ese momento los legados del papado, indignados principalmente por la oposición del entonces patriarca de Constantinopla, Michael Cerulario, a la «latinización» del ritual ortodoxo entre las iglesias ortodoxas helenas del sur de Italia, depositaron una bula de excomunión contra el Patriarca sobre el altar de la misma. Contrariamente a lo que desde hace tiempo se  ha creído, sólo el Patriarca Miguel Cerulario «y sus seguidores» fueron anatematizados por los legados papales en Santa Sofía, mientras que el emperador romano-bizantino y la población, de hecho, fueron elogiados por su «Ortodoxía». Cerulario convocó inmediatamente al Sínodo de obispos residentes -ἐνδημούσα σύνοδος-, que respondió a su vez anatematizando a los enviados, pero no – hay que señalar – al Papa.

No obstante, aunque el evento en sí no fue de gran importancia -ya disidencias de este tipo no habían sido infrecuentes en el pasado y siempre habían sido solucionadas de forma satisfactoria-, en retrospectiva la historia ha fijado en este evento como aquel que marca la ruptura final entre los dos Patriarcados. Trágicamente a partir de entonces, Roma siguió su camino y Constantinopla el suyo.

Fue específicamente con el fin de anular estas históricas excomuniones mutuas de 1054, que fueron siempre el símbolo manifiesto de la final la división de las dos grandes ramas de la Iglesia cristiana que, por iniciativa del Patriarca Atenagoras, se levantaron finalmente en 1965, luego de la histórica reunión en Jerusalén entre el Patriarca Atenagoras y el Papa Pablo VI. Este símbolo, no obstante, no ha llevado a revocar el cisma histórico entre las dos Iglesias.

Desafortunadamente las relaciones entre el Occidente latino y el Oriente Ortodoxo empeoraron poco a poco, pero no sólo eclesiástica, política, económica y psicológicamente. En última instancia, la animosidad entre el Oriente y el Occidente, aventada al mismo tiempo por la rivalidad económica y militar se hizo tan fuerte que el resultado inevitable fue una de las mayores tragedias de la historia: la ostensible conquista y saqueo de Constantinopla en 1204 por los ejércitos «cruzados», en su camino a recapturar Jerusalén de los musulmanes.

Después de 1204, con un Imperio Latino establecido sobre las ruinas del Imperio Romano-Bizantino, lo que mejor se conservaba, a pesar de todo, era la unidad del pueblo romano-bizantino que tenía su fe común –la Ortodoxía- como único punto de cohesión, y su protector, el Patriarca, que estaba asentado en Nicea, prófugo de la ocupación latina. En 1261, después de cincuenta y siete años de ocupación latina, los romanos recuperaron su gran capital, Constantinopla, bajo el emperador Miguel Paleólogo. Su primer acto después de la recuperación de la Ciudad en 1261 fue marchar en una procesión a partir de la puerta de oro, con el ícono de la Virgen Hodegetria a la cabeza, a Santa Sofía, donde él y todo el pueblo dieron gracias a Dios. Así, desde su lugar de exilio en Nicea, el Patriarcado una vez más fue restablecido en su centro tradicional en Constantinopla.

Los últimos siglos bizantinos

En el tercer período de la historia patriarcal, 1261-1453, pero especialmente después de finales del siglo XIV, los últimos y mayores de los enemigos de los romanos-bizantinos, los turcos otomanos de Asia, avanzaron más y más a Constantinopla. En este periodo, el alguna vez poderoso Imperio Romano-Bizantinose había reducido tanto en territorio que por 1300, casi todo lo que quedaba, además de la propia Constantinopla, era parte de lo que hoy llamamos Grecia, Macedonia, Tracia, y una franja de Asia Menor occidental. El peligro de los turcos avanzando pronto se convirtió de tal gravedad que a fin de asegurar la ayuda militar, los emperadores se vieron obligados a recurrir a la entonces mayor fuente de poder de Occidente: el Papado. Pero los Papas de Roma no ofrecerían ninguna ayuda a menos que los romanos los aceptaran como la cabeza de su Iglesia; en otras palabras, a menos que se convirtieran a la iglesia Latina con todas sus creencias y prácticas.

Los romanos ortodoxos comunes, por supuesto, violentamente se opusieron a esto, al igual que el clero, los monjes, casi la totalidad de la clase media y la mayor parte de la clase alta. Ciertas personas de la clase alta, entre los que se incluían algunos pocos prelados, en aras de la conveniencia política, o a veces incluso por una admiración por el vigor de la filosofía escolástica latina entonces en boga, apoyaron a estos emperadores que estaban dispuestos a pagar el precio papal por la ayuda militar.

En realidad, el pueblo romano pronto se dividió en dos facciones sobre la cuestión de si la ayuda de Roma debería ser aceptada, el pro-unionista, y el grupo mucho mayor que reunía a los contrarios anti-unionistas. El problema se hizo tan agudo que, en 1274, en Lyon en el sur de Francia, y de nuevo en 1439 en el famoso Concilio de Ferrara-Florencia, Italia, la unión religiosa entre las dos iglesias fue temporalmente lograda, o al menos acordada. Pero el pueblo romano-bizantino se negó rotundamente a aceptar las decisiones de estos dos Concilios. Insistieron en que, dado que los cinco Patriarcas no estaban presentes en ambos Concilios (como el derecho canónico romano exigía), que ningún Concilio posterior los había declarado «ecuménicos», y puesto que la mayoría de los romanos creían que los delegados bizantinos habían sido obligados a aceptarlos, los dos Concilios unionistas de Lyon y Florencia fueron declarados inválidos. De esta manera, el propio Patriarca, seguido por la gran mayoría de la población romana-bizantina de Constantinopla, se negó a comprometer sus creencias ortodoxas mediante la aceptación de la jurisdicción papal, presumiblemente, para salvar el Imperio.

Es una notable ironía de la historia que en los siglos XIV y XV, cuando el poder del emperador romano-bizantino fue disminuyendo drásticamente como consecuencia de la severa mengua territorial del imperio, la autoridad del Patriarca, por el contrario, aumentó notablemente. Rusia, aunque ortodoxa, nunca fue políticamente parte del Imperio romano-bizantino, pero desde prácticamente el inicio de su conversión con el príncipe Vladimir en 989, el Patriarca de Constantinopla administró la Iglesia Rusa. No sólo nombraba a su obispo primado (el metropolitano de Kiev y mucho más tarde de Moscú) y enviaba a Rusia el santo crisma, sino que también fue considerado por todos los eslavos, tanto de los Balcanes y como de Rusia como el verdadero líder del mundo cristiano ortodoxo.

Ahora las cosas se invierten y, al contrario de los primeros tiempos, el Patriarca se había convertido, en el efecto, protector del emperador. Esto puede apreciarse claramente en el reproche del Patriarca Antonio al zar ruso, que le había escrito en 1395 que «ya no hay ningún emperador.» La respuesta de Antonio fue que «no puede haber una iglesia sin el emperador.» En cualquier caso, los Patriarcas romanos-bizantinos entonces realizaron un trabajo notable en la preservación de la Ortodoxía, no sólo de la propaganda de los misioneros latinos que parecía estar en todas partes en el Oriente imperial, sino también de cara a las conversiones forzadas o incluso a veces voluntarias al Islam de los romanos conquistados de Asia Menor.

«La Turcocracia»

Con la trágica caída de Constantinopla a manos de los turcos otomanos en 1453, comienza el cuarto período histórico del Patriarcado Ecuménico, el de la «Turcocracia». En esta fase, el proceso de la acumulación de poder en manos del Patriarca Ecuménico de Constantinopla en realidad se acelera. El Sultán turco ahora asume la función del antiguo emperador romano-bizantino e inviste al Patriarca con su autoridad, de la misma manera que antes. Bajo el sultán Mehmet II, el conquistador turco de Constantinopla, Gennadios Escolarios, el erudito heleno experimentado en la filosofía -y gran patriota-, fue investido con la anuencia del mismo como el primer Patriarca Ortodoxo bajo el dominio turco. Un hombre bravío, ortodoxo sin concesiones, que logró obtener aquiescencias para su iglesia del sultán que lo respetaba. Por lo tanto, con el consentimiento de Mehmet II, al Patriarca se le dio autoridad no sólo como líder religioso, sino también como el jefe supremo de todos los pueblos ortodoxos sujetos a los turcos, incluidos los serbios, búlgaros y albaneses, así como los romanos helenos.

El Patriarca tenía su propia corte y conserva el antiguo ceremonial litúrgico ortodoxo, pero no se le permitió retener Santa Sofía, que entonces se convirtió en mezquita turca. Por otra parte, estaba en todas las cuestiones políticas directamente sujeto a la voluntad del sultán. A pesar de su mayor autoridad, el Patriarca, sin embargo, tuvo que caminar en la cuerda floja. Por un lado, tuvo que apaciguar a su autoridad turca que era islámica y, por otra parte, trataba de alimentar la fe entre los fieles ortodoxos. Las acciones de los sultanes, especialmente los sucesores de Mehmet II, fueron a menudo impredecibles e inconsistentes respecto a las de su predecesor. Depusieron Patriarcas a voluntad y establecieron a otros manipulando inescrupulosamente su elección. A menudo se castigaba a la población romana por presuntas violaciones de la voluntad del sultán dando muerte a los Patriarcas a través de la estrangulación o de otros medios violentos. Las acciones patriarcales, por lo tanto, tenían que ser prudentes al extremo, apareciendo a menudo inexplicables para los foráneos, ya que se esforzaban para proteger a su rebaño e incluso para ayudarse a sí mismos para sobrevivir. Su llamada diplomacia «fanariota» (de «Fanar,» la última sede del Patriarcado de Constantinopla a la que fue movido bajo el imperio otomano) a veces tenía que ser más compleja e intrincada que durante el del propio periodo romano-bizantino.

Dos de los Patriarcas más notables durante este período de la dominación turca fueron Jeremías II del siglo XVI y el famoso Cirilo Loukaris del XVII. Jeremías fue Patriarca durante el primer período de la Reforma protestante; de hecho, varios de los reformadores protestantes, en particular el sobrino de Johann Reuchlin, Philipp Melancthon, tenía la esperanza de llegar a un entendimiento con el Oriente Ortodoxo ahora que ellos también habían roto con Roma. Melancthon, por lo tanto, envió una profesión de fe luterana que había elaborado a Jeremías en Constantinopla, esperando la aprobación del Patriarca Ortodoxo. Pero Jeremías, lejos de aprobarla, envió en respuesta una carta condenando varias de las nuevas creencias protestantes. Estaba en contra de la creencia luterana de la «presencia real» en la comunión. También condenó la creencia luterana de la justificación por la fe sola, y afirmó la necesidad de «buenas obras», así como la gracia de Dios en la salvación humana. Sin embargo, Jeremías participó en intercambios amistosos con diversos grupos protestantes y dio la bienvenida a Constantinopla, a menudo en secreto, a ciertos occidentales con los que tuvo ilustrativas conversaciones y una animada correspondencia.

Cirilo Loukaris, el famoso Patriarca de Creta del siglo XVII, a menudo es acusado de buscar secretamente la “protestantización” de la Iglesia Ortodoxa. Durante sus estudios en Europa Occidental, había entrado en contacto con las ideas protestantes calvinistas. Y cuando más tarde se convirtió en Patriarca de Constantinopla, extendió su favor a los enviados protestantes en Constantinopla. En 1629, se publicó en Ginebra una Confesión de Fe atribuida al Patriarca Cirilo y en la cual expresa creencias calvinistas de manera inequívoca. Quizás Cirilo como un individuo pudo muy bien haber sido atraído por ciertas creencias calvinistas, pero su supuesto deseo de imponer estas creencias en la Iglesia Ortodoxa es dudoso. En cualquier caso, la Confesión de Fe de Ginebra, cuya atribución a Cirilo muchos de sus propios clérigos asociados negaron) fue condenado como herético por varios Concilios ortodoxos locales posteriormente celebrados en Oriente.

No hay que olvidar que uno de los principales objetivos de Cirilo fue  iluminar y elevar el nivel educativo de su clero y rebaño, que en el siglo XVI y principios del siglo XVII habían caído a un punto extremadamente bajo debido a la larga opresión turca. Aparte de la escuela Patriarcal de Constantinopla, los turcos prohibieron utilizar otra escuela en la helena. Las únicas escuelas que operaban en lo que hoy día llamamos «Grecia» eran aquellas escuelas en las zonas griegas entonces bajo dominación veneciana, como en Creta, Corfú, o las Islas Jónicas. Loukaris constantemente tenía que tener cuidado de sus volátiles amos turcos que, de hecho, lo depusieron de sus funciones varias veces, sólo para restablecerlo una y otra vez. Finalmente murió como mártir, estrangulado a manos de los turcos. Aparte de mencionar de sus continuos intentos de educar a su rebaño ortodoxo, mencionamos en esta línea la fundación de la primera imprenta helena en Constantinopla.

La experiencia de estos dos Patriarcas fue duplicada por las aún peores experiencias de sus sucesores. Sin embargo, cada Patriarca sin excepción llevó a cabo su deber para con la Iglesia y, al mismo tiempo, siempre trabajaron para la preservación del sentido de comunidad entre los romanos-helenos de Constantinopla y aquellos de la sección continental. En no poca medida, a continuación, los Patriarcas de Constantinopla, aún sin quererlo, contribuyeron a hacer nacer en el pueblo el sentido heleno moderno de la conciencia nacional que finalmente estalló en la revolución de 1821. Algunos estudiosos creen que los Patriarcas, quizás adhiriéndose de manera indiscriminada a la herencia imperial antigua bizantina-romana en la forma de la llamada “gran idea” -ἡ μεγάλη ἰδέα- buscaron la restauración de todas las áreas de habla helena, en contraste con la idea de poder de los héroes de la revolución griega como Koraís, basada en una nación griega moderna. Pero el contraste sin duda puede ser descubierto cuando se tiene en cuenta el objetivo de ambos de preservar tanto la fe ortodoxa como la tradición helénica.

Como a menudo pasan por alto por los historiadores, un papel importantísimo en el nacimiento de la nación griega moderna también fue jugado por los muchos refugiados helenos que habrían huido de la ocupación turca a las zonas de Occidente después de 1453 y hasta a finales del siglo XVI. Establecieron importantes colonias griegas en Nápoles, Toledo  y más tarde en París, Odessa, Budapest, Viena y, sobre todo, en los principios en Venecia – de los cuales algunos eruditos y artistas contribuyeron invaluablemente al desarrollo del Renacimiento italiano y occidental en general. A veces, por razones de conveniencia -por ejemplo, para asegurar el empleo en Occidente-, algunos de estos exiliados helenos nominalmente ofrecieron su lealtad al Papado, pero siempre conservaron su lengua y el ritual eclesiástico bizantino. Fue esta combinación de la Iglesia Ortodoxa y la antigua cultura griega, que ahora estaba reviviendo conscientemente, y que actuó en conjunto para fortalecer el desarrollo del espíritu de la etnia helena.

Como jefe nominal del “millet” –nación- heleno, el Patriarca llevaba a cabo en su corte lo máximo posible del elaborado ceremonial de las antiguas cortes imperiales, así como de aquellas patriarcales bizantinas. Muchos, si no la mayoría, de los títulos imperiales y eclesiásticos romano-bizantinos tradicionales fueron preservados. De esta manera, los títulos asignados actualmente por los Patriarcas a personas que se destacan en su servicio al Patriarcado, los Arcontes de la Santa y Grande Iglesia de Cristo tienen sus orígenes en la época de la Turcocracia, o en algunos casos, incluso 1.000 años antes, es decir a principios era bizantina.

Como hemos visto, el Patriarca durante el período anterior a la Turcocracia conservó la escuela patriarcal, y en esta se instruyeron muchos de los prominentes jerarcas posteriores. El Patriarca también mantuvo una estrecha relación con las diversas comunidades helenas de la «diáspora» en Occidente, asistiéndolas tanto como le era posible, en sus confrontaciones con el Papado o las autoridades locales en sus pretensiones de «latinizarlas”, -como por ejemplo en Venecia, Ucrania y entre los eslavos de los Balcanes. No pocas veces, por supuesto, la vida de los Patriarcas en este periodo histórico estuvieron en peligro o incluso fueron cercenadas si el sultán los consideraba excesivamente independientes de aquel. En cualquier caso, en los siglos XVI y principios del XVII, que fue el período histórico caracterizado por la oscuridad cultural más profunda del pueblo heleno, fue el Patriarcado Ecuménico, encabezada por el Patriarca de Constantinopla y representada localmente por su clero, la que tuvo el principal mérito respecto a la preservación de la nación romana-helena -«ethnos»- y la Iglesia Ortodoxa en general, dos instituciones y conceptos que a partir de ahora serán cada vez más interrelacionados en la conciencia del pueblo. Esta unión dada en este período es una de las razones de por qué para los ortodoxos en general, y para los romanos-helenos en particular, les resulta tan difícil concebir la Iglesia Ortodoxa sin cultura helena, una identificación tradicional que habría existido naturalmente en las conciencias de la nación cristiana ortodoxa durante siglos antes de esta renovación.

Es digno de destacar nuevamente, que el rol del Patriarca Ecuménico fue fundamental en la conservación del patrimonio cultural heleno, junto con la tradición litúrgica y eclesiástica ortodoxa. Sin embargo, cuando la guerra de independencia griega estalló finalmente en 1821, -y fue un obispo local en Grecia quien plantara por primera vez la bandera de la revolución- el Patriarca de Constantinopla con el Sultán ejerciendo su autoridad de manera indeclinable sobre él, difícilmente pudo, por razones obvias, bendecir abiertamente el momento. Sin embargo, sus simpatías e intenciones siempre fueron claras. Tanto es así que el Sultán tuvo que colgar al Patriarca Gregorio V, mártir de la Nación, en la puerta principal del Patriarcado.

La época moderna

En 1883, después del éxito de la independencia griega en varias de las áreas de habla griega, se abre una nueva fase histórica para el Patriarcado. Ahora la Iglesia en Grecia, debido a la grave dificultad de operar bajo la autoridad de un Patriarca que se encontraba en la sombra represiva del Sultán, se declaró Autocéfala. Sin embargo, luego de un difícil periodo de pruebas, las relaciones entre la Iglesia de Grecia y el Patriarcado se mantuvieron siempre intactas, mucho más esenciales, si se nos permite el término, que aquellas entre el Patriarcado y cualquiera de las muchas otras ramas «nacionales» de la Iglesia Ortodoxa.

Un evento significativo en la historia del Patriarcado fue la apertura en 1844, en la isla de Halki dentro de la ciudad de Constantinopla, de una escuela teológica de alto nivel para la formación del clero no solo del Patriarcado sino de toda la Ortodoxía. Debido al escaso nivel de la educación del clero en el Oriente Ortodoxo que creó una desesperada necesidad de educación teológica adecuada, se dio la primera oportunidad, desde el final del período romano-bizantino, que una institución del género se habría de establecer dentro de la jurisdicción patriarcal. La escuela teológica de Halki operó y mantuvo su importancia teológica hasta su cierre forzado por los turcos en 1972. Asimismo existían –y algunas todavía están activas- en Constantinopla algunas escuelas para la educación de los legos  -en particular “la gran escuela de la Nación”- que estaban de muchas maneras, directa o indirectamente relacionadas con el Patriarcado y que formaron figuras y lideres helenos modernas como Adamantios Koraís.

Con el apoyo moral más abierto que el Patriarcado comenzó inevitablemente a dar a la nueva nación de Grecia y, más importante aún, con la aparición de un estado secular turco bajo el liderazgo de Kemal Ataturk en 1921, la posición del Patriarca de Constantinopla -que pronto será rebautizada por Kemal Estambul- se hizo más precaria que nunca. La situación del Patriarca fue, naturalmente afectada por el número y la realidad de la población romana-helena de la ciudad, es decir, de los feligreses que lo circundaban inmediatamente. Todavía en 1920 había probablemente más de 100.000 griegos en Constantinopla. Pero con el final de la Primera Guerra Mundial y especialmente con la debacle del ejército heleno de Esmirna en 1922 después de la Guerra Greco-turca y la consecuente destrucción del helenismo en Asia Menor, el destino del Patriarca de Constantinopla pendía precariamente de una realidad multifacéticamente peligrosa. Estaba claro que el gobierno turco ahora deseaba deshacerse del Patriarcado por completo.

En 1923, un año después, como resultado de la intervención de las grandes potencias, se firmó el Tratado de Lausana, según el cual todos los romanos-helenos de Asia Menor y la mayor parte de los turcos de Grecia deberían ser repatriados respectivamente. La única excepción a este intercambio de población fue la de los turcos de Tracia Occidental y los helenos que vivían en Constantinopla, a los cuales se les permitió permanecer donde residían. Pero lo más importante para la Iglesia ortodoxa era que el Tratado garantizaba la presencia continua del Patriarcado en su sede histórica, Constantinopla, libre de limitaciones o restricciones impuestas por el gobierno turco. No sólo Turquía y Grecia firmaron el pacto, sino también Francia, Inglaterra, Italia y Estados Unidos. Parecería que el futuro del Patriarcado de Constantinopla era a partir de ahora garantizado. Sin embargo, el Patriarcado pronto se convirtió en un peón, un rehén, de las relaciones políticas que se desarrollaban entre Grecia y Turquía. Esto se reveló sobre todo cuando explotara la crisis chipriota. Con el fin de ejercer presión sobre Grecia, el gobierno turco utilizó como estrategia someter al Patriarcado a intermitentes y a veces a continuos acosos. En Septiembre de 1955, culminando años de sutiles -y no  tanto- persecuciones, la política turca estalló en un ataque sin sentido organizado por las autoridades contra la comunidad romano-helena y armenia de Constantinopla. Sus iglesias, escuelas, hogares, cementerios y tiendas fueron objeto de vandalismo salvaje y, de esta manera, destruidos de la peor manera. Digno es de destacar que este evento sorprendentemente bárbaro, pasó casi desapercibido por la prensa occidental.

El entonces Patriarca Ecuménico Atenágoras, quizás el Patriarca Ortodoxo más relevante de los tiempos modernos, creía en la conciliación entre romanos y turcos. Así que para asegurar la supervivencia del Patriarcado de Constantinopla, pensó que lo mejor era actuar con gran moderación respecto a las medidas que los turcos imponían a la comunidad romana y al Patriarcado.

Aunque el valiente proyecto con respecto a los turcos no logró los objetivos que perseguía, la política visionaria de Atenágoras de lograr la reconciliación entre los ortodoxos y las otras grandes iglesias de la cristiandad hizo abrir un capítulo nuevo e histórico en las relaciones ecuménicas cristianas. Así, en 1964 y el Papa Pablo VI se reunió en Jerusalén, en la primera reunión del Papa y Patriarca en más de medio milenio. El resultado de esta primera reunión fue la anulación mutua, tanto en Roma y Constantinopla, el 7 de diciembre de 1965, de las históricas excomuniones mutuas de 1054.

La visión del Patriarca era amplia y a largo término. A fin de fortalecer la Iglesia Ortodoxa en su conjunto y paralelamente como una preparación común para eventuales nuevas relaciones entre las Iglesias Ortodoxa y Latina, el Patriarca Atenágoras también tomó la medida sin precedentes de convocar una serie de conferencias panortodoxas con el fin de convocar un “Santo y Grande Sínodo de la Iglesia Ortodoxa”[7]. Estas medidas audaces e imaginativas del Patriaca Atenagoras fueron sostenidas y llevadas a cabo con insistencia por sus sucesores Demetrios y Bartolomé colocando de esta manera al Patriarcado Ecuménico en el centro del escenario de los asuntos ecuménicos cristianos y otorgándole el liderazgo en este aspecto de la renovada vida de la Iglesia Ortodoxa moderna.

Por desgracia, a pesar de las garantías estipuladas por el Tratado de Lausana, los turcos no han dejado de subyugar de toda manera posible la posición del Patriarcado de Constantinopla. Muchas de las iglesias de la “Ciudad” fueron suprimidas o cerradas, y el Patriarca y su corte se han vistos obligados a soportar humillación tras humillación, junto con las restricciones especialmente ideadas para debilitar su poder y acción. Muchas veces fue prohibido a los clérigos patriarcales viajar al extranjero con el fin de llevar a cabo sus deberes eclesiásticos, reparar edificios patriarcales, y, mucho peor, la escuela teológica histórica en Halki, el orgullo del Patriarcado y bastión de su liderazgo teológico, en 1972 fue cerrada de forma permanente por los turcos.

Sólo unos pocos miles (unos 4.000) de los fieles ortodoxos ahora permanecen en Constantinopla. Está claro que este es uno de los momentos más críticos de toda la historia de dos mil años del Patriarcado. Y sin embargo, esta venerable institución ha logrado llevar a cabo su misión de liderazgo sobre las Iglesias ortodoxas del mundo a pesar del sometimiento, de las restricciones de todo tipo y de las persecuciones a las cuales ha sido sometida.

Todos ortodoxos del mundo lo consideran como «el primero entre iguales» entre las Iglesias ortodoxas. Pero para cumplir y continuar su alta misión adecuadamente en estos momentos históricos críticos, requiere la asistencia y la atención siempre alerta a sus necesidades particulares. En los últimos años, sin embargo, ha habido algunos signos de un futuro mejor para el Patriarcado. Ya en 1986 las autoridades turcas concedieron el permiso para la reconstrucción de un nuevo edificio administrativo para reemplazar el ala del antiguo edificio patriarcal consumida por un incendio en 1941. Esta nueva estructura imponente se inauguró a finales de 1989 en una ceremonia a la que asistieron muchas personalidades notables de todo el mundo.

Mientras tanto, siguiendo los pasos del Patriarca Atenagoras, su sucesor el Patriarca Demetrios I en 1987 viajó a Roma, donde fue recibido por el Papa Juan Pablo II. En una ceremonia solemne en la basílica de San Pedro, los Patriarcas de Oriente y Occidente juntos recitaron en griego, el Símbolo niceno-constantinopolitano de la Iglesia como originalmente se expresa sin el filioque. Entonces, por primera vez en la historia moderna, el Papa Juan Pablo II y el Patriarca Demetrios, de pie juntos en el balcón de la Logia de la Basilica Vaticana, bendijeron a la inmensa multitud de personas reunidas en la plaza de San Pedro, un gesto sin precedentes de respeto entre los dos grandes jerarcas del Oriente y del Occidente.

Hoy el Sucesor del Patriarca Demetrio es Su Divinísima Santidad Bartolomé, 270º Obispo de la Iglesia local. Como Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma y Patriarca Ecuménico, el Patriarca Bartolomé ocupa la Primera Sede de la Iglesia Ortodoxa y la preside en un espíritu fraterno como primero entre pares. El Patriarca Ecuménico Bartolomé, fue entronizado el 2 de noviembre de 1991, y es el líder espiritual de casi 300 millones de fieles en el mundo y sirve como el portavoz de la Iglesia como un todo.

Hoy el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla ocupa el primer lugar entre los demás Patriarcados e Iglesias Ortodoxas Autocéfalas y Autónomas de todo el mundo. El Patriarca Ecuménico Bartolomé tiene bajo su responsabilidad histórica y teológica la iniciativa y coordinación de las actividades inter-ortodoxas de las Iglesias de Alejandría, Antioquia, Jerusalén, Rusia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Georgia, Chipre, Grecia, Polonia, Albania, Chequia y Eslovaquia, Finlandia, Estonia, y numerosas eparquías en el viejo y en el nuevo mundo.

El rol preciso y la posición de la Iglesia de Constantinopla han sido definidos hace casi 1700 años. Ni los cambios de gobierno, de naciones, de la sociedad entera, de las culturas dominantes, ni las persecuciones activas han podido jamás disminuir la posición del Patriarcado Ecuménico en el mundo cristiano.

El Patriarcado Ecuménico ha patrocinado muchas misiones evangelizadoras, en el transcurso de los siglos, desde la conversión de los “Rus” de Kiev, en el siglo X, hasta Corea del Sur y el Lejano Oriente en el presente. Como resultado de su conducción pastoral en el mundo ortodoxo, el Patriarcado Ecuménico sigue siendo la brasa encendida de la Ortodoxia, preservando la luz inextinguible del Cristianismo.

El Patriarcado Ecuménico está empeñando activamente diversas actividades eclesiásticas, encarna un liderazgo dinámico en el movimiento ecuménico y participa plenamente en los trabajos del Consejo Mundial de Iglesias, como miembro fundador, por intermedio de su representación permanente en Ginebra, Suiza. Además, participa en muchas comisiones de diálogo bilateral con otras Iglesias Cristianas, como la Iglesia Católica Romana, la Comunión Anglicana, las Iglesias Cristianas Orientales, la Iglesia Luterana y la Iglesia Reformada, entre otras, y con las religiones monoteístas como el Judaísmo y el Islam.

Es misión del Patriarcado Ecuménico dar testimonio del misterio de la unidad ortodoxa. Su primacía en la Ortodoxia es una “primacía de servicio”, no así de autoridad sobre las demás Iglesias Ortodoxas.

Actualmente el Patriarca Bartolomé personifica la memoria de la vida y del sacrificio de la Iglesia Ortodoxa Mártir del siglo XXI. Después de ascender al Trono Ecuménico en 1991, viajó por el mundo ortodoxo llevando un mensaje de restauración y de renovada esperanza. Ha impulsado la restauración de la Iglesia Autocéfala de Albania y de la Iglesia Autónoma de Estonia. Ha sido una permanente fuente de apoyo espiritual y moral para esos países tradicionalmente ortodoxos que emergieron después de décadas de persecución religiosa a gran escala, detrás de la cortina de hierro. Es un testimonio vivo frente al mundo de la dolorosa y redentora lucha de la Ortodoxía por la libertad religiosa y por la dignidad inherente de la persona humana.

El Cristianismo Ortodoxo se sitúa en las líneas divisorias de la civilización moderna, entre el Occidente, el Islam, el Judaísmo y el Lejano Oriente. Los cristianos ortodoxos conviven tanto con los Cristianos del Occidente, como con los musulmanes y los judíos del Oriente Medio, los hindúes y los budistas del Lejano Oriente.

En Noviembre de 1996, el Patriarca Bartolomé realizó la primera visita de un Patriarca Ecuménico a Hong Kong. Fundó allí una Arquidiócesis Ortodoxa, la cual, cuando Hong Kong retornó al control de Pekín, el 1º de julio de 1997, se convirtió en la primera presencia oficial del Cristianismo Ortodoxo en China, después de la Segunda Guerra Mundial.

Como ciudadano de Turquía, la experiencia personal del Patriarca Bartolomé, le provee de una singular perspectiva para continuar el diálogo entre el mundo Cristiano y el mundo Islámico. Ha realizado valiosas contribuciones para la resolución global de conflictos y para la construcción de la paz, como en el caso de la ex Yugoslavia. Ha trabajado persistentemente para promover la reconciliación entre las comunidades Católica, Islámica y Ortodoxa de la región.

El Patriarca Bartolomé ha emergido como una singular fuerza para la renovación de la Iglesia Ortodoxa, para que ésta siga cumpliendo su rol como mediadora entre el Oriente y el Occidente. En su carácter de Patriarca Ecuménico ha reunido en varias ocasiones a los líderes de las Iglesias Ortodoxas de todo el mundo, solicitándoles que continúen vigorosamente en la búsqueda de soluciones frente a los desafíos del nuevo milenio. Junto a SS. SS. los Papas Juan Pablo II, Benedicto y Francisco, el Patriarca Ecuménico Bartolomé ha logrado un progreso sin precedentes hacia la reconciliación entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa.

El rol del Patriarca Ecuménico, como el principal líder espiritual del mundo Cristiano Ortodoxo y como figura transnacional de relevancia universal, sigue siendo cada vez más activo con el paso del tiempo. Co-patrocinó la Conferencia para la Paz y la Tolerancia celebrada en Estambul en 1994, reuniendo a Cristianos, Islámicos y Judíos. Co-patrocinó con Su Alteza Real el Príncipe Felipe de Gran Bretaña, una Conferencia Anual sobre el Medioambiente. S.D.S. es miembro fundador y vicepresidente de la Sociedad de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales. Fue miembro de la Comisión Fe y Orden del Consejo Mundial de Iglesias durante 15 años, ocho de los cuales fue su vice-presidente. Participó en Asambleas Generales (IV, VI y VII) del Consejo Mundial de Iglesias, y en la última fue elegido como miembro de los Comités Ejecutivo y Central. Todo ello, junto a sus inspirados esfuerzos en favor de la libertad religiosa y de los derechos humanos, coloca al Patriarca Ecuménico Bartolomé en el rango de los más destacados apóstoles del amor, de la paz y de la reconciliación de la humanidad.

[1]. Mt. 16:18.

[2]. Πηδάλιον, Έκδόσεις Παπαδημητρίου, ἀπό τὸ 1896, pag. 157: «Τὸν μέν Κωνσταντινουπόλεως Ἐπίσκοπον ἔχειν τὰ πρεσβεῖα τῆς τιμῆς μετὰ τὸν τῆς Ῥώμης Ἐπίσκοπον, διἀ τὸ εἶναι αὐτήν Νέαν Ῥώμην.

[3]. Πηδάλιον, Έκδόσεις Παπαδημητρίου, ἀπό τὸ 1896, pag. 206: «Πανταχοῦ τοῖς τῶν ἁγίων Πατέρων ὅροις ἑπόμενοι, καὶ τὸν ἀρτίως ἀναγνωσθέντα κανόνα τῶν ἑκατὸν πεντήκοντα θεοφιλέστατων ἐπισκόπων, τῶν συναχθέντων ἐπὶ τοῦ τῆς εὐσεβοῦς μνήμης Μεγάλου Θεοδοσίου, τοῦ γενομένου βασιλέως ἐν τῇ βασιλίδι Κωνσταντινουπόλεως Νέᾳ Ῥώμῃ, γνωρίζοντες, τὰ αὐτὰ καὶ ἡμεῖς ὁρίζομέν τε καὶ ψηφιζόμεθα περὶ τῶν πρεσβείων τῆς ἁγιωτάτης ἐκκλησίας τῆς αὐτῆς Κωνσταντινουπόλεως Νέας Ῥώμης· καὶ γὰρ τῷ θρόνῳ τῆς πρεσβυτέρας Ῥώμης, διὰ τὸ βασιλεύειν τὴν πόλιν ἐκείνην, οἱ Πατέρες εἰκότως ἀποδεδώκασι τὰ πρεσβεῖα. Καὶ τῷ αὐτῷ σκοπῶ κινούμενοι οἱ ἑκατὸν πεντήκοντα θεοφιλέστατοι ἐπίσκοποι, τὰ ἴσα πρεσβεῖα ἀπένειμαν τῷ τῆς Νέας Ῥώμης ἁγιωτάτω θρόνῳ, εὐλόγως κρίναντες, τὴν βασιλείᾳ καὶ συγκλήτῳ τιμηθεῖσαν πόλιν, καὶ τῶν ἴσων ἀπολαύουσαν πρεσβείων τῇ πρεσβυτέρᾳ βασιλίδι Ῥώμῃ, καὶ ἐν τοῖς ἐκκλησιαστικοῖς ὡς ἐκείνην μεγαλύνεσθαι πράγμασι, δευτέραν μετἐκείνην ὑπάρχουσαν. Καὶ ὥστε τοὺς τῆς Ποντικῆς, καὶ τῆς Ἀσιανῆς, καὶ τῆς Θρακικῆς διοικήσεως μητροπολίτας μόνους, ἔτι δὲ καὶ τοὺς ἐν τοῖς βαρβαρικοῖς ἐπισκόπους τῶν προειρημένων διοικήσεων χειροτονεῖσθαι ὑπὸ τοῦ προειρημένου ἁγιωτάτου θρόνου τῆς κατὰ Κωνσταντινούπολιν ἁγιωτάτης ἐκκλησίας· δηλαδή ἑκάστου μητροπολίτου τῶν προειρημένων διοικήσεων μετὰ τῶν τῆς ἐπαρχίας ἐπισκόπων χειροτονοῦντος τοὺς τῆς ἐπαρχίας ἐπισκόπους, καθὼς τοῖς θείοις κανόσι διηγόρευται· χειροτονεῖσθαι δέ, καθὼς εἴρηται, τοὺς μητροπολίτας τῶν προειρημένων διοικήσεων παρὰ τοῦ Κωνσταντινουπόλεως ἀρχιεπισκόπου, ψηφισμάτων συμφώνων κατὰ τὸ ἔθος γινομένων, καὶ ἐπαὐτὸν ἀναφερομένων

[4]. F. DVORNICK, The Photian Schism, History and Legend, Canbridge, 1970 (2a edición).

[5]. Es decir, la utilización por los ortodoxos de pan con levadura en la Eucaristía, en contraste con el pan sin levadura de la Iglesia latina.

[6]. La epíclesis es la invocación que el sacerdote realiza al Espíritu Santo durante la Divina Liturgia a fin de que santifique y convierta los anti-tipos del cuerpo y sangre de Cristo, es decir el pan y el vino, en el cuerpo y sangre del Señor.

[7]. La visión del Patriarca Atenágoras y su sueño se harán realidad en el próximo Junio, durante el cual en la isla de Creta se reunirá por fin, luego de sesenta años, el Santo y Gran Sínodo de la Iglesia Ortodoxa.

Introducción

El Patriarcado Ecuménico de Constantinopla es la manifestación más llamativa de la continua viabilidad -más de 1500 años- de la más creativa de las instituciones bizantinas: la Iglesia Ortodoxa Oriental. Y justificamos: fue la Iglesia bizantina, administrada por el Patriarca de Constantinopla, la que convirtió a los Godos -los primeros ancestros de los pueblos germánicos modernos-, la que llevó el Cristianismo a las masas eslavas en Europa del Este, la que evangelizó a algunos de los pueblos de Asia Occidental y el Norte de África y sobre todo, la que formó el espíritu religioso único que impregnaba todos los aspectos de la civilización bizantina.

Trabajando mano a mano con el Emperador en Constantinopla, el Patriarca jugó un papel decisivo en la preservación de la fe ortodoxa en los tiempos peligrosos de los repetidos ataques a Bizancio de los persas, godos, ávaros, eslavos, árabes, normandos, búlgaros, serbios, seljúcidas y turcos otomanos. Y cuando Constantinopla, la gran ciudad imperial, la «ciudad custodiada por Dios«, finalmente cayó ante los turcos otomanos en 1453, fue el Patriarca -y su clero- el que logró mantener viva la fe ortodoxa y la universal cultura helénica durante una larga y represiva ocupación turca otomana que vio la destrucción de iglesias, la supresión -en Grecia y los Balcanes al menos- de prácticamente todas las escuelas de aprendizaje, y las presiones diarias ejercidas por los conquistadores en su población esclava.

En la época otomana, sin embargo, el Patriarca logró demostrar una buena parte de su autoridad, aunque siempre bajo el Sultán, mientras que mantenía y sostenía «a capa y espada” la Tradición eclesiástica ortodoxa en su más legítima originalidad. En tiempos más recientes, sin embargo, especialmente en las últimas décadas, y a pesar del ambiente hostil donde reside, el Patriarca Ecuménico ha hecho gala en épocas críticas de la Iglesia y la humanidad de aquella creatividad, dinamicidad y vanguardia bizantina y constantinopolitana de la cual es heraldo y defensor. La estima ortodoxa y no ortodoxa por su autoridad sigue siendo alta como siempre, pero la persecución de diversas índoles a la cual está sometido el Patriarca y su rebaño en Constantinopla parece ser la prueba más difícil en este grave período de la humanidad.

¿Cuándo y cómo se origina la institución del Patriarca de Constantinopla? ¿Cuáles eran sus funciones y privilegios y, en particular, lo que fue su relación con sus colegas patriarcas, en particular, el Papa y obispo de Roma? Para entender estas cuestiones complejas, debemos volver al primer período de la Iglesia cristiana, el período apostólico inmediatamente después de la muerte y resurrección de Jesucristo.

En este primer siglo d.C, el Cristianismo fue proscrito por los emperadores todavía paganos de Roma. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de los Apóstoles logró extenderse por todo el vasto Imperio Romano, especialmente en el Oriente Heleno. Los Apóstoles tienden naturalmente a llevar a cabo su misión en los centros urbanos densamente poblados del Imperio Romano. Y son estos centros, en los que los Apóstoles fueron a menudo martirizados por la fe, que pronto se convirtieron en los principales centros del Cristianismo. En consecuencia, se desarrolló poco a poco, sobre todo en el Occidente, una cierta «teoría de la apostolicidad«, según la cual el rango relativo de las grandes sedes u obispados en la organización eclesiástica cristiana dependía de la importancia del Apóstol en particular por cuyo trabajo misionero se hubiera constituido.

Por lo tanto, debido a que -como se cree por los cristianos latinos y muchos otros cristianos- no sólo Pedro, el «jefe» –πρωτοκορυφαίος- de los apóstoles, sino también Pablo fueron martirizados y enterrados en Roma, aquella ciudad debía ostentar el primer rango entre todas las sedes de la Cristiandad. De acuerdo con el evangelista Mateo, Cristo le dijo a Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia«[1]. La Iglesia Ortodoxa sostiene que esto se refiere a la fe de Pedro y que esta fe es compartida por todos los obispos en de la Iglesia. En este sentido cardinal y necesariamente espiritual, todos los obispos, y no solo los sucesores en las sedes creadas por Pedro son sus sucesores. Constantinopla, también, afirma su fundación apostólica ya que se cree que el apóstol Andrés, el hermano de Pedro y aclamado como «el primer llamado» –πρωτόκλητος- apóstol de Cristo, viajó e hizo muchas conversiones en los alrededores Bizancio, en algunas partes de Grecia y lo que hoy es el sur de Rusia. Después de este valioso servicio misionero, Andrés finalmente murió gloriosamente como mártir de la fe cristiana en la ciudad helena de Patras, en el Peloponeso, donde fue crucificado a la manera de un delincuente común por orden del gobernador romano pagano. San Andrés es, por supuesto, el santo patrón del Patriarcado de Constantinopla.

Por muy importante que el concepto de apostolicidad era en la historia eclesiástica, historiadores de la Iglesia han demostrado existía otra anterior a esta teoría era, la aparición de la cual se debió a exigencias prácticas. Esta fue la “teoría de la acomodación«, es decir la creencia de que la importancia de una gran sede u obispado dependía principalmente de su rango dentro de la organización política del Imperio Romano, lo que a su vez fue imitado por la organización de la Iglesia. Roma, de acuerdo con este criterio, aunque gozaba de la importancia que le otorgaba ser la capital original del Imperio romano, fue igualada más tarde al rango de Constantinopla, cuando la capital imperial se retiró a la antigua ciudad de Bizancio y se la llamó Constantinopla por su fundador, el primer emperador cristiano, Constantino el Grande. Este evento marca el inicio de lo que los historiadores, occidentales principalmente, llaman el «Imperio Bizantino». Nosotros personalmente no suscribimos a esta teoría. Existe una continuidad trascendental en el Imperio Romano que no se ve alterada ni por el cambio de la sede, ni por el reconocimiento de la religión cristiana. Es por ello que los cristianos tanto en el Oriente como en el Occidente siguen llamándose romanos –Rum, Ρωμαίος, Ρωμιός- como sinónimo de cristianos ortodoxos. Evidentemente las decisiones tomadas por el Gran Constantino alteraron de manera radical la fisiognomía del Imperio, pero sería una mirada obtusa y parcial considerar al llamado “Imperio Bizantino” como otro diferente al Imperio Romano y no identificarlo con éste

Las Cinco Fases de la Historia del Patriarcado

La historia del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla puede, por razones de conveniencia, dividirse en cinco grandes períodos, a saber: 1) que se extiende desde el año 330 d.C, la fundación de Constantinopla por Constantino, hasta el final de la lucha iconoclasta en el llamado » triunfo de la Ortodoxía «de 843 2) a partir del año 843 y que termina con la caída de Constantinopla por los latinos en la «IV Cruzada» de 1204, seguida de una ocupación de medio siglo; 3) que se extiende desde 1261, la recuperación de Constantinopla de manos de sus conquistadores latinos por el emperador Miguel Paleólogo, hasta la caída final de la capital a manos de los turcos otomanos en 1453; 4) la llamada Turcocracia, desde el comienzo de la ocupación turca en 1453 hasta la declaración de independencia de Grecia en 1821, y 5) la época moderna a partir de 1833 hasta la actualidad.

Debido a su principal rol histórico, sobre todo en la formación y cristalización de los dogmas y tradiciones cristianas, y no menos en la exposición y preservación de éstos a cara de continuos peligros, el Patriarcado de Constantinopla en la persona de su cabeza, el Patriarca, ha adquirido el título entre la jerarquía de la iglesia ortodoxa de «primero entre iguales«.

Sin embargo, a diferencia de Roma, su el Patriarcado Ecuménico no ejerce ningún tipo de hegemonía de ningún tipo sobre los otros patriarcados ortodoxos e iglesias autocéfalas. Su posición está basada en la Tradición del Iglesia y debe comprenderse como una autoridad espiritual, y como tal, el Patriarca es considerado y estimado por todos con gran devoción y respeto como el recipiente y defensor de una ancestral y legítima herencia espiritual y administrativa, principal puente de conexión y unión entre todas las iglesias ortodoxas y garantía de su cohesión hacia el restante mundo cristiano. Teniendo en mente esta consideración fundamental, veamos ahora, aunque sólo sea brevemente, la historia del Patriarcado de Constantinopla.

Período de formación

Fue durante el primer periodo, 33-843, la época formativa de toda la Iglesia ortodoxa. Durante este crucial periodo profundas problemáticas hacia adentro y hacia afuera como las cuestiones vitales de la formulación del dogma, la supresión de las herejías, la utilización de la cultura helena clásica por la Iglesia con el fin de ayudar a la hora de explicar el dogma, y ​​la relación del Emperador y el Patriarca sobre la Iglesia, fueron resueltas.

El Patriarca de Constantinopla Gregorio, oriundo de Capadocia, prestó un servicio inestimable para la Iglesia cristiana contra la primera gran herejía, el arrianismo. Asimismo, jugó un papel primordial en la lucha contra los Macedonianos y Eunomianos, los llamados “pneumatomacos”, quienes negaban la divinidad del Espíritu Santo y fue el primer presidente del II Concilio Ecuménico realizado en Constantinopla durante el cual la Iglesia condenó tal herejía y confirmó la creencia en la divinidad plena del Espíritu Santo y de su consubstancialidad con el Padre y el Hijo.

Los servicios de Gregorio se sitúan principalmente en su testimonio de vida, erudición, exégesis bíblica y elocuente proclamación de tales dogmas, por lo cual, la Iglesia Ortodoxa le ha otorgado el título de «el teólogo». Su amigo íntimo, el Gran San Basilio de Capadocia, aunque nunca Patriarca de Constantinopla, fue obispo de Cesarea en Asia Menor, y también hizo una contribución vital para defender la doctrina ortodoxa sobre la Trinidad, la persona de Cristo y del Espíritu Santo. Además, formuló la regla que pronto se convertiría en la norma definitiva para la orientación de los muchos monjes en el Oriente. Y, no menos importante, preservó para el cristianismo el precioso legado de la literatura pagana helena clásica y de la filosofía, conciliando con la doctrina cristiana y demostrando cómo un conocimiento exigente de los escritos helenos clásicos era indispensable para una comprensión más profunda de la fe cristiana. Todavía otro campeón de la Ortodoxía temprana fue Juan Crisóstomo. Originario del Patriarcado de Antioquía, se convirtió en uno de los Patriarcas más célebres de Constantinopla. Sus homilías contra la herejía y la inmoralidad, reinantes en la época, eran tan elocuentes, con un estilo tan refinado, tan llenas de alto contenido teológico y espiritual que le valió el universalmente reconocido mote de Crisóstomo -boca de oro.

El valor de la obra de estos venerados Padres de la Iglesia temprana, en un periodo histórico crucial para la Iglesia Ortodoxa en general y para el Patriarcado de Constantinopla en particular no puede ser subestimado. No fue sólo un papel decisivo en el establecimiento y proclamación de los dogmas de de de toda la Iglesia de Oriente y Occidente en contra de las herejías de Arrio, Nestorio, Dióscoros, Eutiques, y otros, sino que su ejemplar vida, dedicación y lealtad a la fe a través de su oficio de jerarcas de la Iglesia ha servido siempre como un ejemplo inspirador para sus sucesores.

Fue durante este mismo período, en respuesta a la necesidad de alcanzar un acuerdo sobre las creencias doctrinales y debido a otras diferencias crecientes en materia de disciplina de la iglesia y práctica religiosa, que los famosos Siete Concilios Ecuménicos fueron convocados por los emperadores. Estos Concilios Ecuménicos se celebraron geográficamente en el Oriente Heleno en las cercanías de la ciudad imperial de Constantinopla. Sus declaraciones fueron ratificadas por tanto la Iglesia Universal como por los emperadores. La adhesión y la lealtad inquebrantable del Patriarca de Constantinopla y de los demás Patriarcas a las decisiones de estos Concilios se ha traducido en la reivindicación única de la Iglesia Ortodoxa de ser llamada «la Iglesia de los Siete Concilios Ecuménicos.»

Aparte de las decisiones relativas a la doctrina y las cuestiones disciplinarias tomadas por los Concilios, es importante señalar que fue el II Concilio Ecuménico de Constantinopla, que promulgó su III Canon afirmando que «el obispo de Constantinopla tendrá el primado de honor después del Obispo de Roma, puesto que Constantinopla, es la «Nueva Roma«[2], disposición que concedió a Constantinopla primacía de honor sobre los otros tres Patriarcas orientales. Por su parte, el IV Concilio Ecuménico de Calcedonia, realizado en el año 451, confirmó que la sede de Constantinopla tendrá «privilegios iguales a los de la Antigua Roma» y que poseía jurisdicción sobre las iglesias del Ponto, Asia, Tracia y sobre todas las tierras de los bárbaros[3].

Durante este primer período histórico de la Iglesia de Constantinopla la autoridad del Patriarca aumentó gradualmente, a pesar de que a veces parecía estar bajo el pulgar del emperador. Estos últimos, por razones políticas, o como algunos de aquellos interpretaron, en aras de la οἰκονομία, -la transigencia- que se correspondía a la supervivencia de la βασιλεία, es decir, del imperio, buscaron, en no pocas ocasiones, incluso alterar los dogmas decretados por los Concilios Ecuménicos con el fin de aplacar a grupos heréticos políticamente peligrosos en el Occidente, como los monofisitas, nestorianos, o monoteletas.

Esta tendencia de los emperadores que buscaban interferir en la «vida interior» de la Iglesia alcanzó su punto culminante en las acciones perpetrados por los emperadores isáuricos durante la famosa contienda iconoclasta (726-43). En cualquier caso, después de una lucha desesperada de más de un siglo, la Ortodoxía y su ancestral Tradición de la veneración de los santos íconos finalmente triunfaron y los éstos fueron restaurados exitosamente. La principal inspiración para la facción ortodoxa fue proporcionado por los esfuerzos de dos notables monjes y teólogos, Juan de Damasco y Teodoro de Studio, que fueron los principales responsables de la formulación de la doctrina ortodoxa oficial respecto a los íconos.

Como resultado del triunfo de la primigenia Tradición eclesiástica, la autoridad de los Patriarcas Ortodoxos, que por lo general dirigieron la lucha contra los iconoclastas, cobró más importancia que nunca en el Imperio. Esto puede apreciarse quizás simbólicamente en el hecho de que, a partir de entonces, el Patriarca fue representado por los artistas bizantinos en sus pinturas o mosaicos colocados en los templos al mismo nivel del emperador en lugar de por debajo de él, lo que era hasta entonces costumbre.

Focio el grande

Durante la segunda fase histórica del Patriarcado que se extiende desde el año 843 al año 1204, ocupó el trono patriarcal de Constantinopla Focio, quien es considerado por muchos como uno de los Patriarcas más influyentes de la era bizantina. Considerablemente letrado en la literatura helena antigua así como en la filosofía y la teología cristiana, fue originalmente profesor de filosofía en la famosa Universidad de Constantinopla -la primera universidad (o «escuela superior») que se estableciera en la Europa medieval, en un momento en el cual Occidente todavía estaba atrapado en el lodo de las hordas bárbaras de la Edad Media.

Focio fue tal vez el responsable de una nueva codificación del derecho canónico, la colección de 14 títulos, y probablemente de un nuevo código legal, la Epanagoge, en la que se promovía una nueva importancia para el Patriarca con respecto al emperador. Pero es quizás mejor conocido por su papel principal en la conversión de los pueblos eslavos. Fue Focio quien, comprendiendo de manera más perspicaz la psicología interna de la entonces semi-bárbara Moravia eslava -la Checoslovaquia de hoy-, envió para convertir a su pueblo en 862, a petición de éste, a los apóstoles de los eslavos, Cirilo y su hermano Metodio, dos helenos de Tesalónica, quienes entendidos en la lengua eslava crearon el hoy llamado alfabeto cirílico y tradujeron la Sagrada Escritura y la liturgia al eslavo. De este modo, los ligó a Constantinopla en lugar de a Roma, que también estaba tratando de convertirlos, pero no permitía que la liturgia sea traducida a la lengua vernácula. Focio, también fue el principal responsable de la conversión de los búlgaros, quienes oscilaban entre el catolicismo latino y la Ortodoxía. Fue conversión de los moravos y búlgaros a través de la obra de Cirilo y Metodio y por iniciativa de Focio que más tarde llevó a la conversión a la Ortodoxía de los eslavos rusos. Además, Focio estableció y organizó la escuela patriarcal de Constantinopla para la educación de los sacerdotes en la literatura y la filosofía, así como en la teología. Por último, como generalmente no es tomado en cuenta, a través de esta acción pronunció el golpe de gracia contra el Iconoclasmo, puesto que ciertos intelectuales siguieron, aunque de forma encubierta, enseñando sus preceptos heréticos incluso hasta después de 843.

Hasta la publicación de la obra del padre Dvornik[4] el Patriarca Focio, fue considerado por la Iglesia Romana como el responsable de originar el primer cisma o división entre las Iglesias de Roma y Constantinopla, y el primero en formular sistemáticamente cargos contra las innovaciones en la doctrina y las prácticas de la Iglesia latina.

Fueron los precedentes a los que hemos hecho mención y el evidente aumento de la autoridad patriarcal que se desarrolló bajo el patriarcado de Focio lo que permitió a la Iglesia y a los Patriarcas posteriores de superar los momentos difíciles que se sucedieron tanto para el Estado como para la Iglesia. De hecho, en el momento del apogeo del Imperio Romano-bizantino a finales del siglo X y principios del siglo XI, cuando se había convertido sin lugar a dudas el Estado más poderoso, más rico, culto y sofisticado del mundo de entonces, la corte patriarcal de Constantinopla se había convertido, en un segundo lugar,  incomparable en esplendor y en el respeto que se le atribuía. Dentro de su iglesia catedral, la incomparable Santa Sofía, cuya cúpula parecía «colgar suspendida como desde el mismo cielo«, para citar al poeta bizantino Jorge de Pisidia, el Patriarca oficiaba en el edificio eclesiástico más imponente la entonces cristiandad. Para cuidar de las necesidades litúrgicas de la «Gran Iglesia» -como los romanos-bizantinos siempre la llamaron-, el emperador Justiniano decretó en el año 537 que opere constantemente un enorme personal, que constaba de sesenta sacerdotes, diez diáconos, cuarenta diaconisas, noventa subdiáconos, un centenar de lectores, veinticinco cantores, y cien custodios.

No es extraño que los emisarios rusos, enviados a Constantinopla en el año 988 para comparar sus servicios religiosos con los de otras religiones, de las cuales estaban considerando la posibilidad de adoptar, fueran tan impresionados por el esplendor y la sublimidad de la Liturgia que, a su regreso a su ciudad capital de Kiev, declararon a su señor el Príncipe Vladimir el Grande, que en Santa Sofía pensaron que estaban «en el cielo mismo.» Tan largo alcance tuvo la fama de Santa Sofía que se convirtió en una legenda casi mítica conocida ya por los lejanos anglosajones de Inglaterra que no sólo tomaron ciertos aspectos del arte bizantino, sino incluso el título de βασιλεύς –Basileus- para su propio rey,  y cuyo séptimo Arzobispo de Canterbury, de hecho fue un heleno, el misionero Teodoro de Tarso, de Asia Menor. Incluso los Vikingos de la lejana Escandinavia se refirían a Constantinopla como Miklegard o Tsargrad (ciudad del emperador), de la cual la principal joya era Santa Sofía.

Santa Sofía y el Patriarcado fueron admirados en el mundo medieval del Occidente y el Oriente por la enorme cantidad de reliquias conservadas allí y en la Iglesia de los Santos Apóstoles, que databan de la época de Cristo, o poco después: la cruz, la corona de espinas, la cintura y la túnica de la Virgen – estos dos últimos, en particular, fueron considerados por la población como protectores de “La Polis”. Numerosas historias se conservan de los siglos XIV y XV que relatan peligrosos viajes realizados por los peregrinos rusos a Constantinopla, para no hablar de los clérigos occidentales que antes de la hora de la escisión en 1054, habrían llegado a Constantinopla para contemplar la Iglesia de los Santos Apóstoles, donde los emperadores bizantinos fueron enterrados, para participar en la liturgia en Santa Sofía y, sobre todo, para adorar las reliquias sagradas a las que hicimos mención. Algunos eruditos modernos creen que el Papa Gregorio el Grande, -el Diálogo- introdujo en Roma el llamado canto gregoriano, después de haber sido legado papal en Constantinopla (antes del 590), a imitación del canto bizantino de la Iglesia de Santa Sofía, que había oído tan a menudo.

La hostilidad occidental crece

En el siglo XI el Imperio Romano-Bizantino comenzó a declinar en fuerza. Esto era no sólo debido al desfile de los enemigos externos que atacaban constantemente el territorio del imperio, a menudo de forma simultánea en tres o incluso cuatro frentes, sino debido a la inestabilidad interna, la decadencia y la correspondiente corruptela.

En última instancia, debido al menos en parte a la rivalidad económica occidental -especialmente veneciana-, incluso a la avidez por el comercio y las riquezas de Bizancio, y a la rivalidad política con Constantinopla, el Occidente se hizo cada vez más hostil hacia los bizantinos. Debido al carácter predominantemente religioso de la época, este antagonismo se expresó más claramente en la creciente división eclesiástica entre las dos iglesias, especialmente en la rivalidad entre el Patriarca de Constantinopla y el Papa de Roma.

Constantinopla como la «Nueva Roma» entonces se reivindicaba para sí la igualdad de honor con la antigua Roma, mientras que Roma insistía en su autoridad jurisdiccional sobre los Patriarcas orientales. Las Iglesias diferían entre otras cosas en la temática del filioque, la cuestión litúrgica de los ázimos[5], y por último, en la diferencia del momento y del modo de la epíclesis en el servicio litúrgico[6].

Estas diferencias teológicas y litúrgicas en especial llegaron a asumir una importancia aún mayor en el contexto de la conquista normanda (católica) en el sur de Italia, que era entonces todavía de habla helena y ortodoxa en la religión. En este periodo los Papas sucumbieron a la tentación de latinizar al pueblo ortodoxo allí, hecho que condujo a los famosos acontecimientos de 1054, cuando se produjo el llamado «cisma definitivo» entre las Iglesias de Roma y Constantinopla.

En ese momento los legados del papado, indignados principalmente por la oposición del entonces patriarca de Constantinopla, Michael Cerulario, a la «latinización» del ritual ortodoxo entre las iglesias ortodoxas helenas del sur de Italia, depositaron una bula de excomunión contra el Patriarca sobre el altar de la misma. Contrariamente a lo que desde hace tiempo se  ha creído, sólo el Patriarca Miguel Cerulario «y sus seguidores» fueron anatematizados por los legados papales en Santa Sofía, mientras que el emperador romano-bizantino y la población, de hecho, fueron elogiados por su «Ortodoxía». Cerulario convocó inmediatamente al Sínodo de obispos residentes -ἐνδημούσα σύνοδος-, que respondió a su vez anatematizando a los enviados, pero no – hay que señalar – al Papa.

No obstante, aunque el evento en sí no fue de gran importancia -ya disidencias de este tipo no habían sido infrecuentes en el pasado y siempre habían sido solucionadas de forma satisfactoria-, en retrospectiva la historia ha fijado en este evento como aquel que marca la ruptura final entre los dos Patriarcados. Trágicamente a partir de entonces, Roma siguió su camino y Constantinopla el suyo.

Fue específicamente con el fin de anular estas históricas excomuniones mutuas de 1054, que fueron siempre el símbolo manifiesto de la final la división de las dos grandes ramas de la Iglesia cristiana que, por iniciativa del Patriarca Atenagoras, se levantaron finalmente en 1965, luego de la histórica reunión en Jerusalén entre el Patriarca Atenagoras y el Papa Pablo VI. Este símbolo, no obstante, no ha llevado a revocar el cisma histórico entre las dos Iglesias.

Desafortunadamente las relaciones entre el Occidente latino y el Oriente Ortodoxo empeoraron poco a poco, pero no sólo eclesiástica, política, económica y psicológicamente. En última instancia, la animosidad entre el Oriente y el Occidente, aventada al mismo tiempo por la rivalidad económica y militar se hizo tan fuerte que el resultado inevitable fue una de las mayores tragedias de la historia: la ostensible conquista y saqueo de Constantinopla en 1204 por los ejércitos «cruzados», en su camino a recapturar Jerusalén de los musulmanes.

Después de 1204, con un Imperio Latino establecido sobre las ruinas del Imperio Romano-Bizantino, lo que mejor se conservaba, a pesar de todo, era la unidad del pueblo romano-bizantino que tenía su fe común –la Ortodoxía- como único punto de cohesión, y su protector, el Patriarca, que estaba asentado en Nicea, prófugo de la ocupación latina. En 1261, después de cincuenta y siete años de ocupación latina, los romanos recuperaron su gran capital, Constantinopla, bajo el emperador Miguel Paleólogo. Su primer acto después de la recuperación de la Ciudad en 1261 fue marchar en una procesión a partir de la puerta de oro, con el ícono de la Virgen Hodegetria a la cabeza, a Santa Sofía, donde él y todo el pueblo dieron gracias a Dios. Así, desde su lugar de exilio en Nicea, el Patriarcado una vez más fue restablecido en su centro tradicional en Constantinopla.

Los últimos siglos bizantinos

En el tercer período de la historia patriarcal, 1261-1453, pero especialmente después de finales del siglo XIV, los últimos y mayores de los enemigos de los romanos-bizantinos, los turcos otomanos de Asia, avanzaron más y más a Constantinopla. En este periodo, el alguna vez poderoso Imperio Romano-Bizantinose había reducido tanto en territorio que por 1300, casi todo lo que quedaba, además de la propia Constantinopla, era parte de lo que hoy llamamos Grecia, Macedonia, Tracia, y una franja de Asia Menor occidental. El peligro de los turcos avanzando pronto se convirtió de tal gravedad que a fin de asegurar la ayuda militar, los emperadores se vieron obligados a recurrir a la entonces mayor fuente de poder de Occidente: el Papado. Pero los Papas de Roma no ofrecerían ninguna ayuda a menos que los romanos los aceptaran como la cabeza de su Iglesia; en otras palabras, a menos que se convirtieran a la iglesia Latina con todas sus creencias y prácticas.

Los romanos ortodoxos comunes, por supuesto, violentamente se opusieron a esto, al igual que el clero, los monjes, casi la totalidad de la clase media y la mayor parte de la clase alta. Ciertas personas de la clase alta, entre los que se incluían algunos pocos prelados, en aras de la conveniencia política, o a veces incluso por una admiración por el vigor de la filosofía escolástica latina entonces en boga, apoyaron a estos emperadores que estaban dispuestos a pagar el precio papal por la ayuda militar.

En realidad, el pueblo romano pronto se dividió en dos facciones sobre la cuestión de si la ayuda de Roma debería ser aceptada, el pro-unionista, y el grupo mucho mayor que reunía a los contrarios anti-unionistas. El problema se hizo tan agudo que, en 1274, en Lyon en el sur de Francia, y de nuevo en 1439 en el famoso Concilio de Ferrara-Florencia, Italia, la unión religiosa entre las dos iglesias fue temporalmente lograda, o al menos acordada. Pero el pueblo romano-bizantino se negó rotundamente a aceptar las decisiones de estos dos Concilios. Insistieron en que, dado que los cinco Patriarcas no estaban presentes en ambos Concilios (como el derecho canónico romano exigía), que ningún Concilio posterior los había declarado «ecuménicos», y puesto que la mayoría de los romanos creían que los delegados bizantinos habían sido obligados a aceptarlos, los dos Concilios unionistas de Lyon y Florencia fueron declarados inválidos. De esta manera, el propio Patriarca, seguido por la gran mayoría de la población romana-bizantina de Constantinopla, se negó a comprometer sus creencias ortodoxas mediante la aceptación de la jurisdicción papal, presumiblemente, para salvar el Imperio.

Es una notable ironía de la historia que en los siglos XIV y XV, cuando el poder del emperador romano-bizantino fue disminuyendo drásticamente como consecuencia de la severa mengua territorial del imperio, la autoridad del Patriarca, por el contrario, aumentó notablemente. Rusia, aunque ortodoxa, nunca fue políticamente parte del Imperio romano-bizantino, pero desde prácticamente el inicio de su conversión con el príncipe Vladimir en 989, el Patriarca de Constantinopla administró la Iglesia Rusa. No sólo nombraba a su obispo primado (el metropolitano de Kiev y mucho más tarde de Moscú) y enviaba a Rusia el santo crisma, sino que también fue considerado por todos los eslavos, tanto de los Balcanes y como de Rusia como el verdadero líder del mundo cristiano ortodoxo.

Ahora las cosas se invierten y, al contrario de los primeros tiempos, el Patriarca se había convertido, en el efecto, protector del emperador. Esto puede apreciarse claramente en el reproche del Patriarca Antonio al zar ruso, que le había escrito en 1395 que «ya no hay ningún emperador.» La respuesta de Antonio fue que «no puede haber una iglesia sin el emperador.» En cualquier caso, los Patriarcas romanos-bizantinos entonces realizaron un trabajo notable en la preservación de la Ortodoxía, no sólo de la propaganda de los misioneros latinos que parecía estar en todas partes en el Oriente imperial, sino también de cara a las conversiones forzadas o incluso a veces voluntarias al Islam de los romanos conquistados de Asia Menor.

«La Turcocracia»

Con la trágica caída de Constantinopla a manos de los turcos otomanos en 1453, comienza el cuarto período histórico del Patriarcado Ecuménico, el de la «Turcocracia». En esta fase, el proceso de la acumulación de poder en manos del Patriarca Ecuménico de Constantinopla en realidad se acelera. El Sultán turco ahora asume la función del antiguo emperador romano-bizantino e inviste al Patriarca con su autoridad, de la misma manera que antes. Bajo el sultán Mehmet II, el conquistador turco de Constantinopla, Gennadios Escolarios, el erudito heleno experimentado en la filosofía -y gran patriota-, fue investido con la anuencia del mismo como el primer Patriarca Ortodoxo bajo el dominio turco. Un hombre bravío, ortodoxo sin concesiones, que logró obtener aquiescencias para su iglesia del sultán que lo respetaba. Por lo tanto, con el consentimiento de Mehmet II, al Patriarca se le dio autoridad no sólo como líder religioso, sino también como el jefe supremo de todos los pueblos ortodoxos sujetos a los turcos, incluidos los serbios, búlgaros y albaneses, así como los romanos helenos.

El Patriarca tenía su propia corte y conserva el antiguo ceremonial litúrgico ortodoxo, pero no se le permitió retener Santa Sofía, que entonces se convirtió en mezquita turca. Por otra parte, estaba en todas las cuestiones políticas directamente sujeto a la voluntad del sultán. A pesar de su mayor autoridad, el Patriarca, sin embargo, tuvo que caminar en la cuerda floja. Por un lado, tuvo que apaciguar a su autoridad turca que era islámica y, por otra parte, trataba de alimentar la fe entre los fieles ortodoxos. Las acciones de los sultanes, especialmente los sucesores de Mehmet II, fueron a menudo impredecibles e inconsistentes respecto a las de su predecesor. Depusieron Patriarcas a voluntad y establecieron a otros manipulando inescrupulosamente su elección. A menudo se castigaba a la población romana por presuntas violaciones de la voluntad del sultán dando muerte a los Patriarcas a través de la estrangulación o de otros medios violentos. Las acciones patriarcales, por lo tanto, tenían que ser prudentes al extremo, apareciendo a menudo inexplicables para los foráneos, ya que se esforzaban para proteger a su rebaño e incluso para ayudarse a sí mismos para sobrevivir. Su llamada diplomacia «fanariota» (de «Fanar,» la última sede del Patriarcado de Constantinopla a la que fue movido bajo el imperio otomano) a veces tenía que ser más compleja e intrincada que durante el del propio periodo romano-bizantino.

Dos de los Patriarcas más notables durante este período de la dominación turca fueron Jeremías II del siglo XVI y el famoso Cirilo Loukaris del XVII. Jeremías fue Patriarca durante el primer período de la Reforma protestante; de hecho, varios de los reformadores protestantes, en particular el sobrino de Johann Reuchlin, Philipp Melancthon, tenía la esperanza de llegar a un entendimiento con el Oriente Ortodoxo ahora que ellos también habían roto con Roma. Melancthon, por lo tanto, envió una profesión de fe luterana que había elaborado a Jeremías en Constantinopla, esperando la aprobación del Patriarca Ortodoxo. Pero Jeremías, lejos de aprobarla, envió en respuesta una carta condenando varias de las nuevas creencias protestantes. Estaba en contra de la creencia luterana de la «presencia real» en la comunión. También condenó la creencia luterana de la justificación por la fe sola, y afirmó la necesidad de «buenas obras», así como la gracia de Dios en la salvación humana. Sin embargo, Jeremías participó en intercambios amistosos con diversos grupos protestantes y dio la bienvenida a Constantinopla, a menudo en secreto, a ciertos occidentales con los que tuvo ilustrativas conversaciones y una animada correspondencia.

Cirilo Loukaris, el famoso Patriarca de Creta del siglo XVII, a menudo es acusado de buscar secretamente la “protestantización” de la Iglesia Ortodoxa. Durante sus estudios en Europa Occidental, había entrado en contacto con las ideas protestantes calvinistas. Y cuando más tarde se convirtió en Patriarca de Constantinopla, extendió su favor a los enviados protestantes en Constantinopla. En 1629, se publicó en Ginebra una Confesión de Fe atribuida al Patriarca Cirilo y en la cual expresa creencias calvinistas de manera inequívoca. Quizás Cirilo como un individuo pudo muy bien haber sido atraído por ciertas creencias calvinistas, pero su supuesto deseo de imponer estas creencias en la Iglesia Ortodoxa es dudoso. En cualquier caso, la Confesión de Fe de Ginebra, cuya atribución a Cirilo muchos de sus propios clérigos asociados negaron) fue condenado como herético por varios Concilios ortodoxos locales posteriormente celebrados en Oriente.

No hay que olvidar que uno de los principales objetivos de Cirilo fue  iluminar y elevar el nivel educativo de su clero y rebaño, que en el siglo XVI y principios del siglo XVII habían caído a un punto extremadamente bajo debido a la larga opresión turca. Aparte de la escuela Patriarcal de Constantinopla, los turcos prohibieron utilizar otra escuela en la helena. Las únicas escuelas que operaban en lo que hoy día llamamos «Grecia» eran aquellas escuelas en las zonas griegas entonces bajo dominación veneciana, como en Creta, Corfú, o las Islas Jónicas. Loukaris constantemente tenía que tener cuidado de sus volátiles amos turcos que, de hecho, lo depusieron de sus funciones varias veces, sólo para restablecerlo una y otra vez. Finalmente murió como mártir, estrangulado a manos de los turcos. Aparte de mencionar de sus continuos intentos de educar a su rebaño ortodoxo, mencionamos en esta línea la fundación de la primera imprenta helena en Constantinopla.

La experiencia de estos dos Patriarcas fue duplicada por las aún peores experiencias de sus sucesores. Sin embargo, cada Patriarca sin excepción llevó a cabo su deber para con la Iglesia y, al mismo tiempo, siempre trabajaron para la preservación del sentido de comunidad entre los romanos-helenos de Constantinopla y aquellos de la sección continental. En no poca medida, a continuación, los Patriarcas de Constantinopla, aún sin quererlo, contribuyeron a hacer nacer en el pueblo el sentido heleno moderno de la conciencia nacional que finalmente estalló en la revolución de 1821. Algunos estudiosos creen que los Patriarcas, quizás adhiriéndose de manera indiscriminada a la herencia imperial antigua bizantina-romana en la forma de la llamada “gran idea” -ἡ μεγάλη ἰδέα- buscaron la restauración de todas las áreas de habla helena, en contraste con la idea de poder de los héroes de la revolución griega como Koraís, basada en una nación griega moderna. Pero el contraste sin duda puede ser descubierto cuando se tiene en cuenta el objetivo de ambos de preservar tanto la fe ortodoxa como la tradición helénica.

Como a menudo pasan por alto por los historiadores, un papel importantísimo en el nacimiento de la nación griega moderna también fue jugado por los muchos refugiados helenos que habrían huido de la ocupación turca a las zonas de Occidente después de 1453 y hasta a finales del siglo XVI. Establecieron importantes colonias griegas en Nápoles, Toledo  y más tarde en París, Odessa, Budapest, Viena y, sobre todo, en los principios en Venecia – de los cuales algunos eruditos y artistas contribuyeron invaluablemente al desarrollo del Renacimiento italiano y occidental en general. A veces, por razones de conveniencia -por ejemplo, para asegurar el empleo en Occidente-, algunos de estos exiliados helenos nominalmente ofrecieron su lealtad al Papado, pero siempre conservaron su lengua y el ritual eclesiástico bizantino. Fue esta combinación de la Iglesia Ortodoxa y la antigua cultura griega, que ahora estaba reviviendo conscientemente, y que actuó en conjunto para fortalecer el desarrollo del espíritu de la etnia helena.

Como jefe nominal del “millet” –nación- heleno, el Patriarca llevaba a cabo en su corte lo máximo posible del elaborado ceremonial de las antiguas cortes imperiales, así como de aquellas patriarcales bizantinas. Muchos, si no la mayoría, de los títulos imperiales y eclesiásticos romano-bizantinos tradicionales fueron preservados. De esta manera, los títulos asignados actualmente por los Patriarcas a personas que se destacan en su servicio al Patriarcado, los Arcontes de la Santa y Grande Iglesia de Cristo tienen sus orígenes en la época de la Turcocracia, o en algunos casos, incluso 1.000 años antes, es decir a principios era bizantina.

Como hemos visto, el Patriarca durante el período anterior a la Turcocracia conservó la escuela patriarcal, y en esta se instruyeron muchos de los prominentes jerarcas posteriores. El Patriarca también mantuvo una estrecha relación con las diversas comunidades helenas de la «diáspora» en Occidente, asistiéndolas tanto como le era posible, en sus confrontaciones con el Papado o las autoridades locales en sus pretensiones de «latinizarlas”, -como por ejemplo en Venecia, Ucrania y entre los eslavos de los Balcanes. No pocas veces, por supuesto, la vida de los Patriarcas en este periodo histórico estuvieron en peligro o incluso fueron cercenadas si el sultán los consideraba excesivamente independientes de aquel. En cualquier caso, en los siglos XVI y principios del XVII, que fue el período histórico caracterizado por la oscuridad cultural más profunda del pueblo heleno, fue el Patriarcado Ecuménico, encabezada por el Patriarca de Constantinopla y representada localmente por su clero, la que tuvo el principal mérito respecto a la preservación de la nación romana-helena -«ethnos»- y la Iglesia Ortodoxa en general, dos instituciones y conceptos que a partir de ahora serán cada vez más interrelacionados en la conciencia del pueblo. Esta unión dada en este período es una de las razones de por qué para los ortodoxos en general, y para los romanos-helenos en particular, les resulta tan difícil concebir la Iglesia Ortodoxa sin cultura helena, una identificación tradicional que habría existido naturalmente en las conciencias de la nación cristiana ortodoxa durante siglos antes de esta renovación.

Es digno de destacar nuevamente, que el rol del Patriarca Ecuménico fue fundamental en la conservación del patrimonio cultural heleno, junto con la tradición litúrgica y eclesiástica ortodoxa. Sin embargo, cuando la guerra de independencia griega estalló finalmente en 1821, -y fue un obispo local en Grecia quien plantara por primera vez la bandera de la revolución- el Patriarca de Constantinopla con el Sultán ejerciendo su autoridad de manera indeclinable sobre él, difícilmente pudo, por razones obvias, bendecir abiertamente el momento. Sin embargo, sus simpatías e intenciones siempre fueron claras. Tanto es así que el Sultán tuvo que colgar al Patriarca Gregorio V, mártir de la Nación, en la puerta principal del Patriarcado.

La época moderna

En 1883, después del éxito de la independencia griega en varias de las áreas de habla griega, se abre una nueva fase histórica para el Patriarcado. Ahora la Iglesia en Grecia, debido a la grave dificultad de operar bajo la autoridad de un Patriarca que se encontraba en la sombra represiva del Sultán, se declaró Autocéfala. Sin embargo, luego de un difícil periodo de pruebas, las relaciones entre la Iglesia de Grecia y el Patriarcado se mantuvieron siempre intactas, mucho más esenciales, si se nos permite el término, que aquellas entre el Patriarcado y cualquiera de las muchas otras ramas «nacionales» de la Iglesia Ortodoxa.

Un evento significativo en la historia del Patriarcado fue la apertura en 1844, en la isla de Halki dentro de la ciudad de Constantinopla, de una escuela teológica de alto nivel para la formación del clero no solo del Patriarcado sino de toda la Ortodoxía. Debido al escaso nivel de la educación del clero en el Oriente Ortodoxo que creó una desesperada necesidad de educación teológica adecuada, se dio la primera oportunidad, desde el final del período romano-bizantino, que una institución del género se habría de establecer dentro de la jurisdicción patriarcal. La escuela teológica de Halki operó y mantuvo su importancia teológica hasta su cierre forzado por los turcos en 1972. Asimismo existían –y algunas todavía están activas- en Constantinopla algunas escuelas para la educación de los legos  -en particular “la gran escuela de la Nación”- que estaban de muchas maneras, directa o indirectamente relacionadas con el Patriarcado y que formaron figuras y lideres helenos modernas como Adamantios Koraís.

Con el apoyo moral más abierto que el Patriarcado comenzó inevitablemente a dar a la nueva nación de Grecia y, más importante aún, con la aparición de un estado secular turco bajo el liderazgo de Kemal Ataturk en 1921, la posición del Patriarca de Constantinopla -que pronto será rebautizada por Kemal Estambul- se hizo más precaria que nunca. La situación del Patriarca fue, naturalmente afectada por el número y la realidad de la población romana-helena de la ciudad, es decir, de los feligreses que lo circundaban inmediatamente. Todavía en 1920 había probablemente más de 100.000 griegos en Constantinopla. Pero con el final de la Primera Guerra Mundial y especialmente con la debacle del ejército heleno de Esmirna en 1922 después de la Guerra Greco-turca y la consecuente destrucción del helenismo en Asia Menor, el destino del Patriarca de Constantinopla pendía precariamente de una realidad multifacéticamente peligrosa. Estaba claro que el gobierno turco ahora deseaba deshacerse del Patriarcado por completo.

En 1923, un año después, como resultado de la intervención de las grandes potencias, se firmó el Tratado de Lausana, según el cual todos los romanos-helenos de Asia Menor y la mayor parte de los turcos de Grecia deberían ser repatriados respectivamente. La única excepción a este intercambio de población fue la de los turcos de Tracia Occidental y los helenos que vivían en Constantinopla, a los cuales se les permitió permanecer donde residían. Pero lo más importante para la Iglesia ortodoxa era que el Tratado garantizaba la presencia continua del Patriarcado en su sede histórica, Constantinopla, libre de limitaciones o restricciones impuestas por el gobierno turco. No sólo Turquía y Grecia firmaron el pacto, sino también Francia, Inglaterra, Italia y Estados Unidos. Parecería que el futuro del Patriarcado de Constantinopla era a partir de ahora garantizado. Sin embargo, el Patriarcado pronto se convirtió en un peón, un rehén, de las relaciones políticas que se desarrollaban entre Grecia y Turquía. Esto se reveló sobre todo cuando explotara la crisis chipriota. Con el fin de ejercer presión sobre Grecia, el gobierno turco utilizó como estrategia someter al Patriarcado a intermitentes y a veces a continuos acosos. En Septiembre de 1955, culminando años de sutiles -y no  tanto- persecuciones, la política turca estalló en un ataque sin sentido organizado por las autoridades contra la comunidad romano-helena y armenia de Constantinopla. Sus iglesias, escuelas, hogares, cementerios y tiendas fueron objeto de vandalismo salvaje y, de esta manera, destruidos de la peor manera. Digno es de destacar que este evento sorprendentemente bárbaro, pasó casi desapercibido por la prensa occidental.

El entonces Patriarca Ecuménico Atenágoras, quizás el Patriarca Ortodoxo más relevante de los tiempos modernos, creía en la conciliación entre romanos y turcos. Así que para asegurar la supervivencia del Patriarcado de Constantinopla, pensó que lo mejor era actuar con gran moderación respecto a las medidas que los turcos imponían a la comunidad romana y al Patriarcado.

Aunque el valiente proyecto con respecto a los turcos no logró los objetivos que perseguía, la política visionaria de Atenágoras de lograr la reconciliación entre los ortodoxos y las otras grandes iglesias de la cristiandad hizo abrir un capítulo nuevo e histórico en las relaciones ecuménicas cristianas. Así, en 1964 y el Papa Pablo VI se reunió en Jerusalén, en la primera reunión del Papa y Patriarca en más de medio milenio. El resultado de esta primera reunión fue la anulación mutua, tanto en Roma y Constantinopla, el 7 de diciembre de 1965, de las históricas excomuniones mutuas de 1054.

La visión del Patriarca era amplia y a largo término. A fin de fortalecer la Iglesia Ortodoxa en su conjunto y paralelamente como una preparación común para eventuales nuevas relaciones entre las Iglesias Ortodoxa y Latina, el Patriarca Atenágoras también tomó la medida sin precedentes de convocar una serie de conferencias panortodoxas con el fin de convocar un “Santo y Grande Sínodo de la Iglesia Ortodoxa”[7]. Estas medidas audaces e imaginativas del Patriaca Atenagoras fueron sostenidas y llevadas a cabo con insistencia por sus sucesores Demetrios y Bartolomé colocando de esta manera al Patriarcado Ecuménico en el centro del escenario de los asuntos ecuménicos cristianos y otorgándole el liderazgo en este aspecto de la renovada vida de la Iglesia Ortodoxa moderna.

Por desgracia, a pesar de las garantías estipuladas por el Tratado de Lausana, los turcos no han dejado de subyugar de toda manera posible la posición del Patriarcado de Constantinopla. Muchas de las iglesias de la “Ciudad” fueron suprimidas o cerradas, y el Patriarca y su corte se han vistos obligados a soportar humillación tras humillación, junto con las restricciones especialmente ideadas para debilitar su poder y acción. Muchas veces fue prohibido a los clérigos patriarcales viajar al extranjero con el fin de llevar a cabo sus deberes eclesiásticos, reparar edificios patriarcales, y, mucho peor, la escuela teológica histórica en Halki, el orgullo del Patriarcado y bastión de su liderazgo teológico, en 1972 fue cerrada de forma permanente por los turcos.

Sólo unos pocos miles (unos 4.000) de los fieles ortodoxos ahora permanecen en Constantinopla. Está claro que este es uno de los momentos más críticos de toda la historia de dos mil años del Patriarcado. Y sin embargo, esta venerable institución ha logrado llevar a cabo su misión de liderazgo sobre las Iglesias ortodoxas del mundo a pesar del sometimiento, de las restricciones de todo tipo y de las persecuciones a las cuales ha sido sometida.

Todos ortodoxos del mundo lo consideran como «el primero entre iguales» entre las Iglesias ortodoxas. Pero para cumplir y continuar su alta misión adecuadamente en estos momentos históricos críticos, requiere la asistencia y la atención siempre alerta a sus necesidades particulares. En los últimos años, sin embargo, ha habido algunos signos de un futuro mejor para el Patriarcado. Ya en 1986 las autoridades turcas concedieron el permiso para la reconstrucción de un nuevo edificio administrativo para reemplazar el ala del antiguo edificio patriarcal consumida por un incendio en 1941. Esta nueva estructura imponente se inauguró a finales de 1989 en una ceremonia a la que asistieron muchas personalidades notables de todo el mundo.

Mientras tanto, siguiendo los pasos del Patriarca Atenagoras, su sucesor el Patriarca Demetrios I en 1987 viajó a Roma, donde fue recibido por el Papa Juan Pablo II. En una ceremonia solemne en la basílica de San Pedro, los Patriarcas de Oriente y Occidente juntos recitaron en griego, el Símbolo niceno-constantinopolitano de la Iglesia como originalmente se expresa sin el filioque. Entonces, por primera vez en la historia moderna, el Papa Juan Pablo II y el Patriarca Demetrios, de pie juntos en el balcón de la Logia de la Basilica Vaticana, bendijeron a la inmensa multitud de personas reunidas en la plaza de San Pedro, un gesto sin precedentes de respeto entre los dos grandes jerarcas del Oriente y del Occidente.

Hoy el Sucesor del Patriarca Demetrio es Su Divinísima Santidad Bartolomé, 270º Obispo de la Iglesia local. Como Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma y Patriarca Ecuménico, el Patriarca Bartolomé ocupa la Primera Sede de la Iglesia Ortodoxa y la preside en un espíritu fraterno como primero entre pares. El Patriarca Ecuménico Bartolomé, fue entronizado el 2 de noviembre de 1991, y es el líder espiritual de casi 300 millones de fieles en el mundo y sirve como el portavoz de la Iglesia como un todo.

Hoy el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla ocupa el primer lugar entre los demás Patriarcados e Iglesias Ortodoxas Autocéfalas y Autónomas de todo el mundo. El Patriarca Ecuménico Bartolomé tiene bajo su responsabilidad histórica y teológica la iniciativa y coordinación de las actividades inter-ortodoxas de las Iglesias de Alejandría, Antioquia, Jerusalén, Rusia, Serbia, Rumania, Bulgaria, Georgia, Chipre, Grecia, Polonia, Albania, Chequia y Eslovaquia, Finlandia, Estonia, y numerosas eparquías en el viejo y en el nuevo mundo.

El rol preciso y la posición de la Iglesia de Constantinopla han sido definidos hace casi 1700 años. Ni los cambios de gobierno, de naciones, de la sociedad entera, de las culturas dominantes, ni las persecuciones activas han podido jamás disminuir la posición del Patriarcado Ecuménico en el mundo cristiano.

El Patriarcado Ecuménico ha patrocinado muchas misiones evangelizadoras, en el transcurso de los siglos, desde la conversión de los “Rus” de Kiev, en el siglo X, hasta Corea del Sur y el Lejano Oriente en el presente. Como resultado de su conducción pastoral en el mundo ortodoxo, el Patriarcado Ecuménico sigue siendo la brasa encendida de la Ortodoxia, preservando la luz inextinguible del Cristianismo.

El Patriarcado Ecuménico está empeñando activamente diversas actividades eclesiásticas, encarna un liderazgo dinámico en el movimiento ecuménico y participa plenamente en los trabajos del Consejo Mundial de Iglesias, como miembro fundador, por intermedio de su representación permanente en Ginebra, Suiza. Además, participa en muchas comisiones de diálogo bilateral con otras Iglesias Cristianas, como la Iglesia Católica Romana, la Comunión Anglicana, las Iglesias Cristianas Orientales, la Iglesia Luterana y la Iglesia Reformada, entre otras, y con las religiones monoteístas como el Judaísmo y el Islam.

Es misión del Patriarcado Ecuménico dar testimonio del misterio de la unidad ortodoxa. Su primacía en la Ortodoxia es una “primacía de servicio”, no así de autoridad sobre las demás Iglesias Ortodoxas.

Actualmente el Patriarca Bartolomé personifica la memoria de la vida y del sacrificio de la Iglesia Ortodoxa Mártir del siglo XXI. Después de ascender al Trono Ecuménico en 1991, viajó por el mundo ortodoxo llevando un mensaje de restauración y de renovada esperanza. Ha impulsado la restauración de la Iglesia Autocéfala de Albania y de la Iglesia Autónoma de Estonia. Ha sido una permanente fuente de apoyo espiritual y moral para esos países tradicionalmente ortodoxos que emergieron después de décadas de persecución religiosa a gran escala, detrás de la cortina de hierro. Es un testimonio vivo frente al mundo de la dolorosa y redentora lucha de la Ortodoxía por la libertad religiosa y por la dignidad inherente de la persona humana.

El Cristianismo Ortodoxo se sitúa en las líneas divisorias de la civilización moderna, entre el Occidente, el Islam, el Judaísmo y el Lejano Oriente. Los cristianos ortodoxos conviven tanto con los Cristianos del Occidente, como con los musulmanes y los judíos del Oriente Medio, los hindúes y los budistas del Lejano Oriente.

En Noviembre de 1996, el Patriarca Bartolomé realizó la primera visita de un Patriarca Ecuménico a Hong Kong. Fundó allí una Arquidiócesis Ortodoxa, la cual, cuando Hong Kong retornó al control de Pekín, el 1º de julio de 1997, se convirtió en la primera presencia oficial del Cristianismo Ortodoxo en China, después de la Segunda Guerra Mundial.

Como ciudadano de Turquía, la experiencia personal del Patriarca Bartolomé, le provee de una singular perspectiva para continuar el diálogo entre el mundo Cristiano y el mundo Islámico. Ha realizado valiosas contribuciones para la resolución global de conflictos y para la construcción de la paz, como en el caso de la ex Yugoslavia. Ha trabajado persistentemente para promover la reconciliación entre las comunidades Católica, Islámica y Ortodoxa de la región.

El Patriarca Bartolomé ha emergido como una singular fuerza para la renovación de la Iglesia Ortodoxa, para que ésta siga cumpliendo su rol como mediadora entre el Oriente y el Occidente. En su carácter de Patriarca Ecuménico ha reunido en varias ocasiones a los líderes de las Iglesias Ortodoxas de todo el mundo, solicitándoles que continúen vigorosamente en la búsqueda de soluciones frente a los desafíos del nuevo milenio. Junto a SS. SS. los Papas Juan Pablo II, Benedicto y Francisco, el Patriarca Ecuménico Bartolomé ha logrado un progreso sin precedentes hacia la reconciliación entre la Iglesia Católica Romana y la Iglesia Ortodoxa.

El rol del Patriarca Ecuménico, como el principal líder espiritual del mundo Cristiano Ortodoxo y como figura transnacional de relevancia universal, sigue siendo cada vez más activo con el paso del tiempo. Co-patrocinó la Conferencia para la Paz y la Tolerancia celebrada en Estambul en 1994, reuniendo a Cristianos, Islámicos y Judíos. Co-patrocinó con Su Alteza Real el Príncipe Felipe de Gran Bretaña, una Conferencia Anual sobre el Medioambiente. S.D.S. es miembro fundador y vicepresidente de la Sociedad de Derecho Canónico de las Iglesias Orientales. Fue miembro de la Comisión Fe y Orden del Consejo Mundial de Iglesias durante 15 años, ocho de los cuales fue su vice-presidente. Participó en Asambleas Generales (IV, VI y VII) del Consejo Mundial de Iglesias, y en la última fue elegido como miembro de los Comités Ejecutivo y Central. Todo ello, junto a sus inspirados esfuerzos en favor de la libertad religiosa y de los derechos humanos, coloca al Patriarca Ecuménico Bartolomé en el rango de los más destacados apóstoles del amor, de la paz y de la reconciliación de la humanidad.

[1]. Mt. 16:18.

[2]. Πηδάλιον, Έκδόσεις Παπαδημητρίου, ἀπό τὸ 1896, pag. 157: «Τὸν μέν Κωνσταντινουπόλεως Ἐπίσκοπον ἔχειν τὰ πρεσβεῖα τῆς τιμῆς μετὰ τὸν τῆς Ῥώμης Ἐπίσκοπον, διἀ τὸ εἶναι αὐτήν Νέαν Ῥώμην.

[3]. Πηδάλιον, Έκδόσεις Παπαδημητρίου, ἀπό τὸ 1896, pag. 206: «Πανταχοῦ τοῖς τῶν ἁγίων Πατέρων ὅροις ἑπόμενοι, καὶ τὸν ἀρτίως ἀναγνωσθέντα κανόνα τῶν ἑκατὸν πεντήκοντα θεοφιλέστατων ἐπισκόπων, τῶν συναχθέντων ἐπὶ τοῦ τῆς εὐσεβοῦς μνήμης Μεγάλου Θεοδοσίου, τοῦ γενομένου βασιλέως ἐν τῇ βασιλίδι Κωνσταντινουπόλεως Νέᾳ Ῥώμῃ, γνωρίζοντες, τὰ αὐτὰ καὶ ἡμεῖς ὁρίζομέν τε καὶ ψηφιζόμεθα περὶ τῶν πρεσβείων τῆς ἁγιωτάτης ἐκκλησίας τῆς αὐτῆς Κωνσταντινουπόλεως Νέας Ῥώμης· καὶ γὰρ τῷ θρόνῳ τῆς πρεσβυτέρας Ῥώμης, διὰ τὸ βασιλεύειν τὴν πόλιν ἐκείνην, οἱ Πατέρες εἰκότως ἀποδεδώκασι τὰ πρεσβεῖα. Καὶ τῷ αὐτῷ σκοπῶ κινούμενοι οἱ ἑκατὸν πεντήκοντα θεοφιλέστατοι ἐπίσκοποι, τὰ ἴσα πρεσβεῖα ἀπένειμαν τῷ τῆς Νέας Ῥώμης ἁγιωτάτω θρόνῳ, εὐλόγως κρίναντες, τὴν βασιλείᾳ καὶ συγκλήτῳ τιμηθεῖσαν πόλιν, καὶ τῶν ἴσων ἀπολαύουσαν πρεσβείων τῇ πρεσβυτέρᾳ βασιλίδι Ῥώμῃ, καὶ ἐν τοῖς ἐκκλησιαστικοῖς ὡς ἐκείνην μεγαλύνεσθαι πράγμασι, δευτέραν μετἐκείνην ὑπάρχουσαν. Καὶ ὥστε τοὺς τῆς Ποντικῆς, καὶ τῆς Ἀσιανῆς, καὶ τῆς Θρακικῆς διοικήσεως μητροπολίτας μόνους, ἔτι δὲ καὶ τοὺς ἐν τοῖς βαρβαρικοῖς ἐπισκόπους τῶν προειρημένων διοικήσεων χειροτονεῖσθαι ὑπὸ τοῦ προειρημένου ἁγιωτάτου θρόνου τῆς κατὰ Κωνσταντινούπολιν ἁγιωτάτης ἐκκλησίας· δηλαδή ἑκάστου μητροπολίτου τῶν προειρημένων διοικήσεων μετὰ τῶν τῆς ἐπαρχίας ἐπισκόπων χειροτονοῦντος τοὺς τῆς ἐπαρχίας ἐπισκόπους, καθὼς τοῖς θείοις κανόσι διηγόρευται· χειροτονεῖσθαι δέ, καθὼς εἴρηται, τοὺς μητροπολίτας τῶν προειρημένων διοικήσεων παρὰ τοῦ Κωνσταντινουπόλεως ἀρχιεπισκόπου, ψηφισμάτων συμφώνων κατὰ τὸ ἔθος γινομένων, καὶ ἐπαὐτὸν ἀναφερομένων

[4]. F. DVORNICK, The Photian Schism, History and Legend, Canbridge, 1970 (2a edición).

[5]. Es decir, la utilización por los ortodoxos de pan con levadura en la Eucaristía, en contraste con el pan sin levadura de la Iglesia latina.

[6]. La epíclesis es la invocación que el sacerdote realiza al Espíritu Santo durante la Divina Liturgia a fin de que santifique y convierta los anti-tipos del cuerpo y sangre de Cristo, es decir el pan y el vino, en el cuerpo y sangre del Señor.

[7]. La visión del Patriarca Atenágoras y su sueño se harán realidad en el próximo Junio, durante el cual en la isla de Creta se reunirá por fin, luego de sesenta años, el Santo y Gran Sínodo de la Iglesia Ortodoxa.

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